Artes plásticas en Puerto Rico  

Las artes plásticas, que incluyen la pintura, el dibujo, el grabado, la escultura, la fotografía y la cerámica, entre otros, son un reflejo de la sociedad. La plástica puertorriqueña es una de las expresiones más significativas y definitorias de nuestra cultura. Sus particularidades y acentos se dan en el contexto de una sociedad altamente compleja, tanto en el aspecto político como social y económico. Los artistas, testigos y partícipes de esa realidad, expresan una visión de su entorno, de su ser.

Los primeros siglos de la colonia

Las referencias sobre el arte en Puerto Rico en los primeros dos siglos de la colonia, son escasas. De acuerdo al estudioso Arturo Dávila, la obra más antigua conocida, que sobrevivió los embates del tiempo, es la tabla flamenca La Virgen de Belén, pintura renacentista, que durante cuatro siglos permaneció en la capilla de Nuestra Señora de Belén albergado en la Iglesia San José. El mural San Pedro González Telmo, está considerado como la obra más antigua realizada en la Isla. Pintada en el muro norte del crucero de la Iglesia San José, este mural fue tapiado en época posterior y descubierto durante la restauración de la iglesia en 1978.

La pintura más antigua cuya autoría se atribuye un puertorriqueño es La Virgen de Monserrate en Hormigueros, y su nombre es Manuel García. También del mismo autor es la Adoración de los Reyes Magos en la Iglesia de Hormigueros. Se conocen varias obras anónimas de principios del siglo XVII, tales como: Santa Bárbara, Nuestra Señora de Valvanera, Nuestra Señora del Rosario y Nuestra Señora de la Divina Aurora.

Otra obra de este periodo es el ex voto de la Virgen de Monserrate, en el Arzobispado de San Germán. La misma narra el milagro de Hormigueros, leyenda que tendrá una presencia singular en la imaginería popular puertorriqueña.

-Se define la personalidad criolla (1750-1898)


Para principios del siglo XVIII, dos familias que se desempeñan como doradores, decoradores y talladores son: la familia Campeche en San Juan y la familia Espada en San Germán. Impulsados por la devoción religiosa, estas familias de artistas y artesanos se dedicaron a suplir a los conventos, iglesias y devotos, las tallas y pinturas devocionarias.

La pintura de José Campeche

El pintor José Campeche (1751-1809), considerado el mejor retratista hispanoamericano de su tiempo, es hijo de un esclavo liberto y una mujer oriunda de las Islas Canarias. Campeche se formó bajo el amparo del taller familiar. Su sensibilidad por el detalle y la fisonomía, y su tendencia al estilo rococó le convierten en un pintor cuya obra era solicitada por la provincia de Caracas, La Habana y posiblemente en La Española.

Sin maestro formal, y sin salir nunca de la Isla, el joven artista conoce al pintor Luis Paret y Alcázar (1746-1799), quien había llegado a Puerto Rico desterrado por el rey Carlos III, donde le esperaba sin saberlo, el joven pintor sanjuanero. Hasta ese momento (1776) la pintura de Campeche manifestaba un carácter lineal que impartía cierta dureza a su obra. Con la lección de Paret, la pintura de Campeche habría de tomar un nuevo rumbo que se muestra en el colorido que evoca la influencia de las tonalidades azules y rosáceas propias del rococó.

No obstante, la pintura religiosa sería la que en mayor número produciría. Los modelos para las pinturas religiosas habían sido, particularmente, los grabados manieristas estudiados en los libros que atesoraba en su biblioteca. Entre las pinturas de carácter religioso se encuentran: ánimas, La Sagrada Familia, Visión de San Francisco, San Felipe Vinicio, Santa Teresa de Jesús, la Virgen del Rosario, la Virgen de las Mercedes, la Virgen del Carmen, además del centenar de copias de la Virgen de Belén.

