Artes de la representación en Puerto Rico  

Introducción

Las Artes de la Representación son aquellas en las que el instrumento o medio de expresión principal es el ser humano mismo, quien representa una acción ante un público. Incluyen el teatro, la pantomima, la declamación y la danza. La ópera, la zarzuela y otros géneros de teatro musical forman parte también de las Artes de la Representación. De todas ellas, el teatro es el género que más se ha desarrollado en Puerto Rico y ha sido, a lo largo de nuestra historia, expresión viva de lo que somos como pueblo.

La primera muestra de una representación teatral en Puerto Rico se remonta a tiempos pre-colombinos: el areito de los taínos. Estas ceremonias tenían los elementos básicos del teatro, que son actor y público, además de vestuario, maquillaje, baile, poesía y música. Aunque el areito se siguió practicando hasta aproximadamente el año 1560, eventualmente desapareció con la exterminación de los indios.

El pueblo conquistador trajo a nuestras playas una nueva cultura y una nueva visión de mundo que muy pronto sustituyó la de los taínos. Las primeras actividades teatrales en Puerto Rico tras la llegada de los españoles se remontan al siglo XVII. Algunos documentos evidencian la presentación de comedias y autos sacramentales durante la celebración del Corpus Christi y otras solemnidades de la Iglesia Católica. De esa época sólo se conservan cartas y documentos de los Obispos que hacen referencia a bailes, comedias y máscaras que se entremezclaban con los actos litúrgicos, hecho censurado muchas veces por el clero. Las iglesias eran los únicos lugares permanentes de reunión pública para ese tiempo. Cuando los temas de las obras se tornaron inapropiados para los atrios de las iglesias, surgieron los tablados, concepto importado de España, que se utilizaron como espacio escénico.

Durante el siglo XVIII y como parte de las solemnidades religiosas, se continuó con la práctica de representar autos sacramentales y comedias profanas dentro y fuera de los templos. Clérigos y seglares participaban como actores. Los personajes femeninos eran interpretados por jóvenes, hasta mediados del siglo XVIII, cuando comenzaron a utilizar prostitutas y esclavas como actrices.

Con motivo de la muerte del Rey Felipe V en 1746 y la sucesión de su hijo Fernando VI, se celebraron en Puerto Rico varias festividades. Debido a la pobreza reinante en la Isla y a una gran epidemia que se extendió de enero hasta abril de 1747, los festejos no pudieron comenzar hasta mayo de 1747. Durante las celebraciones se representaron cuatro comedias. Para esa época existía la noción del “autor al uso?, que escribía sainetes para representarse al momento. Uno de ellos fue Lorenzo de Angulo, primer actor y dramaturgo puertorriqueño, según el historiador español Angel López Cantos.

Los textos de Angulo, quien se inspiraba en el acontecer político y social de nuestro pueblo, no se publicaron porque en Puerto Rico no había imprenta todavía. Sabemos que para 1747 se improvisaban actos histriónicos y representaba sainetes por las calles de San Juan, gracias a las referencias de cronistas de su tiempo.

En 1789, con motivo de la coronación del Rey Carlos IV, se representaron en San Juan cuatro comedias sufragadas por el Regimiento de Nápoles. Fueron realizadas por estudiantes, gremios y por el mayordomo de entradas del Real Hospital en San Juan. No aparecen consignados los títulos de esas comedias.



-El teatro en el siglo XIX


La afición por el teatro se mantuvo a pesar de la censura impuesta por la Corona y de las limitaciones económicas de la mayoría de la población. A lo largo del siglo XIX se construyeron teatros provisionales y permanentes en distintos puntos de la Isla. En 1811, el Gobernador y Capitán General don Salvador Meléndez y Bruna, permitió el establecimiento de un teatro provisional, en acuerdo con el Ayuntamiento, para la representación de 20 funciones de una compañía de cómicos extranjeros. El lugar escogido fue un corralón, localizado en la calle Sol, entre las calles Cristo y San José, en el Viejo San Juan, lugar al que se le conoció posteriormente como El Corralón. Las funciones fueron organizadas a beneficio del Hospital de Caridad, pero el obispo Juan Alejo de Arizmendi, quien se manifestó en contra de la presentación de dicha compañía por medio de cartas pastorales y quejas al Rey Fernando VII, rehusó el donativo. Muy a pesar de la oposición de Arizmendi, las funciones se llevaron a cabo.

