Deporte e Identidad en Puerto Rico  

-Introducción


En la historiografía puertorriqueña, el deporte ha sido constantemente relegado a un segundo plano. De ahí que la mayoría de los trabajos investigativos sobre las actividades deportivas de la Isla carezcan de un análisis histórico coherente, que abarque otros aspectos del ramo más allá de presentar información, estadísticas o fechas significativas. Sin embargo, el deporte, como a continuación se constatará, juega un papel muy importante en la creación y reconocimiento de una identidad popular; más aún, como muy bien señalan Mike Cronin y David Mayal, editores del texto Sporting Nationalisms: Identity, Ethnicity, Immigration and Assimilation “... es un vehículo que en diversas formas construye identidades nacionales: individuales o colectivas?.

Durante el siglo XX, es justamente en el ámbito deportivo en donde se ha desarrollado una relación y presencia deportiva internacional autónoma de Puerto Rico en el Caribe, así como un grado de integración funcional de la Isla en la región. Tanto Robert W. Anderson, en su artículo El papel de Puerto Rico en el Caribe, como Idsa E. Alegría en el suyo, Puerto Rico y la Unesco: Antecedentes y Perspectivas, concluyen que el país participa por derecho propio desde 1930 en los Juegos Centroamericanos celebrados en Cuba, canalizando a través de competencias atléticas, internacionales e interregionales, los sentimientos de orgullo y afirmación nacional. Tan así es que, desde esa década, el país ha aumentado vertiginosamente no sólo su participación deportiva, sino también su integración en organismos deportivos internacionales, hechos que se evidencian desde la creación de su propio Comité Olímpico y la asistencia a las Olimpiadas londinenses de 1948. Todo esto ha contribuido, de una forma u otra, al arraigo de la defensa de una nacionalidad deportiva entre los sectores populares.

Siguiendo esta línea de pensamiento, puede afirmarse que el deporte es parte activa de la manifestación cultural de un pueblo que, en el caso específico de Puerto Rico, ha servido como vehículo de afirmación nacional para todos sus sectores sociales, independientemente de que algunos hayan participado en competencias deportivas y otros hayan sido meros espectadores. De acuerdo con los planteamientos de Edward W. Said, “... la cultura se ha adelantado a la política, a la historia militar o a los problemas económicos.? En este sentido, el deporte se convierte en una especie de vínculo comunitario, en donde la identidad y las experiencias en común emergen o, simplemente, se desarrollan.

Sin embargo, es el trabajo de Benedict Anderson, Imagined Communities: Reflections on the Origin and Spread of Nationalism, el que mejor ilustra cómo se construye una identidad a través del deporte. Para Anderson, la nación es una comunidad política imaginada en la que el deporte se ajusta perfectamente porque no obtiene ni se apodera de territorios, ni, mucho menos, va en búsqueda directa de destruir una ideología; por el contrario, apoya la construcción de esa nación, tal como ha sido imaginada.

De lo anterior se infiere que el deporte, a diferencia de la élite política o intelectual, penetra todos y cada uno de los sectores populares que componen las sociedades. Dicho de otra manera, la experiencia deportiva está al alcance de todos y juega un papel importante en la creación o reconocimiento de una identidad nacional. Juan M. García Passalacqua, en su artículo "Nosotros mismos: historia geocultural de la afirmación nacional puertorriqueña", presenta la relación deporte-nacionalidad en Puerto Rico al señalar que “... un elemento cardinal de esa nación-pueblo (con o sin estado) fue el reconocimiento de las artes y los deportes como elementos esenciales de afirmación nacional de las masas.?

Consecuentemente, el deporte será el medio a través del cual se aglutinan sectores ideológicos, políticos, sociales y religiosos, en ocasiones, diametralmente opuestos; y al ser una forma de manifestación cultural, también constituirá una fuente de identidad y resistencia de la nación a la que representa. Ya Michael A. Malec, en su texto The Social Roles of Sport in the Caribbean Societies, advierte el impacto social y cultural del deporte en los pueblos caribeños. Destaca el sentido de unidad que esta actividad ha fomentado entre las naciones; y enfatiza la relación existente entre el colonialismo, el nacionalismo y el papel del deporte como medio de resistencia a la élite, pues la creatividad de la cultura popular permite una conceptualización distinta: ser excelentes en el deporte es, al mismo tiempo, estrategia y táctica de lucha. Es por medio del deporte que las masas participan en una actividad cultural civil que no amenaza el poder político, pero agrupa las fuerzas que establecen la nacionalidad. La actividad deportiva se abre en un espacio cultural que no se enfrenta directamente al colonizador, aunque sí afirma su nacionalidad y se enfrenta a los embates mismos del imperialismo.

Indiscutiblemente, el deporte, ha influido constantemente en la vida del país, impactándola en términos sociales, económicos y políticos. El análisis de Joseph Maguire, en Global Sport: Identity, Societies, Civilizations, examina cómo el deporte se ha insertado en un mundo globalizado e influye sobre los elementos de estatus social, las relaciones interraciales, el campo de los negocios, el diseño de automóviles, los estilos de vestir, el concepto de héroe, el lenguaje y los valores éticos?. Igualmente, cómo el deporte comprende unos patrones culturales y una estructura social, cuyos elementos influyen en los valores, las normas, los conocimientos y las posiciones o los roles sociales.