El retrato será el género más logrado de Campeche. De carácter anecdótico e histórico y con gran atención al detalle, Campeche se destacó por obras tales como el Gobernador D. Miguel Antonio de Ustáriz, Dama a Caballo, Capitán D. Ramón de Carvajal y María de los Dolores Martínez de Carvajal.

Es precisamente en los retratos que el pintor comienza a introducir referencias y elementos propios del paisaje puertorriqueño. Ejemplo de ello lo podemos observar en el paisaje de la ciudad de San Juan representado en la pintura del Gobernador Ustáriz; en Las hijas del Gobernador D. Ramón de Castro (1797), en la que una de las niñas sostiene una maraca de higüera y en el piso hay una piña y, en el retrato del Gobernador D. Ramón de Castro (1800), con la vista panorámica del Condado y Puerta de Tierra.

Las primeras tres décadas del siglo XIX

A la muerte de Campeche y hasta la presencia de Francisco Oller (1833-1917), conservan la tradición de la pintura una decena de pintores y pintoras. Artistas peninsulares y extranjeros visitarán la Isla, manteniendo la pertinencia de la actividad plástica, pero será con Oller que la pintura asuma un sentido de identidad nacional y carácter definitorio.

Francisco Oller y Cestero

Francisco Oller y Cestero ( 1833-1917) es el más destacado pintor puertorriqueño del siglo XIX. Nos legó una obra insertada en las corrientes modernas del arte. Su formación insular se inicia en el Estudio de Juan Cletos Noa entre 1844 y 1845. Posteriormente estudia en Madrid, y en París (1858 – 1865), donde participa en el taller de Thomas Couture junto a Claude Monet, Auguste Renoir, y Alfred Sisley, entre otros. Es en esta primera época parisina que se adentra en la obra de Gustave Courbet, pintor realista, y uno de los pintores más distinguido del momento. Luego de su participación en la exposición del Salón de París en 1864, regresa a Puerto Rico, donde se suma a las corrientes abolicionistas y libertarias. Aquí permanece hasta 1873, fecha en que se inicia su segunda estancia en París (1873-1878).

Durante este período Oller participa activamente en el movimiento pictórico conocido como el Impresionismo. De él incorpora en su obra la preeminencia de la luz y el color. La luz se convierte en protagonista y define el color y el tono, efectos que se observan en sus paisajes, tanto los paisajes franceses, como los criollos. La experiencia de pintar al natural le permitirá descubrir la forma en que la luz afecta el color.

Copartícipe del desarrollo del Impresionismo en Francia, Oller abrirá las puertas del arte puertorriqueño al arte moderno. Tanto Paisaje francés II, como El estudiante, son obras programáticas del impresionismo por el uso de la luz y el color, el ambiente íntimo y la representación del paisaje al natural. No obstante, su conciencia social encuentra en el Realismo el lenguaje estilístico que mejor expresa sus preocupaciones sociales, por lo que en su obra coexisten el Realismo y el Impresionismo. El tema determina el lenguaje plástico empleado. De esta forma, en el realismo de El Velorio asoman, a través de la puerta y la ventana, dos paisajes impresionistas. Oller traerá a su pintura las costumbres puertorriqueñas, la belleza del paisaje y los problemas sociales. El Realismo le dará el espacio para realizar obras que evidencian su profundo desagrado por la injusticia social y su objeción a la autoridad gubernamental despótica de su época. Algunas obras de crítica social son: Un boca abajo, Castigo del negro enamorado, Almuerzo de ricos, Almuerzo de pobre y Una madre esclava.

Para Oller, El Velorio, es su obra cumbre. En ella hace una aguda crítica a la costumbre del baquiné. La obra representa los excesos y la falta de decoro ante la muerte de un niño. Se hace patente su anticlericalismo, como también su crítica al racismo, a la desigualdad social, a las costumbres frívolas para resaltar los valores nobles que encarna el negro Pablo, quien es el único personaje que asume una actitud digna ante la muerte.

