Proyectos FPH / Mestizo, me lo llamo yo a boca llena: sobre la textualidad de la hibridez en los "Comentarios reales" del Inca Garcilaso
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Mercedes López-Baralt, Humanista del Año 2001

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“Escribo, también, para compartir la satisfacción y la dicha que me inspiran el ser un hombre caribeño. Un hombre caribeño, oriundo de Puerto Rico, de señas mulatas - la piel prietona, los labios abultados, el pelo rizoso”. Luis Rafael Sánchez, 
Conferencia de Humanista del año 1996.


A mi madre, Emma Cardona de López-Baralt


EI Inca Garcilaso fue el primero en decirlo. Más bien en afirmarlo, en celebrarlo. Simón Bolívar lo reconoció, aunque cauto. En su Carta de Jamaica de 1815, contestando a un caballero de Kingston, se aventuró a cifrar la identidad latinoamericana en el mestizaje: "no somos indios ni europeos, sino una especie media entre los legítimos propietarios del país y los usurpadores españoles". Pero al Libertador le pudo el carimbo de la mentalidad colonial, que le tentó a eludir la raíz africana que tenía justo en el patio de su casa, su Venezuela natal. Sólo la lucidez de la mirada martiana pudo devolvernos en el espejo de su palabra el rostro múltiple del continente mestizo, cuando en "Nuestra América", de 1891, propuso la primera imagen cabal de lo que somos:

"éramos una visión, con el pecho de atleta, las manos de petimetre y la frente de niño. éramos una máscara, con los calzones de Inglaterra, el chaquetón de Norteamérica y la montera de España. El indio, mudo, nos daba vueltas alrededor, y se iba a la cumbre del monte, a bautizar a sus hijos. El negro, oteado, cantaba en la noche la música de su corazón, solo y desconocido, entre las olas y las fieras. El campesino, el creador, se revolvía, ciego de indignación, contra la ciudad desdeñosa, contra su criatura".

Quien se atreviera a poner el dedo en el problema más urgente de la América morena, no resuelto aún, al decir: "la colonia continuó viviendo en la república", no podía calibrarnos mejor. Más allá de mirarnos como sociedades a medio hacer, con una marcada mescolanza cultural fruto de la impronta de sucesivas metrópolis, nombró sin paliativos el dolor del mestizaje, cuya violencia reconoció en la lucha de castas y en las guerras civiles que han desangrado secularmente al continente del sur, dando lugar a la alegoría garcíamarquina de las 32 guerras del coronel Buendía. EI antecedente visionario 
de Martí allana el camino por el que transita Alejo Carpentier al cimentar su teoría de lo real maravilloso precisamente en el mestizaje en su prólogo de 1949 a El reino de este mundo:

Y es que, por la virginidad del paisaje, por la formación, por la ontología, por la presencia fáustica del indio y el negro, por la revelación que constituyó su reciente descubrimiento, por los fecundos mestizajes que propició, América está muy lejos de haber agotado su caudal de mitologías. Pero, ¿qué es la historia de América sino una crónica de lo real maravilloso?

Pero hoy nos ocupa el primer mestizo de nuestras letras. Aurelio Miró Quesada considera los Comentarios reales del Inca Garcilaso de la Vega como la obra más importante de la literatura peruana; para Marcelino Menéndez y Pelayo se trata del "libro más genuinamente americano que en tiempo alguno se ha escrito". Citado por el mismo Cervantes en su Persiles, hoy los Comentarios reales han quedado consagrados tanto como fuente primaria para la antropología y la historia del mundo andino, como para las letras hispanoamericanas. Lo manejan con confianza importantes andinistas: antropólogos como John V. Murra, Tom Zuidema y Pierre Duviols e historiadores como Raúl Porras Barrenechea, Franklin Pease G.Y. y Juan M. Ossio A.; se ocupan de su prosa literatos del calibre de ]osé Durand, Aurelio Miró Quesada, José Juan Arrom, Enrique Pupo-Walker, Margarita Zamora, Roberto González Echevarría y Julio Ortega. Pero quizá la consagración mayor venga de tantos lectores entusiastas, que mantienen viva —y sobre todo, joven— la obra del Inca al filo de su cuatricentenario.

La adhesión de Garcilaso al ideal renacentista de la concordia que abrazara como el distinguidísimo humanista que fue, nos hace olvidar a veces el profundo dolor que late tras su condición de mestizo. Pues el Inca intenta, en un arrebato de equilibrio, dar tiempo igual a indios y españoles en su obra magna, celebrando a la vez —misión imposible– la invasión española y el imperio incaico. En la primera parte del libro — Comentarios reales, de 1609 —rinde homenaje a la memoria de sus ancestros maternos; en la segunda— la Historia general del Perú— celebra, con la conquista española, la fama del capitán Garcilaso de la Vega, su padre. Pero la simetría de esta fusión tiene resquicios por los que se cuela el rencor. Que en el mestizaje de nuestro primer escritor hay más de agonía que de armonía lo veremos de inmediato.

"Entre mediado de cuerpo moreno y muy sosegado en sus razones"': así describía al Inca don Iñigo Córdoba Ponce de León, quien lo conoció bien. Nace el Inca Garcilaso de la Vega como Gómez Suárez de Figueroa, el 12 de abril de 1539, en el Cuzco, capital del imperio incaico hasta el comienzo de la conquista española del Perú en 1532. El nombre se le impuso en honor de uno de sus tíos paternos. Hijo natural y mestizo del capitán español Garcilaso de la Vega y de la ñusta o princesa incaica, Isabel Chimpu Ocllo, el futuro autor de los Comentarios reales proviene de ilustre estirpe tanto por el lado paterno como por el materno. El capitán Garcilaso estaba emparentado con varias glorias de la literatura española: el Marqués de Santillana, Jorge Manrique y el poeta toledano de su mismo nombre quien fuera primo hermano de su padre; Isabel llevaba sangre real incaica en sus venas, pues fue nieta de Tupac Yupanqui, sobrina de Huayna Capac, y prima hermana de los últimos incas, los hermanos y rivales Huáscar y Atahualpa.







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