Proyectos FPH / Power contra Meléndez Bruna: la lucha por la España de todos
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María de los Ángeles Castro Arroyo y Gervasio Luis García, Humanistas del Año 2011

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Todavía fresco el bicentenario de la Constitución aprobada por las Cortes españolas en 1812 y cercano el de la muerte de Ramón Power y Giralt en junio de 1813, decidimos aprovechar este generoso y muy inmerecido reconocimiento para repensar y celebrar la labor del diputado puertorriqueño y primer vicepresidente del alto cuerpo legislativo español de la era moderna. Power es un personaje perseguido tenaz y amorosamente por María de los ángeles por más de una década y en su relato lo verán más robusto y más grande del que conocemos. Para no apabullarlos con sendas conferencias, acordamos una conversación a dos voces con ustedes.

A mí me toca el preámbulo y el final, el telón de fondo español y americano que nos ayuda a medir sus extraordinarios combates en tierra hostil. Recordemos que Power estuvo en el vórtice de dos guerras de independencia: la de España contra los franceses y la de los americanos contra España.

Vaya por delante nuestra convicción de que la Constitución de 1812 no se entiende sin las luchas de independencia y estas sin la incapacidad de las Cortes para incorporar las demandas democráticas de los insurrectos y los descontentos de América. Desde la minoría, Power fue una de las voces más firmes, más solidarias y más inteligentes, acicateado por la certeza de que se perdía la oportunidad única de frustrar la quiebra de la España americana y la creación de otra nación española.

Es significativo que Rafael Rojas en su reciente libro Las repúblicas de aire. Utopía y desencanto en la revolución de Hispanoamérica [2009], receptor del Premio Internacional de ensayo Isabel Polanco, alude a toda prisa a las Cortes de 1812 y las ignora en su análisis del origen caótico de las primeras repúblicas de América.[1] De esta manera desaprovecha la oportunidad de integrar metrópoli y colonia como cuerpo único frente al invasor francés. Por lo tanto, cargar las causas del desastre en América sobre Bolívar y otros libertadores “frustrados” y “melancólicos”, es olvidar el lastre de España, es mirar con nostalgia el pasado español.

La España que le tocó vivir a Power –que también era la matriz de las colonias rebeldes- no era el modelo de la nación deseable. Su historia política del siglo 19 fue descrita por Pierre Vilar como “pintoresca o fastidiosa”, un “eslabonamiento de intrigas, comedias y drama”. [2] Manuel Tuñón de Lara es más severo pues concluye que desde Carlos IV hasta 1868, los gobernantes ponen “las aventuras del corazón a la cabeza del estado español”.[3]

Tres años después del hundimiento de la flota española en la batalla de Trafalgar (1805), España sufre la invasión napoleónica. Carlos IV y Fernando VII, aduladores y obsequiosos con los franceses, ceden el trono a cambio de una residencia y una renta.[4] Pero el pueblo se rebela e inicia una guerra que también será una revolución contra el sector más corrupto de la monarquía española.

De esa lucha entre la nación patriota y la francesa nacen las Cortes de Cádiz y la Constitución de 1812, la carta de entrada de España a la modernidad. El país deja de ser una monarquía absoluta de derecho divino y se torna en una monarquía moderada hereditaria pero constitucional. La guerra de liberación española termina en 1813 con la ayuda decisiva del ejército inglés al mando de Sir Arthur Wellesley.

En medio del asedio y la metralla franceses, las Cortes fueron un gran salto cualitativo sobre la retrógrada monarquía multisecular. Pero también, en su afán de conciliar la pesada carga del pasado con el prometedor futuro incierto, hizo graves concesiones: declaró exclusiva, verdadera y oficial a la religión católica y negó el derecho al voto a los oriundos de áfrica y a las castas, despojando del sufragio al grueso de la gente de la Península y de América.[5]

Fernando VII regresa de Francia en 1814 y en vista de que el tratado con Napoleón (Valençay, 11 de diciembre de 1813) le devuelve la condición de rey, suprime los logros más salientes de las Cortes: anula la libertad de imprenta y restaura la Inquisición: “el país había ingresado en una dictadura militar, férrea y sangrienta, basada en la exaltación de monarquía y religión”.[6]

De esa manera, con el apoyo de la Iglesia y de la aristocracia terrateniente latifundista –intocada por las leyes de Cádiz- persiguió y encarceló a los liberales. En 1820 el país intentó zafarse de ese implacable régimen con el pronunciamiento militar progresista del comandante Riego que restauró la Constitución de 1812.[7] Pero la invasión de los cien mil hijos de San Luis enviados por Francia con la bendición de la Santa Alianza, instaura otra vez el horror de Fernando VII en 1823. Entre sus atrocidades destacó la suspensión de todos los periódicos, el cierre de todas las universidades y la apertura de una escuela de tauromaquia, mientras en América remachaban el vínculo colonial a cañonazo limpio.[8] En 1833, un mes después de la muerte del rey ingrato, comenzaron las guerras carlistas, una guerra civil cuyo primer episodio duró siete sangrientos años.



[1] Rafael Rojas, Las repúblicas de aire. Utopía y desencanto en la revolución de Hispanoamérica. México, Taurus, 2009.

[2] Pierre Vilar, Histoire d’Espagne. Paris, Prese Universitaire de France, 1968 p.53.

[3] Dominique Aubier y Manuel Tuñón, Espagne. Paris, Edition du Seuil, 1967, p. 64 y ss.

[4] Ibid.

[5] Ibid., 279.

[6] Emiliano Fernández de Pineda et al, Centralismo, Ilustración y agonía del antiguo régimen (1715-1833). Barcelona, 1982, p.284.

[7] Teniente coronel Rafael de Riego, 1 de enero de 1820 en Cabezas de San Juan, localidad de Sevilla.

[8] Aubrier y Tuñón, Espagne…, p. 68; Miguel Artola, Partidos y programas políticos 1808-1936. Madrid, Aguilar, 1974, 2 vols., I, p. 135.






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