-Impacto de la invasión en 1898


En 1898 Estados Unidos invade a Puerto Rico como consecuencia de la Guerra Hispanoamericana. Se impuso sobre la Isla un nuevo orden, en el que no faltó el intento de eliminar el español como la lengua de los puertorriqueños. Aunque la situación económica de Puerto Rico era precaria, no es menos cierto que Puerto Rico era una sociedad con unas creencias, cultura, valores y tradiciones que la caracterizaban y la identificaban como una sociedad hispánica.

Como consecuencia del disloque que provocó la invasión, en las artes se manifiesta una voluntad de identificar, definir y precisar los rasgos de una identidad amenazada. El paisaje, los tipos, costumbres y formas de la realidad puertorriqueña, serán su fuente de inspiración. La figura del jíbaro surge como icono de afirmación cultural y de resistencia ante las agresiones culturales y el rechazo manifestado por una parte de la sociedad hacia la cultura puertorriqueña. La búsqueda de la identidad que se observa en la literatura, la música y el teatro, calará en la psiquis de los puertorriqueños, y encontrará un paralelo en las artes plásticas. La obra de cuatro artistas, todos nacidos antes de 1898, pone de relieve esa voluntad.

Ramón Frade (1875 –1954), Miguel Pou (1888-1968), Oscar Colón Delgado (1889-1968) y Juan Rosado (1891-1962) recrearon en el paisaje y la figura la intención de una definición de lo puertorriqueño. En sus obras se afianzará la identidad puertorriqueña, a través las costumbres y el folclore, la belleza del paisaje y la vida cotidiana. La obra de Ramón Frade delata la necesidad de precisar los rasgos de la personalidad criolla; sus personajes serán hombres y mujeres de carácter y reciedumbre, laboriosos como el jíbaro de El Pan Nuestro- su pintura más emblemática-, representativa de las costumbres y labores tradicionales.

Un acercamiento semejante se observa en la pintura de Miguel Pou. Obras como Río Portugués con lavandera y Paisaje del sur de Puerto Rico muestra su deseo de realzar la belleza de su tierra. En su estilo, Pou mantendrá una paleta impresionista con marcada tendencia al realismo. Colón Delgado, de una forma más romántica, sigue los pasos de sus congéneres. Paisajes como Mañana de primavera, Casita de la loma y Lavandera le harán merecedor de excelentes críticas. La obra de Juan Antonio Rosado, de carácter más popular, presta atención al ámbito sanjuanero. Obras como La espera y Casita con dos escaleras manifiestan este interés.

Artistas extranjeros y sus aportes

Como resultado de la Guerra Civil Española(1936-1939), una pléyade de artistas e intelectuales encontraron en la Universidad de Puerto Rico las puertas abiertas a la cátedra y la creación. La Isla fue un lugar propicio en el que los artistas españoles Alejandro Sánchez Felipe (1895-1971), Gil de León, Cristóbal Ruiz Pulido (1881-1962), Angel Botello (1913-1986), Francisco Vázquez (Compostela)(1898-1988), Carlos Marichal (1923-1969), Eugenio Fernández Granell (1912-2001), el vienés Franz Howanietz (1897-1972) y los estadounidenses George Warreck (1900 ) y Walt Dehner (1898-1975) establecieron cátedra.

La emigración y visita de extranjeros permitió la introducción al país de nuevas corrientes estilísticas. Walt Dehner, profesor desde 1929 en el Departamento de Bellas Artes de la Universidad de Puerto Rico, organizó exhibiciones como las de Pablo Picasso, Joan Miró, Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros. Las colectivas nacionales en la década del 30 sirven para tomar el pulso de la producción artística local. Por su parte, los artistas Sánchez Felipe, Cristóbal Ruiz, Marichal, y Fernández Granell, se integraron a la cátedra en varias instituciones educativas para colaborar en la formación de una nueva generación de artistas.

