Proyectos FPH / Anticipando una Planificación Integral y Justa
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Lucilla Fuller Marvel, Humanista del Año 2010

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Buenas noches.


Agradecemos este gran honor que nos concede la Fundación Puertorriqueña de las Humanidades. Nunca pensé que recibiría un reconocimiento de esta envergadura, especialmente porque diariamente veo el trabajo y la contribución de tantas personas dedicadas a lograr un mejor Puerto Rico, y cuyas labores se fundamentan en principios humanísticos. Esta noche acepto el galardón con mucha humildad.

Gracias también por brindarme la oportunidad de hablar sobre la planificación, y la planificación para el futuro. Aunque he realizado muchos análisis sobre la planificación que se llevó a cabo durante el pasado siglo —especialmente de la época de oro de la planificación en Puerto Rico, durante las décadas de 1940, 1950 y 1960—, esta ceremonia de excepción me brinda la oportunidad de pensar en el siglo XXI y en las oportunidades que se avecinan para la profesión de la planificación para una planificación integral y justa.

Me refiero a la planificación como un ejercicio social, cuyo objetivo es atender las necesidades de la sociedad completa. Desde mi lente analítico, veo todo como un gran sistema, donde cada una de las partes está relacionada y no es posible separar a los seres humanos del sistema social, del sistema natural o del sistema económico. Tampoco es posible entender de forma aislada cómo opera el capital social, el natural y el económico. Es decir, todos estos elementos forman un conjunto y entender cómo se relacionan es uno de los objetivos principales de la planificación.

Por ende, la teoría de la planificación está muy relacionada con la teoría de sistemas. A partir de esta última nace el carácter integrante de la planificación que practico. Como todo está relacionado, estamos obligados a planificar dentro de un modelo holístico. Si no es así, la planificación resultaría un ejercicio parcial, prejuiciado, volcado hacia lo económico, o hacia lo físico, o hacia lo social. Como estudiantes de la disciplina, nos adiestran a concentrar en áreas particulares. Con el paso del tiempo, algunos desarrollamos más experiencia en la dimensión social, o en lo económico, o en la dimensión físico-espacial. Sin embargo, un buen planificador tiene que concebir y ejercer su labor tomando en cuenta ese gran “todo”. No obstante, este enfoque nos presenta un dilema importante: si todo está conectado y todo es relevante, ¿por dónde comenzar a planificar? Hoy en día, el panorama global nos advierte que el sistema natural o medioambiental es el punto de partida. Tenemos que entender y planificar reconociendo a los otros sistemas como complementarios o subsidiarios del universo natural para, entre otras cosas, asegurar la sostenibilidad del planeta.

Quisiera subrayar la importancia de la integración, y contrastarla con la separación y la especialización. Una tendencia en este mundo cada vez más complejo, es la de atomizar todo, como si se tratase de un gran rompecabezas. Creo que la intención es lograr piezas manejables, pero sin embargo, el resultado es que nos encontramos cada vez más en un mundo de especialistas que analizan preguntas y producen soluciones muy específicas. Esta condición me resulta muy problemática, pues partir desde lo particular, provoca que cualquier esfuerzo se mueva en una dirección opuesta a las soluciones y planes integrales. Pensando en la tendencia a la separación en lugar de la integración, recordé un libro muy influyente hace 50 años, titulado Las dos culturas y la revolución científica de C.P. Snow. En el texto, Snow señaló el peligro de separar las ciencias de las humanidades en la búsqueda de soluciones a los problemas mundiales de envergadura. A pesar de su advertencia, todavía somos víctimas de esa separación al debatir problemas medulares, tales como: el cambio climático y la redistribución de los recursos naturales y económicos. El resultado principal de dicha fragmentación es que carecemos de un entendimiento o un idioma común. Si en vez de atomizar, aplicásemos la teoría de sistemas, buscaríamos integrar los diferentes conocimientos para así poder identificar soluciones aptas para el colectivo. Ese es el trabajo del planificador y la planificadora: la búsqueda de síntesis.

Cuando hablo de la planificación hablo de un proceso y una guía para tomar decisiones que desemboquen en un cambio. Es un proceso que se lleva a cabo para alcanzar una visión y un futuro con unos fines definidos y deseados. Y hago hincapié sobre la planificación participativa donde las personas —a cualquiera escala— están involucradas en el proceso desde su inicio. El éxito y los resultados de un buen proceso de planificación dependen, en gran medida, de la participación y de que se contemple dicha participación desde el inicio, no durante o después de que el proceso se termine. ¿Por qué? Pues porque la planificación participativa promueve la comunicación entre los implicados o componentes de una comunidad y fomenta la confianza entre ellos y con el proceso. Además fortalece los sentimientos de autogestión y apoderamiento. El enfoque participativo supone una planificación desde la base, desde la gente, de abajo hacia arriba, a diferencia del enfoque tradicional en Puerto Rico durante el siglo XX, que se caracterizó por ser desde arriba hacia abajo. Afortunadamente, en el siglo XXI se vislumbra una tendencia hacia la planificación participativa.

Desde mi perspectiva, la planificación es una actividad humanística porque busca cómo mejorar la calidad de vida de los seres humanos. Todas las decisiones en un ejercicio de planificación, no importa en qué campo o a cuál escala, tienen un impacto sobre los individuos y el colectivo. Por ende, la planificación debe estar enmarcada dentro de un sistema de valores humanísticos como la justicia, el respeto, la libertad, la solidaridad y la comprensión.






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