Diáspora puertorriqueña en Estados Unidos  

Introducción

Según el censo del año 2000, la población puertorriqueña en Estados Unidos alcanzó los 3.4 millones, mientras que la población de Puerto Rico registró 3.8 millones de habitantes. Estas cifras representan un fenómeno demográfico de gran interés ya que se anticipa que para el próximo decenio, la diáspora puertorriqueña sobrepasará la población de Puerto Rico.

A menudo se piensa que la migración puertorriqueña a Estados Unidos es un fenómeno de mediados del siglo XX. Si bien es cierto que la magnitud del éxodo masivo de puertorriqueños durante las décadas de 1940 y 1950 aún no ha sido superada, la presencia puertorriqueña en diferentes ciudades estadounidenses se remonta al siglo XIX. Esta presencia comenzó mucho antes de la Guerra Hispano-cubano-americana y la invasión estadounidense de la Isla en 1898, cuando España se vio forzada a ceder todos sus restantes territorios coloniales a Estados Unidos.

El crecimiento de la población puertorriqueña en Estados Unidos durante el período de 1910-2000 se ilustra en la (Tabla 1)[Tabla 1]. El censo estadounidense agrupa a los puertorriqueños bajo la categoría de latinos o hispanos, cuya población se estima ha alcanzado los 41.3 millones en el año 2005. La población puertorriqueña representa aproximadamente el 9% de todos los latinos en Estados Unidos. Si se incluyera la población residente en la Isla, los puertorriqueños serían cerca del 19% de la población de origen hispano.


-Los primeros asentamientos: de la década de 1860 a 1898


Desde las primeras décadas del siglo XIX, España le había permitido a Puerto Rico entablar lazos comerciales con la nación estadounidense y estas relaciones se intensificaron durante el transcurso del siglo. Estados Unidos se convirtió en un importante mercado para la producción azucarera isleña y, a su vez, en suplidor de numerosos productos para consumo local. A diferencia de la mayoría de las colonias españolas en las Américas, las cuales para mediados de la década de 1820 se habían convertido en naciones independientes, Puerto Rico y Cuba nunca lograron liberarse del coloniaje español. Las autoridades coloniales españolas mantenían un ambiente de represión política en las dos Antillas, el cual limitaba la libertad de expresión y otros derechos civiles. Esta situación llevó al destierro a muchos patriotas antillanos de tendencias reformistas o separatistas, quienes se refugiaron en varias ciudades europeas y estadounidenses. Félix Ojeda-Reyes ha llamado “peregrinos de la libertad? a los patriotas puertorriqueños desterrados durante este período. Por otro lado, comerciantes, profesionales, estudiantes y otras figuras del ámbito intelectual y político también viajaron con frecuencia a Estados Unidos. En aquella época, gran parte de la élite criolla puertorriqueña veía a Estados Unidos como el máximo representante de los valores democráticos, el progreso, y la modernidad.

A los primeros asentamientos de puertorriqueños, cubanos, españoles y otros latinos en ciudades estadounidenses durante el siglo XIX se les llamó colonias. Durante estos años la presencia antillana prevaleció en Nueva York, Filadelfia, Nueva Orleáns, Tampa y Cayo Hueso. La trayectoria política de Puerto Rico y Cuba empezó a tomar un nuevo rumbo en 1868 cuando estallaron las insurrecciones del Grito de Lares y el Grito de Yara. El ejército español derrotó rápidamente a la insurgencia puertorriqueña, mientras que para Cuba, éste fue el comienzo de su primera guerra de independencia (1868-1878). Estos sucesos y condiciones políticas contribuyeron a la formación de un exilio antillano y al desarrollo del nacionalismo cubano y puertorriqueño fuera de las islas, especialmente en Estados Unidos.

