Historia / Power y la Pepa: el impacto de la Constitución española de 1812 en Puerto Rico
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El 19 de marzo de 1812, en la que hasta 1898 fuese la metrópoli española, se suscitó un acontecimiento como pocos en la historia de este país y sus territorios ultramarinos americanos. España, cuya soberbia la hacía asequible, atravesaba una crisis política y social como muy pocas había atravesado en su historia, viéndose en la necesidad de alterar dramáticamente las relaciones entre el Imperio y sus hijas —las colonias americanas—, entre las cuales se encontraba una pequeña y olvidada isla caribeña: Puerto Rico.

Para la altura del siglo XIX, Europa atravesaba una etapa muy convulsa en su historia, todo debido a la “imponente” figura del corso-francés Napoleón Bonaparte, un hábil militar francés que llegaría a convertirse en 1799 en el máximo líder de esta nación y en el azote de todas las naciones europeas que se plantasen en su camino. Hijo de la gran Revolución francesa de 1789, Napoleón supo ascender en la milicia y política francesa hasta llegar a la más alta cúspide; fue capaz de controlar y tener bajo su mano buena parte del continente europeo y americano, además de obtener importantes posiciones en el norte de áfrica y el Medio Oriente. ¿Cómo es que este personaje consiguió allegarse semejantes poderes?, pues a la antigua usanza de invadir territorios e imponerse frente a cualquier adversario con un imponente ejército, reforzado por un importante número de mercenarios de distintas latitudes.

Entre los obstáculos que encontraba para concretizar sus planes hegemónicos estaba la España de los Borbones, una España grande, mucho más grande de lo que es hoy día, pero dirigida por un distraído rey y poco dado a la política: Carlos IV, apodado el Cazador, por su afición a la caza. Napoleón Bonaparte se valió de muchas intrigas, artimañas y estrategias para conseguir invadir el quersoneso ibérico con un contingente de 20,000 hombres; pretendía controlar la península y, de esta forma, afilar cañones hacía la siempre enemiga Gran Bretaña, además de pretender adquirir los amplios territorios americanos de la Corona española en manos de los Borbones y la Corona portuguesa en manos de los Braganza, o como diría un intelectual francés de la época para; porter la lumièa estos territorios. Y así consiguió hacerlo, al menos por un tiempo.

Los españoles se organizaron para frenar el empuje de las fuerzas napoleónicas sobre su territorio, y para impedir la consolidación del poder del intruso francés, organizaron una oposición tanto política como militar. En el aspecto militar quedo consolidado una guerra de guerrillas, o sea, milicias para combatir a los franceses y finalmente expulsarlos de su reino, en lo que pasaría a conocerse en la historia de esta nación como la Guerra de Independencia Española.

Por la parte política, los españoles, ante la ausencia de sus legítimos monarcas — Carlos IV y su hijo Fernando, mantenidos en cautiverio por Napoleón en Bayona Francia— organizaron las Juntas Provinciales, la cuales se adjudicaron la soberanía en nombre del rey ausente. Este organismo se reorganizó más adelante con el nombre de la Junta Suprema, otorgándoles coherencia a las actividades que finalmente terminarían con la expulsión de los franceses del territorio español en 1813, y que a la postre darían con la restauración de los Borbones, esta vez bajo la Corona de el Deseado”, más adelante Fernando VII de España. Pero esto no representaba para el nuevo autodeterminado “Emperador” una preocupación que motivara desvelos. Bastaba con hacerles frente a las milicias con su ejército que ya ocupaba el norte de España, a la vez que proclamaba a su hermano José Bonaparte, brevemente reconocido como José I (apodado “Pepe Botella”, por la viveza del pueblo español, debido a su apego al buen vino), nuevo rey de España y, por consiguiente, veedor de sus nuevos dominios europeos y americanos.






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