Proyectos FPH / Un estudiante ante su disciplina
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Luis Manuel Díaz Soler, Humanista del Año 2000

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Buenas noches, amigos todos.

Agradezco la distinción de que he sido objeto por la Junta Evaluadora de la Fundación Puertorriqueña de las Humanidades de otorgar un premio que, con tanto o más justicia, merecieron nuestros antepasados destacados humanistas, que hoy los estoy invitando no sólo para reconocerlos por sus notorias contribuciones, sino para compartir con ellos la dicha de sentirse honrados por la labor realizada.

I. Algo sobre el que les habla

Nació en San Juan en casa de su abuelo materno, luego fue a vivir con sus padres al pueblo de Barceloneta, donde por algunos años vivió en la abundancia. En dicho pueblo cursó los primeros cinco años de estudios en la escuela elemental Rafael Balseiro Maceira. El sexto grado lo aprobó en la escuela Goyco, de Santurce, cuando por razones económicas sus padres se trasladaron a la zona metropolitana.

El séptimo y octavo grado los estudió en la escuela Rafael María de Labra, donde obtuvo su diploma de octavo grado. Aquellos fueron los años de la seria depresión y Puerto Rico no escapó a aquellas difíciles circunstancias. Su padre, desempleado, fue socorrido por un hermano, que le cedió para vivir una finca abandonada en el pueblo de Vega Baja, a cambio de que la cultivara. Fue entonces que el que habla fue matriculado en el curso de primer año de la Escuela Superior José Gualberto Padilla, que no ofrecía estudios en los años subsiguientes. Ello obligó al joven estudiante a trasladarse a la escuela superior de Bayamón, donde cursó el segundo, tercer y cuarto año de escuela secundaria, obteniendo el diploma correspondiente en 1935. Tendría que ingresar en la Universidad de Puerto Rico. Para poder sostener los gastos de estudios, tanto en la secundaria como en Río Piedras, dedicó su tiempo libre a sembrar vegetales y a la crianza de gallinas; la producción la vendía a los placeros de Vega Baja, a los piragüeros les vendía melao que le regalaba un tío que trabajaba de azucarero en la Central San Vicente. Esos ingresos, aunque escasos, ayudaban al joven estudiante a cubrir los gastos ocasionados por los estudios.

Mientras estudiaba en Bayamón y Río Piedras, vivía en casa de su abuela en San juan. De lunes a viernes se trasladaba de San Juan a Bayamón en lancha y en autobuses de la empresa Valdés que ofrecía el servicio por la bahía y por tierra. Cuando tuvo que ir a Río Piedras, tomaba autobuses diariamente hasta que terminó sus estudios. Bullía en su mente la idea de estudiar medicina, lo que le indicó la necesidad de matricularse en Ciencias Naturales. Pero, luego de dos años, consciente de que no contaba con los recursos para solventar la carrera, se transfirió a la Facultad de Artes y Ciencias para estudiar historia, una segunda alternativa. En agosto de 1939 obtuvo el grado de Bachiller en Artes de dicha facultad con una especialidad en Historia. ¡Y ahora qué hacer! Con aquel diploma no le sería fácil abrirse el camino por la vida y, aunque tarde, se le ocurrió irse a los Estados Unidos a estudiar una maestría en la especialidad que había escogido.