En 1822 se comenzó a construir el teatro de Los Amigos del País, en lo que fue el Hospital Militar del Barrio Ballajá, en el Viejo San Juan. Luego, en 1823, se levantó un tablado en la Plaza de la Constitución (hoy Plaza de Armas) para celebrar conciertos y comedias con motivo del aniversario del juramento de la Constitución Liberal Española.

Bajo el gobierno de Don Miguel de la Torre (1822-1837), se inició en San Juan la construcción del primer teatro permanente en Puerto Rico. Se inauguró oficialmente en 1832 con un concierto de un tenor inglés. En 1836 pasó a ser propiedad del Ayuntamiento de San Juan, bajo el nombre de Teatro Municipal. Este es el teatro que hoy conocemos como Teatro Tapia, nombre que se le dio en 1937 en honor al dramaturgo puertorriqueño Alejandro Tapia y Rivera.

En 1864 se inauguró el Teatro La Perla en Ponce con el drama La Campana de la Almudaina del escritor español Juan Palou y Coll. Esta nueva plaza teatral y el Teatro Municipal de San Juan, fueron los principales centros de actividad teatral durante la segunda mitad del siglo XIX en Puerto Rico. Un terremoto destruyó el edificio ponceño en 1918. En 1940 se volvió a reconstruir, siguiendo los planos originales y, en 1941, La Perla abrió sus puertas nuevamente al público.

Productores de teatro

Durante el siglo XIX las salas de teatro pertenecían a los municipios y se arrendaban a empresarios que traían compañías de Europa. Desde la primera mitad del siglo existieron en Puerto Rico grupos de aficionados, compañías semiprofesionales y grupos afiliados a centros de instrucción, de recreo y de casinos. Uno de los grupos culturales más importantes que se dio a la tarea de producir teatro fue La Filarmónica, fundada en 1846 por Alejandro Tapia y Rivera. Para esos años surgió también la Sociedad Conservadora del Teatro Español, auspiciada por el Gobernador Juan de la Pezuela. El Archivo Nacional de Teatro y Cine del Ateneo Puertorriqueño ha registrado en cada uno de los setenta pueblos que existían en el siglo XIX, más de tres grupos de representación en los municipios pequeños y más de siete en los grandes. Actores aficionados isleños actuaban junto a las figuras principales de las compañías extranjeras que visitaban de vez en cuando la Isla. Entre muchas comedias, sombras chinescas, pantomimas, teatro bufo y uno que otro drama, en 1835 se llevó a escena El barbero de Sevilla, primera ópera representada en Puerto Rico. En 1848 la compañía mímica de Lehmann, compuesta por tres mujeres y diez hombres, trajo a Puerto Rico varias representaciones de pantomimas y cuadros bailables, algunas de ellas de carácter arlequinesco.

Fue durante el siglo XIX que se estableció el Teatro de La Maroma y surgieron las primeras compañías itinerantes puertorriqueñas. Aunque la mayoría de los actores puertorriqueños que participaban en las representaciones eran aficionados, se destacaron en este siglo dos actores profesionales: Eugenio Astol, quien fundó varias compañías de teatro y Agustina Rodríguez, cuyo repertorio incluyó más de cien obras.