Los revolucionarios puertorriqueños y cubanos establecieron organizaciones en el exilio para mantener viva la lucha por la liberación de las islas. Una de las primeras fue la Sociedad Republicana de Cuba y Puerto Rico, fundada en Nueva York en 1865, en la que se destacó el médico abolicionista y separatista puertorriqueño, José Francisco Basora. éste también participó en la fundación del periódico separatista La Voz de América (1865-1867). Basora era amigo y correligionario de Ramón Emeterio Betances (1827-1898), la figura más destacada del separatismo puertorriqueño durante esos años, y del también abolicionista y revolucionario Segundo Ruiz Belvis. Betances y Ruiz Belvis se vieron obligados a huir de Puerto Rico en 1867 y viajaron a Santo Domingo, y luego a Nueva York, donde junto a Basora fundaron el Comité Revolucionario de Puerto Rico. Otro distinguido puertorriqueño que llegó a Nueva York en 1869 para colaborar con la causa separatista fue Eugenio María de Hostos (1839-1903). Al poco tiempo de su llegada, Hostos fue nombrado editor del periódico neoyorquino La Revolución (1869-1876) y empezó a difundir en ese vocero sus ideas sobre una futura federación antillana de naciones libres, que incluyera a Cuba, Puerto Rico y la República Dominicana. Esta idea fue también compartida por Betances, quien desde su exilio en París pronunció su famosa proclama “Las Antillas para los antillanos?, un grito de alerta a los separatistas del peligro de una intervención de Estados Unidos en la lucha contra España y la posible anexión de las islas por parte de esta nación.

Una de las industrias que representó una fuente importante de trabajo para los emigrantes cubanos y puertorriqueños durante estos años fue la del tabaco. Numerosas fábricas y talleres de tabaco se establecieron en Estados Unidos, especialmente en Cayo Hueso, Ybor City, Tampa y Nueva York desde mediados del siglo XIX. Los tabaqueros eran una clase obrera artesanal ilustrada ya que éstos empleaban lectores en las fábricas, quienes leían a los trabajadores las noticias del día, además de obras clásicas del pensamiento social y político, y de la literatura mundial. Los tabaqueros luego entablaban animadas discusiones sobre los temas de sus lecturas.

El activismo político de los separatistas antillanos, tanto de la clase propietaria y profesional criolla como de la clase obrera artesanal, se aceleró en la década de 1880 con la llegada del patriota cubano José Martí a la ciudad de Nueva York. Durante las próximas décadas varios puertorriqueños confluyeron en Nueva York y colaboraron en el movimiento separatista. Entre los más destacados se encuentran Sotero Figueroa (1851-1923) y su esposa Inocencia Martínez de Figueroa (1866-1957), Francisco Gonzalo “Pachín? Marín (1863-1897), Lola Rodríguez de Tió (1843-1924) y su esposo el periodista Aurelio Tió, y Arturo Alfonso Schomburg (1874-1938). Figueroa, Marín y Schomburg eran miembros de la clase artesanal. Los dos primeros se habían destacado como tipógrafos y periodistas antes de marcharse al exilio. Marín, quien también era poeta, fue perseguido por las autoridades españolas por la publicación del periódico liberal El postillón, el cual tuvo una segunda vida en Nueva York como periódico separatista. Schomburg había trabajado como aprendiz en uno de los talleres tipográficos en Puerto Rico y contaba con muchos amigos entre los artesanos, quienes facilitaron su traslado a Nueva York. La escritora Rodríguez de Tió y su esposo, ambos miembros de la clase propietaria e intelectual criolla, enfrentaron varios exilios, pasando la mayoría de sus años de destierro en Cuba, con estadías en Nueva York en 1892 y desde 1895 hasta 1898.

Las actividades de los “peregrinos de la libertad? lejos de su patria fueron sumamente importantes en el desarrollo del nacionalismo puertorriqueño, en lugares donde esta ideología no estaba sujeta al despotismo que las autoridades españolas mantenían en la Isla. En Nueva York, Sotero Figueroa estableció la Imprenta América que publicó el periódico revolucionario Patria (1892-c.1898), fundado por Martí. Figueroa se convirtió en administrador del periódico y fue autor de muchos de sus editoriales, además de varios ensayos sobre la lucha de los puertorriqueños por su independencia. Junto a Pachín Marín y otros, Figueroa fue fundador del grupo separatista Club Borinquen en 1892 y de la Sección de Puerto Rico del Partido Revolucionario Cubano en 1895. Schomburg sirvió por varios años como secretario de otra organización separatista, el Club Dos Antillas. Años más tarde, Schomburg se dedicó a recopilar documentos sobre la historia de las poblaciones de origen africano en diversas partes del mundo, y creó una colección muy valiosa que fue adquirida por la Biblioteca de la ciudad de Nueva York.

