Proyectos FPH / Mi ruta hacia las humanidades
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Gonzalo F. Córdova, Humanista del Año 2012

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Muy buenas noches Sr. Rafael Martínez Margarida, presidente de la junta de síndicos, señores miembros de la junta, Sr. Juan Manuel González Lamela, director ejecutivo de la Fundación Puertorriqueña de las Humanidades, Sr. Luis Agrait, director del departamento de Historia, Universidad de Puerto Rico, recinto de Rio Piedras, amigos todos.

Jamás pensé que se me concediera este reconocimiento cultural, que fue otorgado por primera vez en 1979 a Concha Meléndez y posteriormente a diez colegas del departamento de Historia de la Universidad de Puerto Rico, por lo cual estoy inmensamente agradecido.

Uno de los catedráticos de historia en mis días entre los pinos y las nieves en St. Francis College opinaba que “un cambio de geografía no cambiaba los males del alma”. Considero que en parte tenía razón, pero lo que no podemos dudar es que el ambiente geográfico, dependiendo de la sensibilidad de la persona, influye grandemente en la formación del ser humano al igual que las personas que nos son cercanas.

Aunque nací en la Clínica Dr. Pila en Ponce fui bautizado e hice la primera comunión en la parroquia de San Blas y de la Candelaria en Coamo el mismo lugar donde mis padres contrajeron matrimonio. Por lo tanto me considero coameño. El origen de Coamo se remonta al 1579 y fue denominado villa en el 1778. La elegante iglesia se terminó de construir para el 1784. Cuenta con un campanario de cinco campanas y un gran altar de madera de estilo clásico, de autor desconocido, pintado imitando mármol. Desde el siglo XIX hasta la década de 1920, una parte de los bancos pertenecían a algunas familias del pueblo y eran para su uso particular.

De niño me llevaban a misa donde acostumbraba sentarme en las escaleritas que llevan de la sacristía al altar mayor con su pintura del Cristo de los olivos de Juan Ríos Rey. Desde allí observaba los ritos. También llamaba mi atención otro altar que, en vez de tener imágenes talladas, exhibía una pintura cuya figura principal era una señora rubia que dormía, algo tensa, rodeada de llamas humeantes. Era el altar de las ánimas del purgatorio. Cuando aprendí a leer vi que había sido donado por doña Dolores Santiago, hija del acaudalado Clotilde Santiago, y había sido pintado por un tal Francisco Oller. No tenía idea entonces de quién era ese pintor pero me llamaba la atención ese lienzo encargado por doña Lola.

La iglesia contaba con un órgano y un coro en el cual cantaba una soprano cuya voz se escuchaba por toda la iglesia sin amplificación alguna. En el coro había varios veteranos del tiempo en que era dirigido por José I. Quintón y en las Navidades acostumbraban a cantar sus villancicos. Para un niño todo resultaba muy teatral en el mejor sentido y creo que esas misas dominicales fueron mis primeras experiencias humanísticas.

Se dice que en los diez primeros años de vida se forma al individuo. En mi caso los pasé casi todos en Coamo, aunque el primer año, debido al trabajo de agrónomo de mi padre Gonzalo, lo viví en la central Constancia de Toa Baja de la cual nada recuerdo y el tercero lo pasé en la central Fajardo de la que tengo algunas memorias. No obstante, del cuarto tengo recuerdos imborrables pues lo vivimos en la cafetalera hacienda Hayales, en la altura de Coamo, propiedad de mis abuelos Santini. Hoy día pienso que fue como si nos hubiésemos trasladado a fines del siglo XIX. Allí pude experimentar lo que luego estudié del pasado. Por ejemplo, la belleza del cafetal, el glacís donde se secaba el grano de café, la pesca de bruquenas y guábaras en el río, el desayunar un huevo de pava, el vuelo del guaraguao y el canto misterioso del pájaro bienteveo. Desafortunadamente, también conocí la pobreza chocante del campesinado. Me fascinaba ver como todos los días les ponían los aparejos a las siete mulas de la finca. Incluso me aprendí sus nombres. Al caminar por la finca me llamaban la atención la consabida tienda, la ruina de una panadería que había operado hasta la década de 1930 y la gallera que allí había existido.

En la hacienda vivíamos en una casa amplia de madera sin pintar, como todas las casas de las haciendas cafetaleras de Coamo, construida en 1914 que contaba con todas las comodidades salvo la luz eléctrica. De la altura bajamos al pueblo a vivir con los abuelos. Yo pasaba mucho tiempo con mi abuelo Santini el cual me llevaba a ver pesar el ganado en su romana. Allí jugaba frente al corral donde se encontraban dos estructuras que llamaban “los obeliscos.” Más tarde me enteré que los obeliscos marcan el lugar de la batalla del 9 de agosto de 1898 de la Guerra Hispanoamericana. Algunos soldados españoles muertos yacen en el cementerio municipal. El gusto por los temas históricos se iba infiltrando en mí sin darme la más mínima cuenta.






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