-Los primeros dramaturgos puertorriqueños


A fines del siglo XVIII y principios del XIX la educación estaba en manos del clero de las órdenes de San Francisco y de Santo Domingo. Sólo una minoría de jóvenes tenía acceso a ella. Por esta razón en Puerto Rico, el cultivo de las artes y de las letras era casi inexistente. El aislamiento comercial, la censura política y religiosa, y la falta de libros y periódicos, contribuyeron en gran medida a ese letargo en la creación literaria dramática. No fue hasta 1806 que la imprenta llegó a la Isla.

En términos literarios, el primer reclamo de puertorriqueñidad lo hará un joven de 18 años, llamado Celedonio Luis Nebot, con la publicación en 1833 de la tragedia Mucén o El triunfo del patriotismo, en la Imprenta del Gobierno. Además de ser nuestra primera obra de teatro, es la primera obra de teatro puertorriqueña de la que se tenga noticia, de acuerdo a Roberto Ramos Perea. La segunda obra literaria puertorriqueña, también una obra teatral, saldrá de la pluma del maestro capitalino José Simón Romero Navarro y se titula La arrogante Gullerón, Reina de Naugán, Tragedia china en cinco actos, publicada en la Imprenta del Gobierno en el año de 1834. El diario La Gaceta del 4 de marzo de 1848 menciona que este joven fue autor de varios textos dramáticos más, como las obras Sampiero Batistélica y El astrónomo, tal como lo consigna Emilio J. Pasarell en su libro Orígenes y desarrollo de la afición teatral en Puerto Rico. Desafortunadamente, todos sus escritos teatrales se perdieron. Sólo quedaron sus poesías y sus ensayos.

La juega de gallos o el negro bozal de Ramón Caballero, publicada en 1852, es la primera obra escrita por un puertorriqueño sobre un tema de Puerto Rico, conocida hasta el momento. Existían autores extranjeros que habían escrito sobre el país desde el siglo XVIII, como es el caso de Pedro Tomás de Córdova, autor de la obra El triunfo del Trono y lealtad puertorriqueña, publicada en San Juan en 1824. Otro ejemplo es Santiago Cándamo, autor y actor español de sainetes bufos, quien actuó y escribió en San Juan a mediados de la década del veinte del siglo XIX.

A principios de la década del 50 surgió la ópera puertorriqueña, con el estreno de la ópera Guarionex, del músico puertorriqueño Felipe Gutiérrez. La trama se basó en la novela La Palma del cacique, del escritor puertorriqueño Alejandro Tapia y Rivera. Fue la primera ópera compuesta por un puertorriqueño que se llevó a la escena.

En 1857 se presentaron por primera vez zarzuelas en Puerto Rico. La primera producción estuvo a cargo de la compañía dramática de Mures y Gallegos y fue la zarzuela El duende. A partir de ese año, diversas compañías extranjeras de zarzuela continuaron visitando la Isla.

La primera dramaturga puertorriqueña conocida fue Carmen Hernández Araujo (1824-1877), autora de Hacer bien al enemigo es imponerle el mejor castigo, publicada en 1863. En 1846 escribió Los deudos rivales. Esta última no fue publicada hasta 1866, año en que se publicó también su comedia Amor ideal. Sus obras nunca fueron representadas.

En 1856 se estrenó el ensayo dramático Roberto D?Evreux, de Tapia, quien escribió también Bernardo de Palissy o El heroísmo del trabajo, estrenada en 1857 y La cuarterona, en 1867. Tapia fue, además, el primer puertorriqueño que teorizó sobre el drama. En su libro Conferencias sobre estética y literatura: pronunciadas en el Ateneo Puertorriqueño, publicado en 1881, Tapia reflexiona acerca de lo que es la belleza, examina los principios esenciales del arte y expone los términos fundamentales de los diferentes géneros literarios, incluyendo el drama. Alejandro Tapia y Rivera fue también uno de nuestros primeros críticos de teatro.