En lo que a Puerto Rico respecta, el desarrollo de los deportes ha unido a todos los sectores poblacionales del país. En el estudio del Dr. Nelson Meléndez Brau, Características de la participación deportiva en el Puerto Rico Urbano, se concluye que un 35.5% de la población de la zona metropolitana practica algún deporte.

Otro aspecto interesante en que el deporte incursiona socialmente es el económico. En este sentido, nuestra evolución ha sido extraordinaria, si se observa que para enviar a los primeros atletas puertorriqueños a competir en eventos internacionales, y sufragar los gastos de la delegación, se tuvo que recolectar dinero entre las compañías privadas y el público en general.

En la década de 1940, Julio Enrique Monagas informó al gobernador Tugwell los extraordinarios ingresos obtenidos en los diversos eventos deportivos. Por demás, y aunque en Puerto Rico no hay estudios que analicen esa relación deporte-economía, encontré datos de la Junta de Planificación para finales de la década de 1980. Allí aparecen los ingresos generados por el hipismo y los gastos de consumo personal en efectos y espectáculos deportivos, que casi sumaron $170 millones.

En efecto, el informe de referencia señalaba que los gastos en estos renglones ascendieron a $70.5 millones y $98.8 millones, respectivamente. Y eso sin mencionar las aportaciones gubernamentales y privadas del país. En tal sentido, y como referencia cercana, cabe mencionar que la revista Sport Inc. midió el impacto económico del deporte en Estados Unidos, bajo un sistema denominado Producto Deportivo Nacional Bruto (PDNB); las ganancias para 1987 se estimaron en $47.3 billones.

El aspecto político tampoco escapa de la discusión deportiva. Con frecuencia se ha podido constatar cómo diversos sectores ideológicos han intervenido en los asuntos deportivos. Y aunque se pretende señalar o izar la bandera de la autonomía deportiva, no es menos cierto que sectores políticos la han defendido o atacado dependiendo de sus intereses. El estudioso Jean Meynaud ha examinado con profundidad esa relación política-deporte, identificando los factores que han provocado la intervención del estado en el deporte; primero, para salvaguardar el orden público; segundo, por el deseo sanitario de mejorar la condición física de la población; y, finalmente, para afirmar el prestigio nacional. Por cierto, con relación al prestigio nacional es obvio que muchos gobiernos han tratado de establecer, en las competencias deportivas internacionales, criterios dominantes que permiten juzgarles positivamente, o aquellos que confieren valor a sus respectivos regímenes. En la mayoría de los casos, el gobierno interviene para enarbolar el orgullo nacional, fomentando la participación deportiva. Sirva como ejemplo el estudio de Mrozek, The Cult and Ritual of Toughness in Cold War American, que examina cómo durante la Segunda Guerra Mundial, “... dentro y fuera del servicio militar, millones de estadounidenses tuvieron experiencias de entrenamiento físico, y participaron en deportes que el gobierno federal organizó para levantar el cociente nacional y la aptitud física, e impartir valores combativos en los ciudadanos individuales?.

Muchos de los que participaron en esos programas -incluyendo a prominentes entrenadores atléticos- fueron también los que, recurriendo a la fortaleza física y moral, elevaron el entusiasmo en el período de post-guerra. Y más aún; después de 1950, la lucha política se traslada en gran medida hacia el campo deportivo, pues las dos superpotencias (Estados Unidos y la Unión Soviética), para ganar adeptos y mantenerse como “el poder? en la sociedad futura, programan y desarrollan un verdadero culto a la preparación física.

Con estos antecedentes, entre otros, analizaremos al deporte como vehículo de afirmación nacional y su impacto en la cultura de Puerto Rico, objetivo primordial de esta investigación ensayística.



Puerto Rico y su primera participación en Juegos Centroamericanos
Luego de que sólo tres países (Cuba, Guatemala y México) participaran en los primeros Juegos Centroamericanos (México, 1926) el total de naciones participantes se triplicó para los segundos (Cuba,1930); tal celebración tuvo un significado muy grande para la Isla, pues marcó su debut en la gesta deportiva centroamericana junto a otros países como Panamá, Costa Rica, El Salvador, Honduras y Jamaica, que se sumaron al trío de naciones pioneras. Asimismo, estas competencias adquirieron enorme significado por el hecho de que, por primera vez, intervenían atletas femeninas.

La delegación de Puerto Rico estaba compuesta, en atletismo, por Eugenio Guerra, Andrés Rosado, Manuel Luciano Gómez y Juan Juarbe Juarbe, quien fuera el abanderado; en tenis, por Manuel Angel Rodríguez y Jorge Juliá Pasareli; mientras, los tiradores eran representantes del Regimiento 65 de Infantería. En esta primera participación los puertorriqueños lograron tres medallas de plata: dos en atletismo y una en tiro por equipo.

Curiosamente, la iniciativa de participar en los Juegos provino del gobierno de Estados Unidos. A principios de 1929, el entonces Embajador de Estados Unidos en Cuba, de apellido Paterson, invitó formalmente a Puerto Rico a participar en el evento. La gestión fue realizada a través del gobernador de Puerto Rico, Teodoro Roosevelt, quien de inmediato dio instrucciones a la recién creada Comisión Atlética, dirigida por Eduardo González, para que garantizara la participación puertorriqueña. Pero como no existían los fondos necesarios para enviar la delegación boricua a La Habana, y la situación económica era difícil, González -a través del periódico El Mundo- realizó una campaña ciudadana. Pronto se había creado una lista de interesados en ayudar a nuestros atletas. Entre otros donantes se encontraban Miguel Such, Pedro Juan Serrallés, y los propios González y Roosevelt. En los primeros meses se logró recolectar unos $1,500.