Desde el exilio, los poemas revolucionarios de Rodríguez de Tió sirvieron de inspiración a la causa separatista. Sus memorables versos “Cuba y Puerto Rico son/ de un pájaro las dos alas/ reciben flores o balas/ sobre el mismo corazón? reforzaron la idea de la unidad antillana en la lucha por la libertad. Junto a Inocencia Martínez de Figueroa y Aurora Fonts, esposa del destacado general puertorriqueño y veterano de las dos guerras de independencia cubana, Juan Rius Rivera (1848-1924), Rodríguez de Tió fue cofundadora en Nueva York del Club Mercedes Varona y el Club Hermanas de Rius Rivera. Estas organizaciones se dedicaron a recaudar fondos y a enviar ropa y medicamentos a los combatientes en la manigua cubana durante la segunda guerra de independencia iniciada en 1895. Concluye esta guerra con la invasión de Cuba y Puerto Rico en 1898.


-La invasión estadounidense, crecimiento de comunidades de la diáspora


La invasión estadounidense a la Isla y la nueva condición legal de territorio no incorporado adjudicado a Puerto Rico bajo la Ley Foraker desempeñaron un papel muy importante en el aumento de la migración puertorriqueña a la nueva metrópoli. Desde comienzos del nuevo régimen colonial, los gobernadores estadounidenses enviados a la Isla promovieron la emigración de trabajadores agrícolas puertorriqueños para aliviar la pobreza que afligía a la mayoría de la población. Los efectos del huracán San Ciriaco que azotó a la Isla en 1899 agravaron las pésimas condiciones sociales y económicas. El uso de la migración como “válvula de escape? para lidiar con los problemas de pobreza de los isleños se convirtió en una práctica gubernamental muy común en décadas posteriores.

El régimen estadounidense en Puerto Rico fomentó el reclutamiento de trabajadores puertorriqueños, quienes eran contratados y trasladados en barcos de vapor a diversas ciudades de Estados Unidos para trabajar principalmente en industrias agrícolas y manufactureras. Esta fue una manera eficaz de proveer una fuente de mano de obra barata para la economía de Estados Unidos, que durante esos años se encontraba en proceso de expansión. Tanto hombres como mujeres fueron reclutados para laborar en diversas industrias estadounidenses. Obreros puertorriqueños también fueron contratados para trabajar con compañías azucareras estadounidenses con intereses en Cuba y la República Dominicana durante estas primeras décadas del régimen norteamericano. Otro factor que contribuyó grandemente a la migración fue el deterioro de la economía cafetalera isleña, que poco después de la ocupación fue reemplazada por una economía de centrales azucareras controladas por capital absentista estadounidense. La disminución en la producción de las haciendas azucareras y cafetaleras locales causó serias alzas en el desempleo del campesinado puertorriqueño, y forzó a muchos hacendados criollos a la quiebra o a vender sus terrenos. Muchos de estos terrenos fueron adquiridos por corporaciones estadounidenses.

Una de las primeras migraciones coordinadas y auspiciadas por el gobierno colonial fue la de trabajadores agrícolas enviados a las plantaciones de caña en las islas del Hawaii. En 1900-1901, un grupo de 114 puertorriqueños, muchos acompañados de sus familias, fueron transportados en barco hasta el puerto de Nueva Orleáns y de ahí viajarían en tren hasta San Francisco, donde tomarían otro barco hacia las islas hawaianas. Muchos puertorriqueños huyéndole al largo viaje decidieron quedarse en Nueva Orleáns o San Francisco, y crearon pequeñas colonias en estas ciudades a principios del siglo XX. El Club Puertorriqueño de San Francisco, fundado en 1912, es una de las pocas indicaciones de la presencia puertorriqueña en esa ciudad durante esos años. Las migraciones a Hawaii duraron poco más de un año e incluyeron a más de 5,000 personas, aunque dos décadas más tarde se continuó por un breve periodo la práctica de llevar trabajadores a esas islas. Hoy día la población de ascendencia puertorriqueña en Hawaii es de alrededor 30,000 habitantes de acuerdo con el censo del 2000. Varias organizaciones se han creado en Hawaii en décadas recientes para documentar y destacar la presencia puertorriqueña en esas islas.