Otra dramaturga puertorriqueña fue María Bibiana Benítez quien en 1862 publicó su drama histórico titulado La cruz del Morro, inspirado en la defensa de San Juan contra el ataque holandés del 1625. Se presentó en 1897 para la conmemoración del centenario del ataque de los ingleses.

Otros escritores puertorriqueños de fines del siglo XIX exploraron también el género dramático. Entre éstos figura Salvador Brau, autor de la comedia De la superficie al fondo y de los dramas Héroe y mártir, La vuelta al hogar, y Los horrores del triunfo. El costumbrismo jíbaro fue tratado de forma destacada por Ramón Méndez Quiñones, quien escribió: Un jíbaro, Los jíbaros progresistas, Una jíbara y La triquina, entre otras. El interés por el negro, fue tratado por Eleuterio Derkes, autor del drama Ernesto Lefevre y su segunda parte La nieta del proscripto, y de las comedias Tío Fele y Don Nuño Tiburcio de Pereira. Cerca de una decena de otros escritores escribieron también piezas teatrales que fueron representadas durante esos años. Uno de ellos, Manuel Alonso Pizarro, cultivó el teatro anarquista en la última década del siglo XIX, convirtiéndose así en pionero del teatro artesano y obrero. Escribió: Me saqué la lotería, Cosas del día, Jugar con dos barajas y El hijo de la verdulera.

La fundación del Ateneo Puertorriqueño en 1876 fue importante para el desarrollo del teatro en Puerto Rico. Esta institución ha permanecido activa desde entonces en su defensa y promoción de nuestra cultura puertorriqueña. Ha sido patrocinadora de múltiples festivales de teatro, de certámenes de dramaturgia, de conferencias y de talleres para escritores y actores.



-Teatro en el siglo XX


Durante las primeras décadas del siglo XX surgieron en Puerto Rico diversas compañías dramáticas, la mayoría de ellas de corta duración. Por lo general, se dedicaban al teatro lírico, a la comedia y al teatro para niños.

También surgió un teatro gestado en los centros de instrucción obrera y otro en los casinos de algunos pueblos, como San Sebastián, Mayagüez y Cabo Rojo. Entre los autores de teatro obrero se destacaron: Ramón Romero Rosa, José Limón de Arce y Luisa Capetillo, entre otros. Estos escritores usaron el teatro como un medio para enseñar a los obreros a defenderse de las explotaciones de las centrales azucareras. El teatro de alta sociedad, en cambio, evocaba recuerdos de España.

Para la década del veinte, algunos dramaturgos recogieron en sus obras las inquietudes y preocupaciones que vivía nuestro pueblo. Entre estos escritores se destacaron: Luis Lloréns Torres, autor de El Grito de Lares, Juan B. Huyke, autor de La agonía antillana y Nemesio Canales, autor de El héroe galopante. Juan Nadal Santacoloma fue el principal empresario y promotor del teatro nacional puertorriqueño en esas primeras décadas del siglo XX.

La década del treinta

La década del 30 fue una de crisis económica, social y política como se explica en la sección de Historia de esta Enciclopedia. A la vez representó un período de afirmación de la nacionalidad puertorriqueña como reacción a la dominación de la cultura estadounidense. Surgió una generación de escritores con un gran sentido de responsabilidad sociopolítica, dispuestos a asumir posturas ante la crisis del momento. Entre éstos, se destacan, los dramaturgos Manuel Méndez Ballester, Emilio S. Belaval y Fernando Sierra Berdecía.

El Ateneo Puertorriqueño tomó la iniciativa de convocar en 1938 a un Certamen de Teatro para que los dramaturgos sometieran obras que reflejaran nuestra nacionalidad y los problemas sociales que vivía nuestro pueblo. Resultaron premiadas las obras Esta noche juega el Joker de Fernando Sierra Berdecía, El clamor de los surcos de Manuel Méndez Ballester y El desmonte de Gonzalo Arocho del Toro.