Artistas jóvenes de la década del 30 y 40

Algunos artistas jóvenes se establecieron en Estados Unidos en busca de un ambiente más propicio para el arte. Luis Quero Chiesa (1911-1994) y Rafael Palacios (1905-1993) ejemplarizan a este grupo. Para ellos, la representación de la puertorriqueñidad, se convirtió en objeto de exploración. Quero Chiesa, con imágenes populares de tono tenebrista, buscó la imagen del nuevo jíbaro en obras como El Jacho. Por su parte, Palacios retrató al negro y el ámbito racista que le rodeaba. Pena negra y Tabú, presentan este tema novel en la plástica nacional que resulta en una alerta a la negritud en nuestra sociedad.


-Generación del 40


La actividad pictórica que antecede a la generación del 50, fue una pintura predominantemente realista. Entre los años cuarenta y cincuenta regresan a la Isla artistas que habían emigrado o servido en el ejército en la Segunda Guerra Mundial, quienes tuvieron la oportunidad de formarse en escuelas de artes en el extranjero.

En 1940 se inaugura la sala de exposiciones del Ateneo Puertorriqueño y en 1945 se funda la Academia de Arte de Edna Coll, que operó durante cuatro años. Desde 1946 surgen instituciones y esfuerzos gubernamentales que darán cauce a un vigoroso movimiento artístico donde arrancan la escuela del grabado y del cartel nacional. Una vez establecido el Estado Libre Asociado en 1952 los artistas que se sumaron a los talleres gubernamentales encauzaron su sentido estético a la búsqueda de la afirmación e identidad nacionales.

El primer taller gubernamental de impacto en las artes fue el Taller de Cinema y Gráfica de Parques y Recreo Público, que en 1949 se transforma en la División de Educación de la Comunidad (DIVEDCO),y se mantendrá activo hasta 1989. Irene Delano (1919-1995) dirige el taller de gráfica donde se producirán carteles y trabajos gráficos de mensajes sociales y educativos. De este taller surgirán algunos de nuestros mejores artistas y grabadores.

El taller empleará a jóvenes artistas, algunos sin educación formal en las artes, que mostraban talento. Es en este taller que se formarán los artistas de la Generación del 50. Aquí estos jóvenes artistas serán adiestrados en las técnicas de la serigrafía. La serigrafía, medio gráfico de gran calidad pictórica, que no requiere prensa, y que permite hacer cientos de impresiones será el medio idóneo para esta producción. Trabajarán en este taller durante su tiempo de labor, Lorenzo Homar (1913-2004), Rafael Tufiño (1922), Carlos Raquel Rivera (1923-1999), Julio Rosado del Valle (1922-2008), Antonio Maldonado (1920-2006), José Meléndez Contreras (1921-1998), Manuel Hernández Acevedo (1921-1988), Eduardo Vera (1926-2006), José M. Figueroa (1931-1964), Félix Bonilla Norat (1912-1992), David Gotía (1932-2004), Isabel Bernal (1935), Carlos Osorio (1927-1984) y Francisco Palacios (1916-1972), entre otros.

En 1950, los artistas Lorenzo Homar, José Antonio Torres Martinó (1916), Julio Rosado del Valle y Félix Rodríguez Báez (1929), establecieron el Centro de Arte Puertorriqueño (CAP). Armados del medio del grabado, producirán obras dirigidas a promulgar lo puertorriqueño, en un medio multi ejemplar, fácil de exhibir y adquirir. La obra del CAP estará cargada de preocupaciones sociales y políticas que responden al interés de expresar el sentir de su pueblo. La Compañía de Fomento Industrial designa en 1954 la junta que comisiona a artistas una serie de murales para decorar fábricas en la Isla. Participaron en este proyecto los pintores Rafael Ríos Rey, Rafael Tufiño y José A. Torres Martinó.

