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José Agustín Balseiro, Humanista del Año 1983

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La ausencia fue larga, demasiado larga. Largos los caminos que crucé del mundo. Ahora en mi ocaso, Puerto Rico mío vengo a que evoquemos ayeres y libros. Porque al mismo tiempo de sufrir saudades, en lo más cuidado de mi pensamiento nacía la obra de escritor ausente que llevó allá afuera la flor y el fruto que vivían dentro.

Esta amplia comunicación que ahora restablecemos se debe a la Fundación Puertorriqueña de las Humanidades. Su director ejecutivo, el Dr. Arturo Morales Carrión, estuvo junto a mí, y yo laboré junto a él, en más de un congreso internacional de intelectuales interesados en los problemas hemisféricos de América y en el conocimiento de nuestra tierra y su cultura. Al desempeñar con extraordinaria autoridad la secretaría de Estado del Estado Libre Asociado, no la convirtió en caracol que habita solo en su propia concha. Contribuyó a que fuera plaza abierta a los aires del mundo que traían y llevaban oxígeno renovador. Relacionó hombres y culturas diversos, motivados por la sana voluntad que une y explica, que imagina y crea para afinar sensibilidades extrañas. Al decirle, "Gracias", amplío mi sentimiento para que les llegue también a todos los miembros de la Junta de Directores que en su sesión del 26 de enero de 1984 acordaron, por unanimidad, invitarme a que fuera el Conferenciante del año. Singularmente, también, mi reconocimiento a Wilfredo Braschi por la lección de generosidad que ya le oímos. Y no debo adentrarme en el tema de la disertación sin recordar a los compañeros que me precedieron: Lidio Cruz Monclova, Concha Meléndez, Margot Arce de Vázquez y Francisco Arriví.

Yo visité España en 1920. Pero hasta dos años después no fui a Madrid a correr fortuna literaria. Llevaba un ensayo, "El poeta y la vida", ya publicado en la revista Puerto Rico, del Dr. Juan Bautista Soto. Al leerlo Andrés González Blanco, a la sazón vicepresidente de la Sección de Literatura del Ateneo, me indujo a que lo ofreciera allí como conferencia. Prometió acompañarme a la tribuna honrada el siglo pasado por el maestro Eugenio María de Hostos. Sería el 22 de diciembre de 1922. Pero en la víspera del día, González Blanco fue a Toledo a ver a una hermana muy enferma. Y al hallarla en crítica condición, avisó al Ateneo su imposibilidad de acompañarnos. ¿Qué hacer?

Un anónimo socio del Ateneo, cuyo nombre he deplorado no recordar, subió al proscenio. Y el bien intencionado habló. "Damas y caballeros. Este es don José Balseiro, de Puerto Rico. Su Tema, 'El poeta y la vida'". Y, fugaz, volvió a su asiento. ¿Yo? Pensé en Gracián. "Lo bueno, si breve, dos veces bueno".

Al siguiente día, entre otros diarios, ABC, El Sol, El Imparcial imprimieron sendas notas laudatorias. Sesenta y un años después las reproduje en mi libro Recuerdos literarios y reminiscencias personales (Editorial Gredos, Madrid, 1981) que, como casi todas mis demás obras, no está en las librerías de Puerto Rico. ¿Qué decía, por ejemplo, El Imparcial, de Ortega y Munilla, padre de José Ortega y Gasset?

Ayer ocupó la cátedra del Ateneo el joven literato portorriqueño D. José A. Balseiro, quien disertó acerca de "El poeta y la vida".

La conferencia, digna del distinguido público que la escuchó, puso de manifiesto la exquisita sensibilidad y la vastísima cultura del disertante.

Al terminar el Sr. Balseiro su disertación notabilísima, que el público escuchó con mucha complacencia, fue el culto escritor muy aplaudido.

Al leer yo juicios tan encomiásticos me eché enseguida a la calle. Cerca había un kiosco. Compraría varios números de aquellos diarios, testigos de mi primera salida al mundo madrileño de las Letras. Llevaba el dinero cabal para diez ejemplares de cada uno y coloqué el justo precio en la mano de la vendedora. Apenas anduve tres pasos cuando me llamó: "Espere, espere el sobrante, que a los repartidores se les hace descuento". Y me devolvió la calderilla. Me sentí como quien, de una sola jugada, obtiene gloria y fortuna.

La suerte así gozada por la conferencia pareció advertirme que mudara otros pasos por la senda del ensayo. Pero sin apartarme de la poesía que ya publicaba en Nuevo Mundo y en La Espera y que recitaría por la radio la joven actriz Juanita Azorín. Al primero de los ensayos siguieron "Don Juan Tenorio y Don Luis Mejía" que, a solicitud de La Casa del Libro, leí invitado a la serie de conferencias que auspiciaba Espasa-Calpe. En seguida, "Rubén Darío y el porvenir", por encargo de la Editorial Renacimiento que preparaba una de las llamadas Obras completas. A éste le seguía "Gautier Benítez y el espíritu de su época". Y después de asunto tan de nuestra tierra, "Algo acerca del nacionalismo musical francés", acogido con entusiasmo por las publicaciones especializadas de París, así como lo sería, comentado por ingleses, norteamericanos y españoles, "Shakespeare y los músicos". Y, finalmente, luego del ancho panorama, rescataba aquella charla relativa a Juan Morel Campos y la Danza puertorriqueña que leí en el Ateneo Puertorriqueño en San Juan el 5 de mayo de 1922.

Uniendo esos títulos lancé el tomo I de El Vigía.*

¿Por qué el apelativo? De pequeño, mi padre me llevó un día por el litoral entre mi Barceloneta y Arecibo. Subimos a una colina desde donde, al mirar océano afuera, me dije, ¡qué maravilla seguir por él lejos, lejos, lejos! Desde entonces auné en la mente el nombre del lugar, El Vigía,* con mis ansias secretas de aventuras ideales. Cómo extrañar que dos décadas después: al escribir el Prólogo de aquel libro, trazara estas líneas: “Viaje de la pasión, viaje del pensamiento, viaje del ensueño: viaje de la cultura, en suma"... “A cada viaje infructuoso, la esperanza de un viaje mejor"... "Afina el mirar, otea, investiga, presiente... La intención y el esfuerzo son tuyos. ¡Lo demás es de Dios!..."

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* Obra laureada por la Real Academia Española con el Premio Hispanoamericano correspondiente al año 1925.






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Version: 15042802 Rev. 1
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