Los años 30 vieron el nacimiento de cinco agrupaciones teatrales de importancia. Una de éstas fue The Little Theatre, creada por residentes estadounidenses y algunos puertorriqueños, para producir teatro en inglés, curiosamente en el momento en que el sentimiento de afirmación nacional latía con mayor fuerza. The Little Theatre se convirtió posteriormente en The Civic Theatre. Se formó también el Club Artístico del Casino de Puerto Rico, dirigido por Emilio S. Belaval. En 1936, Hernán Nigaglioni y Leopoldo Santiago Lavandero fundaron la Farándula Universitaria. Al disolverse ésta, Guillermo Bauzá fundó junto a José Luis Torregrosa, Ramón Ortiz del Rivero (Diplo), y otros destacados artistas, la Farándula Bohemia. Estas compañías comenzaron con actores y escritores aficionados, muchos de los cuales se convirtieron luego en destacadas figuras de nuestro mundo artístico. Representaron más de treinta obras que reflejaban los temas más candentes de nuestra realidad social y política. Tinglado Puertorriqueño y la Sociedad Areyto, cerraron la década de los 30 y abrieron la de los 40. Estos grupos se fundaron con la intención de “crear un teatro puertorriqueño, donde todo nos pertenezca?, de otro importante dramaturgo y actor de esa época, Don Emilio S. Belaval.

Los años 40 y 50

Varios eventos contribuyeron a que el quehacer dramático continuara activo y con mayor ímpetu durante la década de los 40. La sociedad Areyto inauguró la década con el estreno del clásico de nuestra literatura, Tiempo muerto, de Manuel Méndez Ballester y Mi Señoría, de Luis Rechani Agrait. En 1941 surgió el Teatro Universitario, dirigido por Leopoldo Santiago Lavandero en 1946, el Teatro Rodante Universitario y en 1949, el Teatro Infantil, llamado más tarde Comedieta Universitaria. Fueron esos los inicios de lo que vendría a ser el Departamento de Drama de la Facultad de Humanidades de la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras. Desde sus comienzos en 1941, ha sido una de las instituciones que más ha contribuido a la formación artística y académica de la clase teatral puertorriqueña. Carlos Marichal y Rafael Cruz Emeric comenzaron entonces sus prolíficas carreras como escenográfos. Nilda González y Victoria Espinoza se iniciaron como directoras de escena. Unos años después, se destacó Dean Zayas como uno de los más fecundos directores de escena que hemos tenido.

La década de los 50 produjo dos prominentes dramaturgos: Francisco Arriví y René Marqués. Arriví, autor de Vejigantes, dio un gran impulso a la producción teatral en Puerto Rico, como director de la oficina de Fomento Teatral del Instituto de Cultura. Marqués, por otro lado, aprovechó el drama para exponer sus inquietudes políticas y sociales. Marqués expresa su ideal independentista a través de sus obras de mayor relevancia: La carreta, Los soles truncos y Un niño azul para esa sombra.

Es René Marqués quien funda el Teatro Experimental del Ateneo Puertorriqueño en 1952, lo que abrió otro espacio para la representación de nuevas obras de teatro. En 1958 comenzaron los Festivales de Teatro Puertorriqueño, bajo el auspicio del Instituto de Cultura, actividades que promovieron aún más la producción de un teatro escrito por autores puertorriqueños.

-Las décadas del 60 y 70


Durante la década del 1960 dos figuras principales que aún continúan activos en el campo de la dramaturgia, iniciaron sus carreras: Myrna Casas y Luis Rafael Sánchez. Cristal roto en el tiempo, Absurdos en soledad, Eugenia Victoria Herrera, Al garete, No todas lo tienen, Este país no existe, Voces, Qué sospecha tengo, El gran circo eucraniano y el libreto de la ópera El mensajero de plata, son algunas de las obras escritas por Casas, cuyos textos la convierten en la dramaturga más prominente de Puerto Rico. Por su parte, Luis Rafael Sánchez es autor de: Sol 13 interior, O casi el alma, La pasión según Antígona Pérez, Los ángeles se han fatigado, Farsa del amor compradito, La espera, La hiel nuestra de cada día y Quíntuples. Otro dramaturgo importante de esa generación fue Gerard Paul Marín, autor de El final de la calle y En el principio la noche era serena, entre otras obras.