Otros factores ayudan a las artes

El Instituto de Cultura Puertorriqueña (ICP), fue otro de los ejes que dará impulso a la plástica en esta década. Creado en 1955 para consolidar y promover la cultura e identidad puertorriqueñas, el ICP propiciará la exhibición de la obra plástica. Creará museos, colecciones, salas de exhibiciones, exhibiciones itinerantes, la Bienal del Grabado Latinoamericano de San Juan, convertida en 2004 en la Trienal Poligráfica de San Juan y auspiciará becas para que los artistas desarrollen su talento. En 1957 establecerá el taller de artes gráficas dirigido por el maestro Lorenzo Homar. Es aquí que se formará la próxima generación de artistas como José Alicea (1928), Myrna Báez (1931), Antonio Martorell (1939), José Rosa (1939), Jesús Cardona (1950), Luis Alonso (1951), y Luis Maisonet Ramos (1952).

Una serie de acontecimientos abrirán paso para el desarrollo de una fuerte plástica puertorriqueña que si es figurativa en ese tiempo, lo es por elección, donde los artistas que se desarrollan comentarán, presentarán y recrearán el mundo que los rodea. Será una década de un gran desarrollo económico, en que la economía de la Isla se transformará de una agraria a una industrializada con todos los desfases que esto implicara.
En 1951, se funda el primer museo de Puerto Rico, el Museo de Arte, Antropología e Historia de la Universidad de Puerto Rico, que ostenta una imponente colección de arte precolombino, documentos históricos y arte puertorriqueño con énfasis en la pintura, el grabado y el cartel. En 1959, Luís A. Ferré funda el Museo de Arte de Ponce, institución que albergará una magnifica colección de arte europeo, además de una sólida colección de arte puertorriqueño. En 1965 el Museo se instala en el actual edificio diseñado por Edward Durell Stone que es en sí una joya arquitectónica.

La Galería Pintadera, del fotógrafo Samuel Santiago abierta en 1955, sirve de tienda y sala de exposiciones. En 1959 abre la primera galería de arte, la Campeche, fundada por Domingo García (1930), que fue además, taller -escuela para una generación de jóvenes artistas, entre los que cuenta, Rafael Rivera Rosa (1942) y José Rosa (1939).



-La Generación del 50


La llamada Generación del 50 incursiona en la pintura y el grabado con igual fuerza creadora, adoptando en su lenguaje estilos contemporáneos. En otro artículo de la sección se trata el tema en forma detallada. No obstante, mencionaremos a aquellos que, por su influencia formadora; su extensa obra, en número como en medios expresivos o su contribución en la renovación de los lenguajes plásticos ameritan inclusión. En esta secuencia histórica, esta generación se adentra en estilos que ilustran la evolución de la plástica y su inserción en diversas corrientes de la pintura moderna.

La diversidad de acercamientos a estilos y tendencias es la constante entre los artistas puertorriqueños de ésta y otras generaciones. Esa diversidad no está reñida con la posibilidad de que cada artista defina un estilo propio y una búsqueda conceptual propia. Por tanto, entre la figuración y la abstracción se mueven estilos como el realismo, el realismo social, el expresionismo, el expresionismo abstracto, el surrealismo, el primitivismo y otras tendencias que enriquecen el panorama plástico nacional.

Dentro de la tendencia figurativa podemos mencionar artistas como José Oliver (1901- 1979 ), Luisina Ordóñez (1909-1975), Rafael Ríos Rey (1911-1980), Luisa Géigel (1916), Rafael Tufiño (1928), Lorenzo Homar (1913-2004), Fran Cervoni (1913-2001), Osiris Delgado (1920), María Rodríguez Señeriz (1928), María Luisa Penne de Castillo (1914 -2006) y Alfonso Arana (1927-2005).

Julio Rosado del Valle (1922), es el primero en abordar la abstracción. Su obra rompe los patrones realistas de imágenes reconocibles sin dejar de ser puertorriqueña. Su pintura se destaca por el vibrante uso del color y los aciertos compositivos. Olga Albizu (1924-2005), Víctor Linares (1929), y Roberto (Boquio) Alberty (1930–1985) son la primera generación de artistas que adoptan la abstracción como medio de expresión. Se les unirán más tarde Noemí Ruiz (1931), Luis Hernández Cruz (1936) y Marcos Yrizarry (1936-1995).

