Proyectos FPH / Breve historia del adoquín sanjuanero
Galería Multimedios
Galería Audio Galería Vídeo Galería Imágenes     Agrandar y/o Reducir Texto Envíe a un Amigo Versión Imprimir Acceso Universal Ayuda Página oficial de la Fundación Puertorriqueña de las Humanidades.

Aída Raquel Caro Costas, Humanista del Año 1999

English version
La Ciudad de San Juan Bautista transitaba a la decimonónica centuria enaltecida en su orgullo patrio y señaladamente honrada con mercedes, gracias y distinciones otorgadas por la Real Cédula de 13 de abril de 1799 en reconocimiento a su gesta defensiva durante el sitio de los ingleses. Así, su escudo de armas quedaba dotado del mote que le sirve de orla: “Por su constancia, amor y fidelidad es muy noble y muy leal esta ciudad”. Se le conceden beneficios de índole económica, sus vecinos y habitantes quedan declarados fieles y leales vasallos y ya por vía privativa recaen en los capitulares ciertos honores. La galardonada ciudad también hereda problemas y entre éstos, uno que viene a reclamar su más urgente atención es el estado en el que se encuentra la vialidad.

Hasta casi la medianía del siglo diecinueve la ciudad estaba dividida en cuatro barrios todos intramuros, formados por el cruce de las calles de la Luna, que corre de este a oeste, y de la Cruz, de norte a sur, tales: el barrio de Santo Domingo al noroeste; Santa Bárbara o La Meseta al noreste, formado entre 1764 y 1765 cuando se trazan las calles “conforme a buena y arreglada población y sin ofensa de la fortificación”; San Juan o La Fortaleza al suroeste y San Francisco al sureste. Entre 1847 y 1853 Ballajá queda incorporado como el quinto barrio de la Ciudad. El sistema vial de la ciudad quedaba configurado por trece calles todas tiradas a cordel. Seis se extienden de este a oeste, casi horizontales: San Sebastián, Sol, Luna, San Francisco, Fortaleza y Tetuán; y siete corren de norte a sur y forman fuertes pendientes: Norzagaray, O´Donnell, Tanca, San Justo, La Cruz, San José y Del Cristo. A esta red quedan igualmente incorporadas las caletas de Las Monjas y de San Juan, así como los callejones Gámbaro, de la Capilla y del Hospital.

Al iniciarse el siglo diecinueve San Juan no es ciudad de calles adoquinadas ni ciudad que, como afirma el historiador español Bibiano Torres Ramírez en su obra La isla de Puerto Rico, hubiese alcanzado “en los últimos dos decenios del siglo dieciocho pasar de la peña viva o en la arena a convertirse en una de las pocas ciudades de América que tienen calles de mejor piso y de mayor aseo”. En el alborear de la centuria y en el orden civil San Juan sí es la ciudad decepcionada que confronta la dura realidad de que el proyecto en el que se confiaba para conjurar el “estado infeliz” en que se hallaban las calles, sufría la total paralización. Iniciado en 1789 bajo el gobierno de Miguel Antonio de Uztariz (1789-1792), aquél apenas se había desarrollado durante siete años y ya en 1796 se había descontinuado. Es así como San Juan iniciaba su paso hacia la nueva centuria con calles caracterizadas por los baches, hoyos y zanjas. Precisa consignarse que el proyecto de pavimentación surge como iniciativa castrense y fueron sus óptimos propulsores en 1772 el comandante de ingenieros Tomás O´Daly y en 1783 su sucesor en el cargo Juan Francisco Mestre.

La propuesta para empedrar las calles ameritó el aval de la Corona que por Real Orden de 22 de febrero de 1785 impartía su aprobación. La pavimentación que se hace de las calles de San Juan durante los años de 1789 a 1796, y la que habría de desarrollarse en el decurso del siglo diecinueve, se conoce bajo distintas denominaciones, a saber: empedrado, enchinado, morrillado, pero invariablemente el material utilizado era la piedra, conocida por el nombre de chinos, guijarros, cantos rodados o lastres. éstas, procedentes de los ríos del este de la Isla y de las islas vecinas, eran obtenidas por el Ayuntamientoayuntamiento: corporación municipal compuesta de un alcalde y varios concejales que integraban el Consejo o Cabildo para la administración de los intereses de un municipio. mediante contrato con vecinos quienes luego las descargaban en el muelle. Por razones de interés militar la prioridad se le daría a las calles que corrían de norte a sur.

La pavimentación se desarrolló lentamente, salpicada de periodos de suspensión, reducida actividad o paralización, situación determinada por la insuficiencia de fondos —incumplimiento de la Real Hacienda o Intendencia de abonarle fondos particularmente destinados para ese propósito a la tesorería municipal— y por no lograrse contratistas para el suministro de piedras. Durante el periodo de 1797 a 1832 se descontinuó el empedrado. El Ayuntamiento en vano reclamaba que la Intendencia cumpliese su obligación: en 1818 le significaba el “estado más decadente” en que se hallaba el empedrado; en 1824 le solicitaba que tan siquiera pudieran pagarle a los confinados; en 1826 pedía que se le suministraran 500 pesos para reparar algunas calles, solicitud que se repite en 1827.






Página: 1, 2,




Version: 15042801 Rev. 1
¿Cómo citar este artículo?
Glosario
Ver Glosario