La Ley Jones de 1917, con la cual el Congreso decretó la ciudadanía americana para los puertorriqueños, tuvo un impacto notable en el aumento de la emigración a Estados Unidos. La gran mayoría de los emigrantes de la Isla durante estos años se estableció en Nueva York en las áreas del astillero naval de Brooklyn y Chelsea en el bajo Manhattan, además del este de Harlem que pasó a conocerse con el nombre de El Barrio o el Harlem Hispano. Esta época de desarrollo de la comunidad neoyorquina ha sido documentada en las Memorias de Bernardo Vega (1977), obra de publicación póstuma escrita por un tabaquero puertorriqueño de Cayey que emigró a Nueva York en 1916. Vega también fue editor del periódico obrero Gráfico (1926-1931), otra valiosa fuente de información sobre las condiciones que enfrentaban los migrantes puertorriqueños durante esos años. Otro puertorriqueño de Cayey, Jesús Colón, quien emigró a Nueva York en 1918, también dejó constancia de sus experiencias como migrante de la clase obrera en numerosos artículos publicados en Gráfico y otros periódicos comunitarios. Colón además publicó el libro A Puerto Rican in New York and Other Sketches (1961). En éste recoge numerosas anécdotas sobre sus experiencias como puertorriqueño negro de origen humilde, tratando de sobrevivir en una sociedad azotada por el racismo y la segregación. De publicación más reciente son las memorias de Joaquín Colón (1889-1964), hermano de Jesús. Su libro Pioneros puertorriqueños en Nueva York, 1919-1947 (2002), también de publicación póstuma, corrobora el sentido de solidaridad y lucha que compartían los emigrantes puertorriqueños. Provee además valiosa información sobre las diferentes organizaciones de base que se crearon para defender los derechos civiles y abogar por mejores condiciones sociales, económicas y educativas para la comunidad puertorriqueña e hispana.

En 1917, la compra de las Islas Vírgenes a Dinamarca por parte de Estados Unidos facilitó la emigración puertorriqueña a la isla vecina de Santa Cruz (St. Croix) para trabajar en fincas agrícolas y ganaderas. Esta migración aumentó en décadas posteriores cuando se desarrolló un patrón migratorio entre la isla de Vieques y Santa Cruz. El mayor éxodo ocurrió a principios de la década de 1940 cuando Estados Unidos expropió casi dos terceras partes de la Isla Nena para establecer una base naval de entrenamiento. Más de un diez por ciento de la población total de la isla vecina de Santa Cruz es de origen puertorriqueño.



-La Gran Migración: las décadas de 1940 y1950


Mientras la sociedad puertorriqueña se transformaba y modernizaba a mediados del siglo XX a consecuencia del programa de industrialización conocido como Operación Manos a la Obra, la decadencia de la economía agrícola fue el comienzo de un patrón de emigración masiva a Estados Unidos que continúa hasta nuestros días. Las nuevas industrias establecidas en Puerto Rico por inversionistas estadounidenses no fueron suficientes para satisfacer las necesidades de empleo causadas por el rápido deterioro del sector agrícola. Se argumentaba, además, que Puerto Rico era una isla sobrepoblada y de pocos recursos naturales. Estos factores contribuyeron a que el gobierno insular fomentase la emigración de manera extraoficial como una estrategia para reducir el desempleo y la pobreza. A su vez, la migración de trabajadores boricuas aumentó la mano de obra barata disponible para el sector manufacturero y de servicios en Estados Unidos.