El expresionismo es cultivado en la plástica puertorriqueña por artistas que partiendo de la realidad circundante, asumen una actitud expresiva fuerte y de gran energía. José A.Torres Martinó (1916), Augusto Marín (1921), Félix Rodríguez Báez (1929), Domingo García (1932), Myrna Báez (1931) y Francisco Rodón (1934), Carlos Irizarry (1938), llenarán su obra de gran fuerza expresiva. Julio Rosado del Valle explora también en ocasiones el expresionismo abstracto con gran fuerza y control como en Vejigantes. En la incursión en el expresionismo nuestros artistas realizarán interpretaciones que no se limitarán a la realidad objetiva, la obra asume la interpretación subjetiva del artista.

Por otro lado, fue excepcional la incursión de nuestros artistas en un experimentar con surrealismo criollo. Los centros universitarios y en particular la Universidad de Puerto Rico brindaban el ambiente para estilos más “universalistas? no abordados por la Generación del 50 y su agenda puertorriqueñista. Eugenio Fernández Granell, que permaneció en Puerto Rico de 1951 a 1955, promovió el surrealismo en su obra Los limones voladores. Artistas como Félix Bonilla Norat, con La violencia, Cuatro brutos, Pegaso y mujer, los hermanos José Doval (1917-1957) y Narciso Doval (1916-1970) Dos Caras, Luis Maisonet (1924), Víspera del eclipse y sobre todo, Carlos Raquel Rivera, La enchapada, todos crearán obras que por sus imágenes, interpretación y composición, tal vez sin pretenderlo, producirán de la mejor pintura surrealista del país.

La Neo figuración como movimiento no se aparta de la imagen reconocible pero el artista la moldea y la recrea para introducir en ésta su interpretación creativa a través de la forma y el color. El artista presenta su interpretación conceptual de la imagen. No es realista, pero no tiene intención abstracta; es la evolución de la imagen a través de la visión y la paleta del pintor. La Neo figuración es la evolución de una pintura, que reinventa la imagen. José Meléndez Contreras (1921-1998), Carlos Osorio (1927), Rafael Rivera García (1929) y Jaime Carrero (1931) cultivan este estilo.

El primitivismo se caracteriza por una forma simplificada de acercarse a la imagen presentada en la obra, por el uso del color brillante y porque los espacios se resuelven con una perspectiva no científica. Sin preparación académica en las artes, se destacan Manuel Hernández Acevedo, como el pintor primitivista por excelencia, y José Ruiz. La obra de Hernández interpretará a través de la línea y el color su entorno como por ejemplo, La Capilla o la serigrafía Casas en el mangle.

-De la década de los 60 hasta el presente


La prosperidad económica y la rápida transformación de la sociedad puertorriqueña abrirán nuevos horizontes a la plástica puertorriqueña y más artistas continuarán estudios fuera del país. Los medios de comunicación masiva acercan aún más a nuestros artistas a las corrientes internacionales. Con más posibilidades de viajar y participar en eventos internacionales, las artes plásticas puertorriqueñas abrazarán los nuevos movimientos. Los eventos socio-políticos de la década de los 60, como la Guerra de Vietnam, las huelgas universitarias, la pérdida de la hegemonía política del centro y el crecimiento del anexionismo cultural y político, mantendrán a algunos inmersos en una producción plástica de contenido político. Otros tomarán la senda de la exploración de las nuevas corrientes contemporáneas.

En este periodo, artistas como Antonio Martorell (1939), Jaime Carrero, Francisco Rodón, Myrna Báez, José Alicea, Julio Rosado de Valle, Roberto Moya (1931), Rafael Ferrer(1933), Carlos Irizarry (1938), Marta Pérez (1934-2003), Nelson Sambolín (1944), Lope Max Díaz (1943), Paul Camacho (1929-1989 ), Antonio Navia (1945), Carmelo Sobrino (1948), Andy Bueso, Carmelo Fontánez (1945), Olga Albizu, Jeannette Blasini,(1941-2003), Roberto Alberty, Rafael Colón Morales(1941), John Balossi (1931-2007), Jaime Romano (1942) y Domingo García, entre otros, mantendrán una rica producción de obra plástica que se mueve entre lo abstracto y lo figurativo, lo experimental y lo tradicional.