Estábamos en agosto de 1939, sin dinero y decidido a seguir estudios graduados. Cierta mañana de aquel mes, se levantó el ambicioso jovencito con la decisión de mudarse al norte. Pensaba seguir estudios en la Universidad del Estado de Luisiana, donde su padre se había recibido de Química en 1974. Su hijo no había solicitado admisión y sólo tenía el diploma Bachiller y el expediente académico que le había extendido el registrador. Había que buscar el dinero para trasladarse a los Estados Unidos. El jovencito se presentó en la oficina de Eduardo Soler que era el vicepresidente del Royal Bank of Canada y le solicitó un préstamo por $600.00. Este le entregó los papeles y le dijo que si su abuela lo garantizaba, con su firma tendría el dinero. La abuela dio su consentimiento. De inmediato compró una maleta y se fue a buscar el pasaje. La única opción era abordar el vapor Cuba que venía de Venezuela en rumbo a La Habana. El barco arribaría a San Juan en horas de la noche del 30 de agosto de 1939. El que habla, pasaje en mano, fue a su casa a informar a sus padres, para darles la noticia que aseguraba la ausencia por un año. El barco arribó a San Juan y zarpó a las 2:00 de la madrugada del 31 de agosto. No había iniciado su ruta, cuando se recibió abordo la noticia de que Adolfo Hitler acababa de invadir a Polonia y ordenaba a los barcos alemanes a apagar sus luces y a dirigirse al puerto de Hamburgo. Empezaba la Segunda Guerra Mundial. El Cuba, con destino a La Habana, estaría allí por dos días, dejaría turistas que se dirigían a la Feria Mundial de New York de 1939 y allí el jovencito Díaz Soler dejaría la nave para tomar otra que sólo costaba $11.00 y lo trasladaría hasta Miami; viaje que sólo duraba una noche. Ya en la Florida, debía tomar el autobús de la Greyhound para ir a Baton Rouge, sede de la Universidad del Estado de Luisiana, fin de aquel viaje odisíaco. De inmediato, el joven estudiante se dirigió al Departamento de Historia y se entrevistó con el director, Dr. Walter Phichard. Causó sorpresa la atrevida pretensión del aspirante, que sólo pensaba en que, siendo hijo de un ex-alumno podía ser admitido. Luego de expresarle al director su intención, éste se dirigió al Consejo de Estudios Graduados y al Registrador de la institución para una consulta que era necesaria por la falta de un documento oficial que certificara la admisión. Sería admitido condicionado a la aprobación del programa académico que se le iba a preparar. Si aprobaba los cursos requeridos sería acreedor a la admisión. Era el primer estudiante puertorriqueño que cursaría una maestría en Historia de los Estados Unidos en dicha Universidad. Las clases comenzarían alrededor del 21 de septiembre; llegó el día de matrícula ($67.50 por semestre); tomaría una habitación fuera del campus que compartiría con un compañero chino y que sólo costaba $35.00 mensuales. Llegó el primer día de clases; mientras esperaba en el aula asignada a la asignatura que había tomado; le sorprendía que no aparecieran más estudiantes. Luego de un rato, se presentó el profesor, Dr. Lynn M. Case para informarme que era el único estudiante matriculado en su clase sobre diplomacia europea desde 1870 hasta 1914 (sobre los orígenes de la Primera Guerra Mundial). Entregó una extensa lista bibliográfica sobre el tema y anunció que debía hacer acto de presencia en su oficina para una prueba el 12 de octubre para responder a preguntas relacionadas con la materia; si lo aprobaba, sería admitido al curso. Afortunadamente, y luego de haber leído aquella lista bibliográfica y haber asistido a los otros cursos que completaban el programa de clases, recibí la grata noticia de que había aprobado el examen que el Dr. Case acababa de corregir frente a este servidor. También anunció que el tema de investigación por desarrollar trataría de las relaciones anglo-españolas sobre Marruecos, 1895-1906. Explicó que el trabajo respondía a un plan que comprendía una trilogía de investigaciones relacionadas entre sí sobre el tema de los orígenes de la Primera Guerra Mundial. Otros compañeros trabajaban sobre las relaciones franco-españolas, y las relaciones franco-alemanas. Como este servidor sabía inglés y español, le pareció lógico elaborar el tema que me acababa de asignar. Informó, además, que podía usar el trabajo para presentarlo como tesis de maestría al finalizar el año académico. Eso significaba que debía aplicar las técnicas de investigación que jamás había tenido la oportunidad de aprender. Al Dr. Case y el Dr. Barnhard en su clase de Metodología de Investigación; cabe agradecer el conocimiento de los procesos de investigación que son los que aún utilizó. Es curioso que el primer capítulo del trabajo abundaba sobre las relaciones anglo-españolas durante la Guerra Hispanoamericana (1895-1898). Ese capítulo fue publicado años después en el primer número de la Revista Historia, que fue fundada por este servidor en 1951, junto con Ricardo E. Alegría y Enrique Lugo Silva; fue impresa en la imprenta Soltero, con el apoyo desinteresado y entusiasta de un tipógrafo que puso su empeño y entusiasmo en dar vida a la revista. Era la primera revista de historia que veía la luz en aquellos días en que se preparaba el ambiente para reformas en la Universidad de Puerto Rico.

Volvamos a los primeros pasos en la Universidad de Luisiana. La tesis de maestría versó sobre Relaciones anglo-españolas sobre Marruecos, 1895-1906, que no pudo estar terminada para fin de curso; el que habla debía regresar a Puerto Rico por la situación de guerra en Europa y por carecer de fondos para mantenerse en aquella institución.






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