Un caso interesante concernía a los símbolos de la delegación puertorriqueña. El primer abanderado deportivo, Juan Juarbe Juarbe, desfiló con la bandera de Estados Unidos (con el tiempo, este atleta se convertiría en uno de los principales líderes del Partido Nacionalista Puertorriqueño), y las premiaciones de nuestra delegación también se llevarían a cabo bajo los acordes del himno estadounidense. Dicho de otro modo, los “símbolos nacionales? de esta primera delegación fueron los que correspondían a Puerto Rico como una colonia de Estados Unidos. Y otro tanto sucedió con Jamaica, como colonia británica.

La experiencia de competir en ámbito internacional, más las tres medallas de plata obtenidas, generó una euforia deportiva en Puerto Rico, poniendo de relieve la necesidad de crear una organización permanente y su respectiva asignación de fondos. Así, en 1934 se creó la Comisión de Recreo y Deportes Públicos, y se aprobó la transferencia de todos los fondos y asignaciones de un Comité Olímpico que se había intentado crear. Surgió, además, una comisión encargada de seleccionar e inscribir atletas para los III Juegos Centroamericanos, que a causa de un desastre natural se celebraron con retraso, en El Salvador, desde el 16 de marzo hasta el 5 de abril de 1935.

Impulso de Puerto Rico hacia los III Juegos Centroamericanos y del Caribe

Los III Juegos Centroamericanos, desde entonces también llamados “y del Caribe?, constituyeron deportivamente una confrontación entre las dos naciones de mayor poderío atlético en el área: México y Cuba.

Pero la sorpresa provino de los especialistas puertorriqueños de campo, al obtener para la Isla cuatro preseas doradas. En gran medida, estos resultados no sólo obedecían al esfuerzo por contar con una representación digna y conseguir los fondos necesarios para sufragar sus gastos. También eran prueba fehaciente del genuino interés por colocar a Puerto Rico dentro del mapa que iba trazando sólidas relaciones deportivas regionales, y porque la Isla fuese percibida como un ente nacional distinto y con vida propia. La organización de nuestra representación deportiva ultramarina, y el desarrollo de parámetros de excelencia para seleccionar a los atletas puertorriqueños, iban conformando una nueva experiencia internacional.

Sobre estas estrictas bases surgió toda una serie de pruebas eliminatorias, que el 5 de marzo de 1933 permitieron escoger al equipo de pista y campo que nos representaría en El Salvador (1935), y que habría de sumarse a los equipos de tiro y baloncesto masculino. Más de 2,000 personas se dieron cita en San Juan para presenciar estos eventos.

Finalmente, la Junta Insular Olímpica (compuesta por Eduardo R. González, Justo Rivera Cabrera, Frank Campos y Teófilo Maldonado) selecciona para pista y campo un equipo compuesto por 38 atletas, entre cuyos nombres figuraban: José Martínez, Eulalio Villodas, Eugenio Guerra, Frank Cespero, Juan Luyanda, José Oliver Sabater, Manuel Luciano, Fernando Torres Collac, Antonio Figueroa, Raúl Torres, Gilberto González, Eligio Armstrong, Raúl Juliá, Francisco Gelpí, Roberto Martínez, Sebastián Barea, Ramón Cestero, Rafael Martínez y Herman Cestero.

Las crónicas de la época dan cuenta de que la salida de estos atletas “sólo podía compararse al bullicio y alegría reinantes en las despedidas de las escenas colegiales que vemos en las películas, cuando un equipo de football se despide de sus compañeros o regresa de un gran triunfo?.

En términos presupuestarios, este viaje se concretó con los fondos recaudados por la denominada “Comisión de los Tres? (Teófilo Maldonado, Eduardo R. González y Frank Campos), más la decidida colaboración de Rafael Arcelay, Tito Cabrera, Julio E. Monagas (quien más tarde sería figura relevante del deporte puertorriqueño), E. Rodríguez Tizol y Aníbal García. Asimismo, cabe destacar a los preparadores físicos de los atletas, que no sólo incluían al propio Frank Campos sino a un grupo de avezados instructores, popularmente conocidos como Fabito, Gordián, Beitía, Chiquí y Thompson, entre otros.

No obstante, más allá del impulso del sector privado a estas actividades, se hacía evidente la gran inacción por parte del sector gubernamental, factor que minaba las esperanzas de participación en futuros compromisos deportivos internacionales. Por lo tanto, tras varias reuniones con el oficialismo y por iniciativa de Teófilo Maldonado , cobra fuerza un proyecto de ley presentado por el senador Celestino Iriarte (P. del S. 286 de abril de 1935), que dispone lo necesario para el envío de atletas puertorriqueños a las Olimpiadas Centroamericanas de 1938 y asigna la cantidad de $7,500 anuales. Finalmente, el Senado aprueba la medida, y su presidente, Rafael Martínez Nadal, deja claro su firme compromiso con el deporte de la Isla.

