Historia / Puerto Rico y el Caribe no hispánico en el siglo XVII
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La colonización hispánica en América desencadenó un sinnúmero de procesos históricos. Uno de ellos fue la lucha por el control de los mares, específicamente de las rutas de navegación y de las redes comerciales. La Corona de Castilla, amparada en las bulas papales emitidas por Alejandro VI en 1493, se proclamaba como la única soberana legítima sobre los territorios conocidos en esa época como las Indias. Entre esos dominios españoles se situaba Puerto Rico, cuya extensión territorial estuvo inmersa en un contexto caribeño en el cual las prácticas del contrabando, la piratería y el corso se convirtieron en prácticas muy comunes.

Durante el siglo XVII Puerto Rico fue una pieza clave en la conflictividad que se desarrolló en el Caribe. Acontecimientos y procesos como la Guerra de los Ochenta Años (1568-1648) y la Revolución inglesa (1640) tuvieron su impacto sobre la región caribeña y por ende sobre la isla. Con el transcurso de los años del siglo XVII la Corona española, dominada por los Habsburgo, tuvo que aceptar la realidad de que otras potencias retaban su hegemonía en las Indias. Desde distintos puntos de la región, zarparon expediciones que tenían como objetivo a Puerto Rico.

El comercio y navegación en Puerto Rico, así como en otras colonias hispanoamericanas, estaba regulado por la Casa de Contratación. Esta institución, fundada en 1503, se situaba en Sevilla y tenía como sus responsabilidades principales controlar el comercio trasatlántico y el flujo de pasajeros a las Indias. En ese sentido, bajo el código jurídico español en América las relaciones comerciales entre Puerto Rico y la Metrópoli eran supervisadas y restringidas por la Casa de Contratación. La reglamentación puesta en vigor por esta institución colonial, junto con la Real Hacienda, requería mecanismos específicos que protegieran los intereses de la Corona. El cobro de impuestos fue parte compulsoria de la comercialización legítima en colonias como Puerto Rico. Uno de los gravámenes que se les aplicaban a los productos que llegaban a la isla era el almojarifazgo, el cual se pagaba en la entrada y salida de un puerto. El uso de esos impuestos tuvo consecuencias encarecedoras sobre los productos importados. Por ello, desde el siglo XVI integrantes de diferentes estratos sociales recurrieron a la práctica del contrabando, con miras a zafarse de los altos precios que obligaban los controles de la Casa de Contratación.

El contrabando era toda transacción de intercambio comercial que estaba al margen de las disposiciones de la Casa de Contratación. Entre las distintas modalidades de comercio ilícito, se encontraba la burla de registros. Ello consistía en transportar en una embarcación mercancías o cargas adicionales a lo que se había anotado en el registro en la Casa de Contratación.

Además del contrabando que se practicaba dentro de la institucionalidad española, fue muy recurrente aquel que involucraba agentes comerciales de otras potencias europeas. Durante el siglo XVII, los holandeses fueron muy activos en el ámbito marítimo y comercial caribeño. La sublevación de las Siete Provincias Unidas ante la Corona de Habsburgo, conocida historiográficamente como la Guerra de los Ochenta Años, indujo a la conducción de múltiples expediciones marítimas hacia el Caribe. Cientos de embarcaciones neerlandesas incursionaron por las aguas de la región y burlaban el exclusivismo de navegación y comercio que se atribuía la Corona hispánica. Con la creación de la Compañía Holandesa de las Indias Occidentales en 1621, los holandeses iniciaron un periodo de agresividad comercial y bélica en las aguas caribeñas. Puerto Rico sintió los efectos de la rivalidad entre la Corona y los llamados históricamente rebeldes holandeses el 24 de septiembre de 1625. Ese día llegó a San Juan la flota comandada por el corsario Balduino Enrico, quien era comisionado por la Compañía Holandesa de las Indias Occidentales. Luego de su insistencia frustrada de lograr la rendición del baluarte militar por parte de Juan de Haro, gobernador de Puerto Rico para ese entonces, incendió la ciudad de San Juan.






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