Los últimos años de la década del 50 y la década del 60 vieron nacer diversas compañías de teatro. Entre éstas: La Máscara, El Cemí, Alta Escena, Theatrón, El Coquí, Arlequín, Poesía Coreada de Puerto Rico, y El Tajo del Alacrán. Producciones Cisne y Teatro del Sesenta se han mantenido en constante actividad desde entonces, por más de cuarenta años. Durante los años 60, los café-teatros La Tierruca y La Tea, en el Viejo San Juan, sirvieron de escenario para múltiples experimentos teatrales y recitales poéticos. Abelardo Ceide se destacó en la producción y dirección de obras de su propia autoría en esas salas. Lydia Milagros González escribió varias piezas teatrales representadas por El Tajo del Alacrán.

La década del 70

En los años 1970 nacieron varias compañías de teatro, como: Producciones Candilejas, Bohío Puertorriqueño, Epidaurus y Títeres de Borikén. Surgieron varios grupos de creación colectiva, en los que actores, directores, escritores y diseñadores participaban en la elaboración de los libretos. Entre éstos: Teatro Pobre de América, Nuestro Teatro, El Gran Quince, Yagüeke, Anamú, Moriviví, Taller Bondo, La Rueda Roja, Yensa, Tambor y el Colectivo Nacional de Teatro. Teatro del Sesenta produjo de manera colectiva en esa época La Verdadera Historia de Pedro Navaja. En esos ejercicios colectivos se desarrollaron como dramaturgos, escritores que luego brillaron con luz propia. Entre éstos: Samuel Molina, Jacobo Morales, José Luis Ramos Escobar, Edgar Quiles y Rosa Luisa Márquez. Juan González Bonilla, actor y productor, se inició también como dramaturgo durante los años 70, llevando a escena sus obras Doce paredes negras, Flor de presidio y Palomas de la noche, entre otras.

El teatro desarrollado en esta época fue uno innovador y audaz, muchas veces de confrontación política y social, que llevó a nuestras comunidades un mensaje que reflejaba sus propios conflictos y realidades. La vida de los puertorriqueños en Nueva York fue el tema seleccionado por algunos dramaturgos, como Jaime Carrero, autor de Pipo Subway no sabe reír, La caja de caudales y El Lucky-Seven, entre otros. Esta década vio nacer también al Taller de Histriones, fundado y dirigido por Gilda Navarra. La diáspora puertorriqueña en la ciudad de New York desarrolló durante estos años diversas compañías de teatro, como el Teatro Rodante Puertorriqueño, fundado en 1969 por la actriz Miriam Colón, quien desde entonces lo dirige.

La década del 1970 también produjo destacados críticos teatrales. Entre ellos: Ramón Figueroa Chapel, Norma Valle, Juan Luis Márquez, y J. C. Collins.




-Desde el 1980 hasta el presente


En 1981 se inauguró el Centro de Bellas Artes en Santurce, con lo que se añadió otro espacio para la representación teatral. En 1994 se le dio el nombre de Centro de Bellas Artes Luis A. Ferré, en honor a uno de los gobernadores del País. Durante la década del 90 surgieron nuevas salas de teatro privadas y municipales a lo largo de toda la Isla, algunas de ellas en antiguos edificios restaurados. Entre las salas municipales se encuentran los Centros de Bellas Artes de Guaynabo y de Aguada, el Teatro Luis M. Arcelay en Caguas, el Teatro Braulio Castillo en Bayamón, el Teatro Municipal de Carolina y el Teatro Junqueño, entre otras. Entre las salas privadas se encuentran: el Teatro Fénix de Vega Baja, el Teatro Estudio Yerbabruja en Río Piedras, y el Café Teatro El Josco en Santurce, entre otras. Una de las más recientes salas privadas es la Casa Cruz de la Luna, fundada en 1997 con la visión de proveer un ámbito de movimiento para las artes y las humanidades en el área suroeste de la Isla.