Como se preveía, estos juegos de El Salvador dieron marco a un extraordinario desempeño de la delegación boricua, al conseguir un total de 14 medallas (4 de oro, 5 de plata y 5 de bronce). Así, Puerto Rico se alzó con un envidiable tercer lugar, sólo superado por México y Cuba.
Sin embargo, esta prominente participación puertorriqueña no estuvo exenta de anécdotas en torno a nuestra identidad nacional. Sucedió que Fernando Torres Collac obtuvo, en lanzamiento de bala, la primera medalla de oro a nivel internacional. Pero como este triunfo no se esperaba -algo admitido incluso por el director de Protocolo de los Juegos- no había bandera ni himno de Estados Unidos para la ceremonia de premiación. La improvisada “solución? a este traspié provino de Cosme Beitía, quien aportó una pequeña bandera puertorriqueña que había llevado consigo; en cuanto al himno, se acordó tocar el de El Salvador, tantas veces como un puertorriqueño ganara una medalla. Lógicamente, la polémica desatada por estos hechos fue muy significativa no sólo para los atletas sino para todo el pueblo de Puerto Rico, y marcaría una extensa lista de incidentes.

Como Torres Collac, también ganaron medallas de oro para Puerto Rico Juan Luyanda, salto de altura; José Sabater, salto con pértiga; y Antonio Figueroa, lanzamiento de jabalina. Las medallas de plata fueron para Gilberto González Juliá, 400 metros con obstáculo; Eulalio Villodas, Eugenio Guerra, Frank Cespero y Gilberto González Juliá, relevo 4 x 100; Gilberto González Juliá, pentatlón; y José Martínez, salto de altura y voleibol masculino. Obtuvieron bronce Raúl Torres y Raúl Juliá, 110 metros con vallas; Raúl Juliá, salto de longitud; Pedro Maldonado, Jesús Acosta, Hermenegildo Pérez, Generoso Santiago y Julio Torres, tiro; y finalmente Gilberto González Juliá, Frank Cespero, Raúl Torres y Eulalio Villodas, relevo 4 x 400 metros y baloncesto masculino.

Como se ha consignado, las medallas conseguidas en El Salvador, y lo acontecido en términos de simbología, incitaron en la Isla el fervor por el deporte (particularmente las competencias internacionales) y provocaron fuertes expresiones de orgullo nacional que trascendieron nuestras fronteras. La misma prensa salvadoreña subrayó la excelente participación de Puerto Rico en los III Juegos Centroamericanos y del Caribe, y no titubeó a la hora de referirse a su condición política:

“Más afortunada Cuba, que hoy es República, Puerto Rico continúa atada al Tratado de París, sin ser Estado de la Unión Norteamericana ni República independiente. Pero en las Olimpiadas Centroamericanas Puerto Rico sí ha sido una nación. Olímpicamente hablando, en San Salvador hemos asistido al nacimiento de una nación: Puerto Rico.?

Tampoco se quedó atrás la prensa local, que elogió el triunfo de nuestra delegación pero lamentó que el himno de Puerto Rico no fuera tocado al premiarse a los atletas, así como la falta de compromiso por parte de nuestro gobierno para allegar fondos que sufragaran los gastos de la delegación. Otros aprovecharon la coyuntura para resaltar la condición de hispanoamericanos de los puertorriqueños, razón por la que el Comité Olímpico decidiera invitarlos a los Juegos pese a su condición política , y no faltaron quienes vieron a héroes en nuestros atletas:

“Retornan como el héroe de Alida, vencedores en todos los órdenes. Labor llevada acabo en El Salvador, habrá de tener raigambres espirituales que fructificarán a su debido momento.?

Sea como fuere, e independientemente del sector político o social al que se perteneciera, el recibimiento a los atletas constituyó un verdadero espectáculo. En un artículo del periódico El Mundo se describe aquel momento con las siguientes palabras: “¡Qué sublime fue aquel espectáculo! Los historiadores deportivos -algún día- darán la relación circunstanciada de ese memorable acto de profusas exclamaciones...?. En efecto, nuestra delegación fue recibida por los más altos representantes del país, cientos de banderas puertorriqueñas fueron enarboladas, y el maestro Rafael Hernández compuso un picaresco bolero titulado ¿Cómo te cae? Además, participaron las bandas de música de la PRERA, el Regimiento 65 de Infantería y el Asilo de Niños.

A su vez, el líder senatorial, Martínez Nadal, en un momento feliz de su discurso dijo: “El atleta héroe de las grandes justas no dura siempre muchos años: hay que ir preparando nuevo material para futuras contiendas...? , en clara alusión al respaldo que debía darle al deporte el gobierno de Puerto Rico.
En resumidas cuentas, el triunfo de Puerto Rico en los III Juegos Centroamericanos y del Caribe tuvo un gran impacto en el desarrollo de la Isla -al menos inicialmente- como una nación deportiva, identidad que también fue reconocida por nuestros países hermanos.



Puerto Rico primera potencia atlética: 1938

La óptima demostración de la delegación puertorriqueña en los III Juegos Centroamericanos y del Caribe dejó claro el gran potencial que tenían nuestros atletas en competencias como éstas. Por ello, desde 1938, el deporte toma en Puerto Rico un sitial de honor y comienzan a proliferar organizaciones especializadas, como la Federación Insular de Baloncesto (FIB), precursora de la actual Federación de Baloncesto. Consecuentemente, y para acrecentar el ímpetu, la delegación puertorriqueña logra su mejor demostración en una competencia internacional durante los IV Juegos Centroamericanos y del Caribe, celebrados en Panamá desde el 5 hasta el 24 de febrero de 1938. Posteriormente, y por causa de la Segunda Guerra Mundial, estos certámenes se verían obligados a recesar durante ocho años. Puerto Rico llevó a Panamá una delegación de 114 atletas en la rama masculina y 19 en la femenina (tras un extenso debate público), después del gran respaldo y la aportación económica legislativa que encabezara Celestino Iriarte.