Se unirán a este grupo artistas como Betsy Padín (1933), Roy Kavestsky (1946), Julio Suárez (1947), Elizam Escobar (1948), René Santos Irizarry (1934), Antonio Cortés (1951), José Bonilla Ryan (1947-2001), Daniel Lind (1953), Nick Quijano (1953), Oscar Mestey (1955), Pepón Osorio (1955), Arnaldo Roche (1956), Carlos Collazo (1956-1990), Dennis Mario Rivera (1957), Anaida Hernández, Jorge Zeno (1956) Rafael Trelles (1957), Eric Tabales (1962), María de Mater O?Neill (1960) y Nora Rodríguez (1957).

El Grabado

El grabado, medio favorecido por el Centro de Arte Puertorriqueño (década de los 50) y por los talleres de la División de Educación a la Comunidad, será un medio para muchos artistas que se moverán entre la pintura y el grabado. Lorenzo Homar, considerado por muchos el padre del grabado puertorriqueño, Rafael Tufiño, Carlos Raquel Rivera, Julio Rosado del Valle, José Alicea, Myrna Báez, José Rosa y Antonio Martorell, producirán con excelentes resultados en ambos medios.

Una nueva pujante generación de artistas que se destacarán a nivel internacional produciendo casi exclusivamente en el medio, María Emilia Somoza (1938), Susana Herrero (1945), Isaac Novoa (1945), Luís Abraham Ortiz (1946), Carmelo Sobrino (1948), Consuelo Gotay (1949), Joaquín Reyes (1949-1994), Manuel García Fonteboa (1949), Analida Burgos (1949), Jesús Cardona, Mercedes Quiñones (1951-1999), Luis Maisonet (1952), Lizette Lugo (1956), Diógenes Ballester (1956), Haydée Landing (1956), Martín García (1960), y Marta Pérez García (1965), son algunos de éstos. Con las nuevas técnicas de grabado no tóxico, el grabado se encuentra hoy en una nueva etapa de exploración de un lenguaje plástico.

Los artistas puertorriqueños han hecho importantes contribuciones paralelas a las que hemos mencionado en la pintura y el grabado, en la escultura, la cerámica, el dibujo y la fotografía. Estas manifestaciones serán tema de otros artículos en la sección de Artes Plásticas.

El arte puertorriqueño hoy

En el arte puertorriqueño de hoy, encontramos un nutrido grupo de jóvenes artistas que abordan los nuevos lenguajes junto a otros que abordan los medios tradicionales. De esta forma, se observa una producción plástica a la par con las últimas tendencias que ha propiciado la globalización. El arte conceptual, la instalación, la construcción, la obra multimedio, el uso del ciberespacio, y el arte electrónico han encontrado terreno fértil para la producción de obras de arte en la Isla. Artistas como Carlos Ruiz Valarino, Arnaldo Morales, Enoc Pérez, Aarón Salavarría, María Navedo Rivera, Heriberto Nieves, Eric French, Víctor Rodríguez Gotay, Jesús Ortiz, Ramón López, Reynaldo González Bravo, Marta Lahens, Charles Juhasz, Cacheila Soto, Miguel Luciano, Ricardo Ramírez, Rosa Irigoyen, Roberto Barrera, Carlos Marcial, Néstor Otero, Wilfredo Chiesa, Juan Sánchez, José Morales, Carlos Dávila Rinaldi,Rafael Colón Morales, Carlos Fajardo, Antonio Fonseca, Raquel Quijano, constituyen parte de la nueva generación del arte puertorriqueño de hoy.


Autor: María García Vera
8 de septiembre de 2014.




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