En el teatro popular y colectivo sobresalen escritores como: Pedro Santaliz, Zora Moreno, Ramón (Moncho) Conde, José (Papo) Márquez y Josefina Maldonado, entre otros.

En la década de los 80, Rosa Luisa Márquez, teatrera desde los años 70, se unió profesionalmente a Antonio Martorell para desarrollar proyectos de colaboración gráfico-teatral en el Recinto de Cayey de la Universidad de Puerto Rico. Desde entonces, han desarrollado infinidad de proyectos juntos.

Durante los años 80 surgieron nuevas compañías, como Producciones Actores Unidos, el Grupo Inarú y Producciones Flor de Cahillo. Directores jóvenes inyectaron sangre nueva al mundo escénico. Entre éstos, Vicente Castro y Zora Moreno.

En 1985 se fundó la Productora Nacional de Teatro, que agrupa las siete compañías de teatro más antiguas del país. Igualmente se creó la revista Intermedio de Puerto Rico, primera revista dedicada al teatro puertorriqueño y el Archivo Nacional de Teatro Puertorriqueño, que recoge todo el patrimonio teatral del país. En 1985 se formó, además, la Sociedad Nacional de Autores Dramáticos y un año después, el Colegio de Actores de Puerto Rico, organización profesional que agrupa a los actores y las actrices de la Isla.

Se dieron a conocer en las últimas décadas del siglo XX, dramaturgos que exploran con nuevas formas de expresión dramática y gran sensibilidad, temas puertorriqueños y universales. Los más destacados son: José Luis Ramos Escobar, Antonio García del Toro, Carlos Canales, Teresa Marichal, Abniel Morales, Aleyda Morales y Roberto Ramos-Perea. éste último, quien es uno de nuestros más prolíficos dramaturgos, ha sido merecedor de varios premios literarios, como el premio Tirso de Molina, el reconocimiento más importante de teatro otorgado por el Gobierno Español, por su obra Miénteme más. Ramos-Escobar, autor de Dragún en las Malvinas, ¿Puertorriqueños? y Cofresí, entre otras obras y García del Toro, autor de Hotel Melancolía y Donde reinan las arpías, han merecido también premios literarios en España y Estados Unidos, respectivamente.

En la década de los 90 surgieron nuevas compañías de teatro. Entre éstas: Producciones Contraparte, Producciones Aragua, Teatro Caribeño, Teatro ángel, Producciones Aleph, Teatro Sol, y Casa Cruz de la Luna; surge también la llamada dramaturgia escénica, en la que el texto no es indispensable. El mismo actor escribe su texto a través de su cuerpo, con gestos, movimientos y a veces con su voz. Teresa Hernández, Javier Cardona, Carola García, Margarita Espada, y Rafael Acevedo son algunos de estos actores-autores. Grupos como Yerbabruja, Baobabs y Agua Sol y Sereno, exponentes de esta nueva dramaturgia escénica, han sido invitados a representar a Puerto Rico en prestigiosos festivales en el exterior.

El teatro ha tenido una presencia constante en Puerto Rico durante más de cinco siglos de historia. Nuestro pueblo se ha mantenido fiel a esta manifestación tan importante de la cultura. A pesar de la competencia del cine y de la televisión, la producción de teatro, lejos de disminuir, ha aumentado y se han abierto nuevas salas a comienzos del siglo XXI.



Autor: Profa. Gilda Orlandi
8 de septiembre de 2010.




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