No obstante, esta participación contó con múltiples manifestaciones de solidaridad. De hecho, el presidente interino de la Comisión de Recreo y Deportes Públicos, Teófilo Maldonado, hizo un llamamiento patriótico a todos los puertorriqueños, con el fin de allegar dinero para los atletas. Y los dueños de galleras dijeron “presente?, al acordar con esta Comisión ceder sus instalaciones -el 6 de febrero de 1938- para recolectar fondos. La convocatoria de Maldonado llegó incluso a los estudiantes de escuelas públicas y privadas, para aportar individualmente un centavo en pos de nuestros deportistas en Panamá, y se extendió -con éxito- a entidades industriales, agrícolas y comerciales, que en su mayoría habían permanecido al margen del asunto. ¿El resultado?: la notoria suma de $4,600 , provenientes de un pueblo orgulloso de su delegación.

La magnitud de la demostración deportiva de nuestra delegación resultó inigualable. Obtuvo un total de 37 medallas (16 de oro, 11 de plata y 10 de bronce) para coronarse como el campeón de los IV Juegos Centroamericanos y del Caribe. Sin lugar a dudas, este triunfo avivó todavía más el entusiasmo de sus compatriotas. En la rama masculina sobresalieron Eugenio Guerra, Eulalio Villodas, Gaspar Vásquez y Rubén Malavés, al obtener oro en el relevo 4 x 100 metros; Horacio Quiñones, oro en 110 metros con vallas ; Antulio Pietri, oro en lanzamiento de bala ; Juan Luyanda, oro en salto largo y salto alto; Juan Rafael Palmer, oro en salto triple; Salvador Torros, oro en Pentatlón ; Ian Murphy, oro en lanzamiento de disco ; y José Antonio Figueroa, oro en lanzamiento de jabalina . En la rama femenina, la figura sobresaliente fue Rebekah Colberg.

Otra vez la prensa alababa las ejecutorias de la delegación local, y el columnista Arturo Gigante señalaba “... nuestros atletas marcharon a los Juegos Olímpicos Centroamericanos y del Caribe llenos de fe y entusiasmo, confiando en que dejarían el nombre de Puerto Rico muy en alto, como en anteriores ocasiones...?. El mismo columnista, en otro artículo, destacaba lo que nuestros atletas habían hecho:

“¡Ese es Puerto Rico! ¡Ese es Puerto Rico encarnado en Figueroa, tirándose contra el suelo al romper la marca olímpica por 1 centímetro, y en Luyanda, haciendo un esfuerzo sobre-humano para derrotar a Bello, de Cuba, en el triple salto, por escasamente otro centímetro! Ese es Puerto Rico ausente, desbordándose en el corazón de sus hijos, que contra inconvenientes y vicisitudes han logrado hoy que el nombre de nuestra pequeña isla sea repetido con admiración y respeto por todas las naciones que, formando un enorme corazón en el mapa, son el núcleo de repúblicas hispanas, espinazo y médula de nuestra raza?.

Y a este júbilo se sumaban los titulares del periódico El Mundo, anticipando que “Será impresionante el recibimiento a los atletas. Tan pronto desembarquen se efectuará una gran parada en su honor?.

Puerto Rico y los V Juegos Centroamericanos de 1946

Más allá de la creciente fama institucional de los Juegos Centroamericanos y del Caribe, fueron varios los obstáculos que tuvo que vencer la Junta de Delegados que organizaba el quinto encuentro. En primer término, Costa Rica, país seleccionado como próxima sede, tuvo que renunciar por la difícil situación económica que estaba atravesando. Y Colombia, que era primer suplente, aceptó el reto pero no pudo lograr su objetivo en 1942.

Lógicamente, una gran amenaza arropaba al mundo entero. La Segunda Guerra Mundial había estallado en 1939, abortando la celebración de cualquier actividad deportiva de carácter olímpico, incluyendo las competencias centroamericanas y caribeñas que venimos reseñando. No sería hasta 1946 cuando por fin pudieron efectuarse los V Juegos Centroamericanos y del Caribe. A pesar de que Puerto Rico había solicitado ser la sede, tuvieron lugar en Barranquilla, Colombia, y se extendieron del 8 al 28 de diciembre.

Según lo visto, la guerra no había hecho mayor daño al espíritu deportivo, de modo que se estableció un récord de asistencia, con 1,540 atletas de 13 países. Puerto Rico participaba con su mayor delegación internacional hasta el momento, compuesta por 187 atletas (135 en la rama masculina y 52 en la femenina). Sin embargo, la Isla consiguió menos medallas que en la gloriosa ocasión anterior (1938).

En este punto, no obstante, vale la pena aclarar que varios progresos institucionales se habían producido en Puerto Rico durante el conflicto bélico mundial, y muchos de ellos habían impactado favorablemente al desarrollo del deporte. Así, por ejemplo, en 1943 la Ley 40 enmendó las facultades de la Comisión de Recreo y Deportes Públicos, para permitir la intervención de la Comisión en Deportes Aficionados (su alcance había estado limitado hasta entonces a deportes profesionales, particularmente boxeo).

En esa época, Julio Enrique Monagas dirigía -por nombramiento del gobernador Tugwell- la Administración de Parques y Recreos Públicos, entidad que dio un gran impulso al deporte en la Isla. La Administración de Parques, como se le conoció, fue la responsable de organizar y supervisar el deporte y sus respectivas estructuras en el país. Y fue Monagas (a quien mucho le debe la actividad deportiva puertorriqueña, sumado al sólido apoyo que le brindara Luis Muñoz Marín) el responsable de congregar a los atletas para la próxima competencia internacional.