La llamada Gran Migración que se desató durante la Segunda Guerra Mundial tuvo su mayor impacto en la ciudad de Nueva York, pero también habría un notable aumento de puertorriqueños en Chicago, Filadelfia, Newark y otras áreas de Nueva Jersey, y del noreste de Estados Unidos. Para ayudar a los migrantes en su proceso de transición y adaptación a la sociedad norteamericana, el gobierno de Puerto Rico creó la División de Migración, con oficinas en Nueva York y otras ciudades de alta concentración puertorriqueña. La División de Migración ofrecía información sobre empleos, vivienda y servicios sociales. La migración fue también facilitada por el transporte aéreo, especialmente después que se introdujeron los aviones de propulsión a chorro en la década de 1960, los cuales acortaron de manera considerable las horas de viaje a Estados Unidos. El gobierno de Puerto Rico negoció con las líneas aéreas norteamericanas tarifas a bajo costo para estimular a los puertorriqueños a emigrar a Estados Unidos. Este puente aéreo entre la Isla y la metrópoli ha facilitado el movimiento continuo de puertorriqueños así como el mantenimiento de lazos estrechos con su país de origen.

Las condiciones socioeconómicas de la diáspora puertorriqueña no fueron muy favorables durante la mayor parte del siglo XX. En Estados Unidos, la comunidad puertorriqueña se enfrentó a altos niveles de pobreza, desempleo y subempleo, bajos niveles educativos, altas tasas de deserción escolar, pésimas condiciones de vivienda, aumento en el número de mujeres a cargo de familias de bajos ingresos, y un panorama general de oportunidades limitadas debido en gran parte a los prejuicios raciales y étnicos prevalecientes en la sociedad . Otro factor que contribuyó a los altos niveles de pobreza fue el deterioro de la manufactura en la ciudad de Nueva York durante la década de 1970. Este sector era una fuente de empleo muy importante para los puertorriqueños, especialmente para las mujeres que laboraban en la industria de la confección. Debido a la reducción masiva del empleo en una gran diversidad de fábricas, los puertorriqueños empezaron a mudarse de Nueva York a otros estados y regiones de Estados Unidos.




-Nuevos patrones migratorios


Una creciente dispersión geográfica distingue la migración puertorriqueña desde la década de 1970 hasta el presente. Por muchos años Nueva York fue el principal destino para los puertorriqueños, pero la proporción de su población en este estado ha disminuido de manera considerable desde entonces. La crisis económica de la ciudad de Nueva York a mediados de 1970 fue un factor muy importante en la decisión de muchos puertorriqueños de trasladarse a otros estados y ciudades, y también causó un aumento en la migración de retorno a la Isla durante durante esos años. Al mismo tiempo el aumento poblacional en los estados de Florida, Connecticut y Massachussets, y la proporción de puertorriqueños en ciertas ciudades en los estados mencionados, ha sido muy evidente. Aunque los puertorriqueños todavía representan la mayoría entre los grupos latinos que residen en la ciudad de Nueva York, solamente una cuarta parte de la población puertorriqueña en Estados Unidos residía en esa ciudad en el año 2000. Otras ciudades han tenido un aumento sorprendente en su concentración poblacional puertorriqueña. Por ejemplo, un 30% de la población de la ciudad de Hartford, Connecticut es de origen puertorriqueño y en ciudades como Orlando y Kissimmee en la Florida el aumento poblacional también ha sido notable desde la década de 1990. Cerca de un 25% de la población de Kissimmee es ahora de origen puertorriqueño. Entre 1990 y el 2000, diez estados tuvieron un aumento notable en la población de origen puertorriqueño. Entre ellos se encuentran Florida, Pennsylvania, Nueva Jersey, Connecticut, Massachussets, Texas, Ohio, Georgia, Virginia, y Carolina del Norte.

Otro aspecto importante de los patrones migratorios entre los puertorriqueños es el continuo flujo de migración de retorno a la Isla y la migración circular o de “puerta giratoria? que mantiene un constante “ir y venir? entre la Isla y Estados Unidos. Las referencias a una “guagua aérea?, metáfora del escritor puertorriqueño Luis Rafael Sánchez, o la noción de una “nación viajera? (a commuter nation), se utilizan con frecuencia para caracterizar la migración puertorriqueña a la metrópoli norteamericana. La existencia de estos patrones migratorios le brinda continuidad y fortalece la presencia de una primera generación de migrantes puertorriqueños que convive con las diversas generaciones de puertorriqueños nacidos o criados en Estados Unidos.

