Proyectos FPH / El ser puertorriqueño y su lengua (A la luz de la filosofía de Heidegger)
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Manuel Méndez Ballester, Humanista del Año 1993

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La presente disertación es el discurso de instalación de don Manuel Méndez Ballester como miembro vitalicio de la Academia Puertorriqueña de la Lengua Española, pronunciado en el año 1981, cuando presidía la Academia el ilustre escritor don Salvador Tió. Por tratarse de un tema de permanente interés público, a Méndez Ballester le ha parecido que lo más adecuado para agradecer la distinción que le hace esta noche la Fundación Puertorriqueña de las Humanidades, por sus méritos como Humanista del Año, es leer este ensayo, (revisado y puesto al día) ante un público de estudiantes universitarios. Con ustedes el señor Méndez Ballester.

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Siento verdadero placer y agradecimiento al dirigirme a ustedes desde el recinto de la Universidad Interamericana de Aguadilla, en este acto de reconocimiento que me hace la Fundación Puertorriqueña de las Humanidades como Humanista del Año. Muchas gracias a la Junta de Directores de esta institución y a su director ejecutivo, mi distinguido amigo el Dr. Juan González Lamela aquí presente. Vaya también mi agradecimiento y mi saludo personal a la rectora de esta institución, la profesora Hilda Bacó y a la profesora Carmen Cazurro García de Quintana quien ha organizado esta actividad.

Por la importancia que para mí tiene la lengua española como escritor y como puertorriqueño me pareció lo más adecuado a este acto humanístico dedicarles a ustedes mi discurso de instalación como miembro vitalicio a la Academia Puertorriqueña de la Lengua y que lleva por título El ser puertorriqueño y su lengua a la luz de la filosofía de Heidegger.

Heidegger es uno de los pensadores alemanes más difíciles de entender. Decir esto es ya bastante. Es ponerlo en compañía de Hegel, de Nietzsche y de Schopenhauer. Tuve la suerte de que un amigo mío, que conocía a fondo la filosofía de Heidegger, me aconsejó no leer a Heidegger hasta tanto no leyera el Estudio preliminar que hace Emilio Estiú como introducción a la metafísica de Heidegger. Así lo hice. Es una introducción excelente para comenzar a estudiar a Heidegger. Esto en cuanto al aspecto filosófico del presente discurso. En lo que respecta a la lengua española en su choque inicial con el idioma arahuaco insular y, más tarde, con otras lenguas indoamericanas y dialectos africanos, se lo debo al brillante opúsculo del filólogo puertorriqueño Manuel álvarez Nazario que lleva por título Proceso del tiempo del español de Puerto Rico.

Profesor de filosofía, discípulo de Husserl y de su escuela fenomenológica, Martin Heidegger está considerado como uno de los pocos grandes pensadores en la historia de la filosofía occidental. A pesar de su breve y lamentable vinculación con el nacional socialismo alemán, su fama como pensador profundo sigue en pie por sus propios méritos.

A Heidegger suele encasillársele en la fenomenología y en el existencialismoexistencialismo: Movimiento filosófico que trata de fundar el conocimiento de toda realidad sobre la experiencia inmediata de la existencia propia. Para el existencialismo, la existencia precede a la esencia: el hombre primero existe y luego es. Este movimiento se popularizó a partir de una crisis o crítica social y moral a raíz de los estragos ocasionados por las grandes guerras europeas del siglo XX, especialmente, la Segunda Guerra Mundial., pero su pensamiento trasciende estas dos escuelas. Heidegger va más allá. Por su penetrante análisis ontológico sobre "el ser" podemos llamarle justamente el explorador del laberinto del ser. Su análisis de la Existencia es sólo un prolegómeno para formular la pregunta capital de la ontología: la pregunta que interroga por el ser de todas las cosas. Para este pensador, el ser no es existencia, sino la condición misma de todo posible existir, puesto que el ser se halla disperso en la multiplicidad de los entes o cosas que pueblan el universo. El ser humano, en cambio, es un "ser ahí", un ser existente, como los demás entes, que goza de un excepcional privilegio porque es el único ente capaz de desocultar, con la palabra, el ser que está en estado de presencia y apariencia en cada ente.

Heidegger aparece a principios del presente siglo, en un momento en que la historia de la filosofía se encuentra escindida entre un excesivo idealismo y un inquietante nihilismo. Lo primero que hace Heidegger es arremeter contra la historia de la antología tradicional para destruirla en lo que ésta tiene la falsificación a partir de Platón y de los traductores latinos que desvirtuaron el pensamiento ontológico originario tan brillantemente formulado por Parménides y Heráclito en los albores de la filosofía griega. Su pensamiento marca, pues, una ruptura con toda la tradición filosófica de Occidente en su empeño por restaurar la filosofía de Parménides y Heráclito, dos grandes pensadores anteriores a Sócrates. Según Heidegger es preciso establecer los cimientos de un nuevo humanismo. Heidegger acomete entonces esta tarea en su monumental obra El ser y el tiempo, una de las obras capitales de la filosofía del siglo XX, publicada en el año 1927; además, en su Metafísica, en varios ensayos y en sus últimos escritos y aforismos en los que su pensamiento adquiere tonos proféticos y poéticos, al señalar que el lenguaje es inseparable del ser y que la revelación del gran misterio del ser llegará al mundo en la palabra de los grandes poetas y pensadores.

El ser es el más universal de los conceptos pero también el más polémico por las significaciones e interpretaciones que le han dado. En su análisis del ser, Heidegger recorre muchas fuentes incluyendo la gramática, aunque rechaza ésta por su rígido mecanismo. Veamos la significación gramatical del vocablo "ser". El ser, como sustantivo, deriva del verbo ser y por ello se le considera un sustantivo verbal. De manera que la forma previa, decisiva, está en el infinitivo "ser", que es el concepto verbal, abstracto, que proclama el pensamiento general. Podemos decir "el ser" porque hemos transformado la forma abstracta del infinitivo "ser" anteponiendo el artículo "el" que señala e indica "lo que está ahí". Si decimos "ser" a secas, la expresión resulta indeterminada. Con tal transformación lingüística del infinitivo en sustantivo verbal, el verbo "ser" cobra fijeza y pierde su indeterminación. Ya no se trata de "ser", sino que ahora es "el ser".








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