Ya en Barranquillas, los atletas boricuas ganaron 24 medallas (9 de oro, 8 de plata y 7 de bronce). El oro en algunas actividades de atletismo correspondió a José Vicente, salto con pértiga; Francisco Castro, salto triple ; Manuel Seone, lanzamiento de disco; y Néstor Marchany, pentatlón. Pero perdimos el campeonato olímpico de atletismo frente a Cuba, por 105 a 87 , y Puerto Rico ocupó el segundo lugar. En boxeo, sin embargo, la suerte fue otra: la Isla ganó tres preseas de oro: Juan Venegas, peso gallo; Orlando Reverón, peso semicompleto; y Evaristo Reyes, peso completo. En softbol femenino, y a pesar de debutar, nuestro equipo conquistó el oro. En tiro, George C. Johnson también logró oro , aunque no sucedió lo mismo en voleibol masculino, pues resignamos la corona frente a Cuba.

En contraste con exaltaciones previas, la limitada actuación de los boricuas en estos Juegos dio pie a múltiples críticas de deportistas y columnistas deportivos. Elmo Torres Pérez, en su artículo Atletismo, publicado en el periódico El Mundo, comentaba la profunda derrota del equipo atlético y señalaba que “... el hecho demanda, absolutamente, que se tomen las provisiones debidas -cuanto antes mejor- para así restaurarle a Puerto Rico su supremacía atlética en las próximas Olimpiadas, si es que la Isla ha de estar representada en Guatemala?.

Por su parte, Gilberto González Juliá, capitán del equipo olímpico de atletismo de Puerto Rico, en su quinta edición, atribuía el pobre desempeño de su delegación en Barranquilla a varios factores: la pobre publicidad que recibían los atletas; la falta de instalaciones para entrenamiento; una alimentación inadecuada; y la necesidad de contar con técnicos más preparados para dirigir un equipo de pista y campo, que existían en Puerto Rico pero no tenían asignadas tales tareas.

A su vez, Eugenio Guerra, entrenador-jefe de esta vapuleada delegación puertorriqueña, añadía que “... faltó la inspiración del himno borinqueño, o una bandera patria?. Y no estaba lejos de la verdad, dado el hecho de que muchos fanáticos humillaron a los atletas boricuas en plena competencia. Al respecto, cuando Francisco Castro ganó medalla de oro en triple salto, le gritaron “campeón de colonia?; y muchos espectadores se quedaban sentados o silbando aisladamente al toque de “The Star Spangled Banner?.



El establecimiento del Comité Olímpico de Puerto Rico

Desde 1946, Monagas y su grupo de trabajo se dieron a la tarea de utilizar recursos oficiales para organizar un Comité Olímpico en Puerto Rico, e ingresar formalmente al codiciado Comité Olímpico Internacional (C.O.I.). La tarea sería sumamente ardua, no sólo por la situación colonial de la Isla sino por los escollos que interponían grupos opositores internos y externos, al dificultar cualquier intento de participación puertorriqueña en ámbito internacional. Tanto Monagas como el subdirector de la Comisión (y campeón nacional de Tiro), Miguel ángel Barasorda, tenían sumo interés en que Puerto Rico hiciera su entrada formal al mundo olímpico. Y Ramón Muñiz Hernández, en su libro Londres 1948: la verdadera historia de los primeros olímpicos puertorriqueños, recuerda que una carta de Monagas salió el 16 de julio de 1947, dirigida a J.S. Edstrom, presidente del C.O.I.; en ella se subrayaba el interés de que Puerto Rico participara en la XIV Olimpíada, a celebrarse en Londres en 1948.

Entre otros argumentos de crédito esbozados por Monagas (para que se permitiera la participación puertorriqueña) figuraba la presencia de la Isla en eventos internacionales, como los Centroamericanos, y la formación de un Comité Olímpico Nacional. Cabe señalar que este Comité se componía mayormente de funcionarios del gobierno de Puerto Rico, como el gobernador Jesús T. Piñero (que sería el presidente), Julio Enrique Monagas (vicepresidente), Roberto Sánchez Vilella (secretario de Obras Públicas), Rafael Buscaglia (tesorero U.P.R.), Alberto Guerrero (director de Tiro), y Jorge J. Jiménez (comisionado del Interior).

La ansiada respuesta llegó el 25 de septiembre de 1947, cuando el secretario del C.O.I., Otto Mayer, puntualizaba que para participar en los juegos debía existir un Comité Olímpico Nacional, que parecía establecido. No obstante, Mayer especificaba que el Comité Olímpico Nacional debía estar compuesto por representantes de asociaciones deportivas nacionales, quienes, a su vez, debían ser miembros de la Federación Deportiva Internacional; Monagas, en consecuencia, buscó todas las formas posibles de lograr esa afiliación internacional, aunque sabía que el control del deporte en Puerto Rico provenía del gobierno, y de él mismo como su representante.