Los puertorriqueños enfrentaron sus propias luchas durante el movimiento de derechos civiles que se desenvolvió en la sociedad estadounidense durante las décadas de 1960 y 1970. Varias organizaciones se distinguieron en estas luchas. Entre ellas, se encuentran ASPIRA, fundada en 1961 por la líder comunitaria Antonia Pantoja, y el Puerto Rican Legal Defense and Education Fund (PRLDEF). Esta última organización, fundada en 1972, fue responsable de llevar a las cortes varios casos legales para mejorar las condiciones de vida de los puertorriqueños en Estados Unidos. Ambas organizaciones ganaron el caso que forzó a la Junta Escolar de la Ciudad de Nueva York a ofrecer programas de enseñanza bilingüe para los hijos de migrantes. Otras organizaciones más politizadas y radicales como los Young Lords obligaron a los gobiernos municipales de Chicago, Nueva York y Filadelfia a prestar mayor atención a la sanidad pública de las comunidades, a los problemas de vivienda, y a mejorar sus servicios de salud. La organización de los Young Lords se inició en Chicago en 1969 cuando un grupo de jóvenes puertorriqueños que pertenecían a una ganga fue estimulado por miembros del grupo afroamericano, las Panteras Negras, a participar en las luchas para mejorar las condiciones de sus comunidades. El capítulo de Nueva York fue el más activo y también participó en las campañas en favor de la independencia de Puerto Rico y la liberación de los presos políticos puertorriqueños, en su mayoría nacionalistas encarcelados en prisiones federales desde la década de 1950. También lucharon contra el servicio militar obligatorio y la Guerra de Vietnam.

Las condiciones socioeconómicas han mejorado desde la decada de 1990 y hay claras indicaciones del crecimiento de una clase media entre los puertorriqueños de la diaspora. La mayoría de los puertorriqueños ahora trabaja en los sectores de servicio, transporte y ventas al por menor, además de ejercer ocupaciones profesionales. El mejoramiento de las condiciones socioeconómicas y educativas de la diáspora se debe en parte al activismo de los puertorriqueños en defensa de sus derechos y en la promoción del cambio social. Desde el principio de su llegada a Estados Unidos, éstos empezaron a crear sus propias organizaciones comunitarias para adelantar sus intereses y lograr mayor igualdad de oportunidades socioeconómicas y educativas. También se crearon numerosas organizaciones para fomentar la cultura, las relaciones sociales y la recreación.





-La identidad y la vida cultural y política de la diáspora


Según el censo del 2000, el 58% de todos los puertorriqueños de la diáspora nacieron en Estados Unidos. Esta cifra indica que varias generaciones de puertorriqueños conviven con los migrantes recién llegados de Puerto Rico. Las generaciones de puertorriqueños nacidas y criadas en Estados Unidos han encontrado diversas maneras de definir y afirmar su identidad puertorriqueña. Este sentido de identidad está basado en sus experiencias de clase obrera marginada y de minoría étnica que ha tenido que enfrentarse a unas condiciones socioeconómicas desventajosas y al discrimen racial. Aunque prevalece un fuerte sentido de nacionalidad puertorriqueña entre los miembros de la diáspora, a menudo éstos también se identifican como “Nuyoricans,? “Neo-Ricans,? “Diasporicans,? o simplemente boricuas o puertorriqueños. Estas tendencias se manifiestan en la producción artística y literaria de la diáspora. La convivencia del inglés con el español, junto a la mezcla de lo puertorriqueño/latino y lo anglosajón, han creado un nuevo espacio de hibridez cultural y lingüística, y nuevas manifestaciones de lo que significa ser puertorriqueño, no necesariamente idénticas a las de los puertorriqueños de la Isla.

Numerosos escritores de la diáspora han recreado las experiencias migratorias de sus respectivas familias y los choques culturales entre las diferentes generaciones y con la sociedad isleña. Ya existe una abundante literatura escrita por puertorriqueños nacidos o criados en Estados Unidos. Estos autores escriben principalmente (aunque no exclusivamente) en inglés. La mayoría de sus obras fueron originalmente publicadas en inglés, pero algunas ya han sido traducidas al español. Entre las más destacadas se encuentran las novelas autobiográficas Down These Mean Streets (1967) (Por estas calles bravas, 2001) de Piri Thomas, Nilda (1972) de Nicholasa Mohr, The Line of the Sun (1989) (La línea del sol, 1996) de Judith Ortiz Cofer, y When I Was Puerto Rican (1993) (Cuando era puertorriqueña, 1994) de Esmeralda Santiago.