Momentáneamente, Monagas se salió con la suya, porque el 14 de febrero de 1948 recibió otra carta de Mayer confirmando que el Comité Olímpico Nacional había sido reconocido oficialmente por el C.O.I., que la invitación estaba en camino y que la participación de Puerto Rico parecía asegurada. Sin embargo, la incertidumbre, los conflictos políticos y la impugnación del Comité Olímpico Nacional, pusieron en serio peligro esta participación puertorriqueña. Un día antes de recibir la carta de Mayer, el periódico El Mundo afirmaba en un titular que “Puerto Rico es inelegible para competir en las Olimpiadas? , aduciendo informes que contradecían los argumentos en favor de la elegibilidad. El artículo en cuestión manifestaba que:

“Estos informes desmienten otros circulados en esta capital durante los últimos días, en los que categóricamente se afirmaba que Puerto Rico era elegible para competir en las Olimpiadas. Los informes circulantes a través de otros vehículos de información del país indicaban que el Presidente del Comité Olímpico Internacional, J. Sigfred Edstrom, había anunciado por el Comité el reconocimiento oficial al Comité Olímpico de Puerto Rico?.

Según esta noticia, Prensa Unida se había comunicado con los oficiales del C.O.I. en Londres y St. Moritz (Suiza), quienes afirmaban no tener conocimiento de que se le permitiría a Puerto Rico competir separadamente de Estados Unidos. Una de las personas que expresaba dudas con respecto a la participación puertorriqueña fue Dan Ferris, secretario-tesorero de la Unión Atlética de Aficionados de Estados Unidos. Ferris estimaba que Puerto Rico estaba en la misma posición que Hawaii, ya que sus atletas competirían por Estados Unidos; si se hacía una excepción, otras posesiones podrían solicitar el mismo privilegio. Monagas mantuvo un hermético silencio sobre la controversia...

Y los problemas continuaron. Después de que el Senado y la Cámara de Representantes aprobaran una resolución concediendo $10,000 a la delegación olímpica puertorriqueña, el gobernador designado por Estados Unidos, Jesús T. Piñero, vetó el proyecto, más que nada, influenciado por Avery Brundage, delegado olímpico estadounidense que se oponía a la participación de Puerto Rico en los Juegos.

Las duras críticas al gobernador Piñero no se hicieron esperar, y uno de sus primeros detractores fue Rafael Pont Flores, editor de la Sección Deportiva del periódico El Mundo. Considerado como uno de nuestros más brillantes periodistas deportivos, y ferviente defensor del desarrollo y la participación olímpica de Puerto Rico, Pont Flores, desde su columna “El deporte en broma y en serio?, arremetió contundentemente contra Piñero, alzando contra éste a la opinión pública:

“Cuando usted decidió vetar el proyecto de ley que asignaba la cantidad de diez mil dólares para costear los gastos de nuestra delegación olímpica a Londres, sabía, o se imaginaba, que para los efectos es lo mismo, la airada ola de protestas que surgiría por parte de nuestro deportista pueblo. Nos imaginamos, así mismo, que usted estaba plenamente consciente de que dicho acto sería antipático, y que le restaría no poca simpatía. Vamos a decirle cómo nos sentimos nosotros. En orden cronológico, nuestra reacción fue de sorpresa a pena, y de pena a coraje.

En muy poco tiempo, el gobernador Piñero cambió de opinión y hasta asignó una cantidad de dinero para costear los gastos de nuestros deportistas olímpicos. De este modo, el jueves 25 de marzo de 1948, en otro artículo del periódico El Mundo se destacaba que el gobernador Piñero había aprobado -el día anterior- la participación de Puerto Rico en las Olimpiadas Mundiales, a celebrarse en Londres desde el 29 de julio hasta el 14 de agosto de 1948. Asimismo, se explicaba que nuestra participación sería en pista y campo, boxeo y tiro al blanco; y se reseñaba con entusiasmo que Juan Evangelista Venegas, campeón nacional aficionado del peso gallo, asistiría a Londres.

Para seleccionar los atletas que participarían en estas Olimpiadas, Monagas hizo saber que consultaría con Eugenio Guerra y Frank Campos, sobre pista y campo; con los directores de la Asociación de Guantes Dorados, sobre boxeo aficionado; y con el director insular de tiro, Alberto Guerrero, sobre tiro al blanco. Por su parte, el C.O.I. le exigió a la Isla, además del Comité Olímpico Nacional, la incorporación a organizaciones internacionales; de modo que Monagas y su grupo de trabajo, inmediatamente, se afiliaron a las Federaciones Internacionales de Boxeo, Atletismo y Tiro.

En febrero de 1948, el C.O.I. había aceptado a Puerto Rico como uno de sus miembros, y así lo había informado a la Comisión de Parques y Recreo. A fines de ese mes, Monagas recibió una carta desde Londres para hacerle saber que se le había enviado a Puerto Rico la invitación formal, a través de la Embajada de Estados Unidos en la capital inglesa. Sin embargo, este ambiente de positivismo tenía una contraparte de intriga, y entre otros aspectos se discutía -en ciertas esferas- qué bandera y qué himno representarían a nuestra delegación.

La Isla vivía por entonces momentos de gran tensión política, considerando asuntos como la persecución contra los nacionalistas (que habían adoptado la bandera como símbolo del país) y la campaña eleccionaria de Luis Muñoz Marín, en vías de convertirse en el primer gobernador electo por el pueblo puertorriqueño. Finalmente, la discusión de la “simbología olímpica? se produjo entre los líderes deportivos y Muñoz Marín, quienes optaron por no usar nuestra bandera sino el emblema dado por España (con el nombre de Puerto Rico escrito en rojo, fondo blanco y el escudo al centro). Monagas tuvo que aceptarlo para lograr que nuestra representación actuase en Londres. En este aspecto, cabe citar que no fue hasta las Olimpiadas de 1952, en Helsinki (Finlandia), cuando la bandera estadounidense dejó de representar a Puerto Rico, pues se sustituyó por la monoestrellada. El 25 de julio de ese mismo año (seis días después de iniciadas las competencias olímpicas) se inauguraba el Estado Libre Asociado, y se oficializaba la bandera que los nacionalistas habían utilizado en sus manifestaciones.

Retornando al terreno deportivo, cabe anotar que en Londres, en 1948, los pertiguistas José Fofó Vicente y José Celso Barbosa calificaron en las eliminatorias. Pero fue el boxeador Juan Evangelista Venegas quien ganó cuatro combates (primera medalla de bronce para Puerto Rico), representación que ocupó el trigésimo séptimo lugar entre 60 países.

El arduo trabajo por conseguir la participación olímpica se logró superando las profundas limitaciones que imponía el régimen imperante en la Isla. Años después, Monagas describiría nuestra situación de 1948 con gran precisión: “... cuando fuimos a Londres, todavía Puerto Rico no se había emancipado de los rasgos coloniales que prevalecían en sus relaciones políticas y de gobierno. Allí tuvimos que desfilar, ante la vista de las representaciones de la demás naciones, con un estandarte blanco que ostentó el simbólico cordero; no obstante, ya gozábamos de un reconocimiento tácito para nuestra personalidad como pueblo, por haberse otorgado a nuestro país representación propia, de carácter nacional?.

Nuestra participación en Guatemala (1950)

La situación de la representación puertorriqueña como entidad nacional tuvo un capítulo más antes de 1952. Fue en Guatemala, al desarrollarse los VI Juegos Centroamericanos y del Caribe, entre el 25 de febrero y el 12 de marzo de 1950.

Esta cita, nuevamente, representó para la delegación puertorriqueña (74 competidores: 73 en la rama masculina y una en la rama femenina) un momento glorioso. Nuestros deportistas fueron catalogados como “los finlandeses del Caribe? por la prensa especializada, al conquistar el título en atletismo.

Todo marchaba según lo previsto, hasta que un incidente directamente relacionado con nuestra delegación causó gran confusión entre los presentes: cuando la delegación puertorriqueña comenzó a desfilar -durante los actos de apertura- en lugar de sonar el himno nacional estadounidense (“The Star Spangled Banner?) se escuchó “La Borinqueña?, al son de una banda guatemalteca. Y la situación se tornó aún más ambigua cuando el abanderado de la delegación boricua, Fernado Torres Collac, enarboló la bandera estadounidense. Monagas se dirigió entonces hacia el director de la banda, inquiriéndole por qué se había tocado La Borinqueña; y el músico, sorprendido, le dijo que se lo habían ordenado. Monagas también le cuestionó esto a José Martínez Ceballos, director técnico de los Juegos, pero por respuesta también obtuvo un gesto de sorpresa. Tras una protesta formal, Monagas tuvo que asegurarse de que el himno nacional y la bandera de Estados Unidos estuvieran en todas las victorias puertorriqueñas durante el resto de los Juegos, pues así se había acordado con todos los delegados -a falta de un arreglo adecuado para La Borinqueña con carácter de himno y no de danza- el día previo a la ceremonia inaugural. De allí la sorpresa de Monagas cuando el himno de EE.UU. brilló por su ausencia en la apertura...

Además, como se sabe, en aquellos años la bandera puertorriqueña, La Borinqueña (el himno revolucionario del Grito de Lares, obra de la poetisa Lola Rodríguez de Tió) y Lamento Borincano (del compositor Rafael Hernández) eran considerados “subversivos? ante sus reclamos de justicia y libertad. El caso de Guatemala, azuzado por lo que anunciaban los altoparlantes del estadio (“Guatemala contra el coloniaje americano?) motivó una gran molestia entre los pro-estadounidenses presentes, por entender que se trataba de impulsar el nacionalismo puertorriqueño, en este caso, a través del deporte.

Conclusión

Indiscutiblemente, la relación histórica de este trabajo evidencia que la nacionalidad puertorriqueña ha tenido y sigue teniendo, en nuestro deporte, una especial acogida. Con su participación deportiva internacional, la Isla fue reconocida por las demás naciones caribeñas y latinoamericanas como una verdadera nación en el ámbito deportivo-cultural, aunque conocían la relación colonial que mantenía con Estados Unidos. Así, desde 1930 y a pesar de no tener símbolos nacionales oficiales, nuestros atletas dieron muestras ineludibles de su capacidad para representar dignamente a un pueblo que iba reclamando su espacio dentro de las naciones de la región.

Paulatinamente, la participación deportiva internacional de Puerto Rico le hizo formar parte de la cultura deportiva caribeña, y convirtió esta exposición atlética en un medio no violento -pero muy eficaz- para resistir el colonialismo. Simultáneamente, se ha impreso en el pueblo el orgullo por defender los colores patrios.

Señalar a Puerto Rico como una nación, en términos políticos, siempre ha traído agrios conflictos y discusiones en los diversos sectores ideológicos del país. Sin embargo, en ámbito deportivo la situación es muy distinta. Nuestras delegaciones han recorrido el mundo entero reconocidas como representantes de una nación dentro de naciones, y lo siguen haciendo, mientras reciben el franco y creciente apoyo de todos los sectores sociales de la Isla


Autor: Félix Rey Huertas González
28 de septiembre de 2010.




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