En 1973, un grupo de poetas puertorriqueños de Nueva York fundó el Nuyorican Poets Café para promover el encuentro literario de dos mundos culturales y lingüísticos, y sus experiencias en las calles “bravas? de los barrios urbanos. Miguel Algarín, Pedro Pietri, Miguel Piñero, Tato Laviera y Sandra María Esteves se encuentran entre las voces más destacadas. Además del grupo nuyorriqueño, otros poetas fuera de Nueva York también han sido reconocidos posteriormente por la crítica literaria. Entre los más prominentes se encuentran Martín Espada, Aurora Levins Morales, Víctor Hernández Cruz y Luz María Umpierre.

La vida en los barrios y la problemática de la identidad también han influido en la música, las artes plásticas y el teatro. Ritmos musicales como la salsa, el rap, el hip hop y el reggaetón expresan muchas de las condiciones sociales enfrentadas por los puertorriqueños de la diáspora y la hibridez cultural que prevalece en su ambiente. El Museo del Barrio fue fundado en 1969 en Nueva York por artistas, educadores y líderes comunitarios puertorriqueños. Muchos ejemplos de “arte público? (tales como murales y esculturas) adornan las comunidades puertorriqueñas en Nueva York, Chicago, Filadelfia y otras ciudades. El Paseo Boricua en Chicago es la sede de una escultura arquitectónica de acero de dos monumentales banderas puertorriqueñas desplegadas a manera de cruzacalles. Grupos como el Puerto Rican Traveling Theater (El Teatro Rodante Puertorriqueño), iniciado en Nueva York por la actriz puertorriqueña Miriam Colón en 1967, y el Teatro Pregones, fundado en 1979 por Rosalba Rolón, su actual directora, y otros artistas, han jugado un papel muy importante en fomentar las obras de escritores y el trabajo de actores dramáticos y músicos puertorriqueños y de otros grupos latinos.

Dentro del ámbito académico estadounidense, el surgimiento de programas de estudios puertorriqueños ha sido un factor importante en la enseñanza y las investigaciones sobre la diáspora puertorriqueña. La fundación del Puerto Rican Studies Association (PRSA; Asociación de Estudios Puertorriqueños) en 1992 ha creado un espacio para la discusión de nuevas investigaciones y para que profesionales que ejercen trabajo comunitario o que laboran en la formulación de políticas públicas compartan sus diversas experiencias con sus pares, con estudiantes, y con el público en general.

La participación electoral, el poder político de los puertorriqueños y el número de funcionarios elegidos para puestos en los gobiernos municipales y estatales en aquellos estados de mayor concentración puertorriqueña, han aumentado desde los años ochenta. En el 2005 la diáspora cuenta con tres representantes en el Congreso de Estados Unidos: José Serrano y Nydia Velázquez del estado de Nueva York, y Luis Gutiérrez del estado de Illinois. El alcalde de la ciudad de Hartford es el puertorriqueño Eddie Pérez y varios candidatos puertorriqueños se han postulado, hasta ahora sin éxito, para la alcaldía de la ciudad de Nueva York.

A menudo la nación estadounidense es descrita como “una nación de inmigrantes?. A través de su historia diversas nacionalidades han contribuido y continúan contribuyendo con su trabajo, esfuerzos y creatividad a la sociedad estadounidense. Por más de un siglo y medio la diáspora puertorriqueña ha participado en este proceso y creado su propio legado histórico y cultural dentro de Estados Unidos. Asimismo, se ha mantenido vinculada con la sociedad puertorriqueña, aportando notablemente a su desarrollo económico, político y cultural, y continua reafirmando su sentido de puertorriqueñidad dentro del contexto de la sociedad estadounidense.


Autor: Dra. Edna Acosta Bel
11 de septiembre de 2014.










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