Gobierno / Los antecedentes históricos del Parlamento (II)
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No obstante las tradiciones medievales respecto a las relaciones de las obligaciones recíprocas entre gobernados y gobernantes, (incluyendo el hábito de los sectores privilegiados de incorporar en instituciones políticas su participación en los asuntos del Estado), el mundo político europeo del siglo XVII seguía estando profundamente atravesado por una ideología autoritaria o autocrática. El enorme poder de los reyes en las grandes monarquías absolutas, donde gobernaban por la gracia de Dios y en alianza con la aristocracia y la Iglesia (y no por la voluntad de los gobernados) se montaba sobre la idea de que los derechos de los individuos y de las comunidades no eran naturales sino el producto de la generosidad discrecional del Estado (del monarca). El bienestar de la comunidad era sinónimo de la voluntad real y el orden social dependía de que todos acataran esa voluntad. Según la norma autoritaria, los súbditos requieren, para evitar el caos moral al cual propende su inclinación natural, subordinarse a una autoridad capaz de discernir entre el bien y el mal, entre lo justo y lo incorrecto. Por eso, la tradición autoritaria considera que la virtud política principal del súbdito es su lealtad, obediencia y docilidad. No hay peor transgresión moral (y política) que la desobediencia, la disidencia y la rebelión.

Pero el suceso histórico que cambió el panorama fue la Revoluciónrevolución: cambio violento y profundo en las instituciones políticas, económicas o sociales de una nación. francesa del 1789. Fue un movimiento de masas de profunda radicalidad, que habría de alterar la configuración ideológica mundial respecto a la naturaleza del contrato social y la configuración del Estado moderno. Uno de sus principios, el de la representatividad y la separación de poderes, había sido implantado en Inglaterra con el encumbramiento del Parlamento como institución política principal. Pero fue la Revolución francesa la que logró transformar la imaginación política de Occidente y dotar a la institución parlamentaria, según las normas democráticas modernas, de la función exclusiva de legislar las leyes del Estado.

Tras esta revolución política (al igual que la Revolución Industrial inglesa) yacía la sensibilidad y ambición de la gran burguesía europea, la cual entendía que el surgimiento del Estado liberal era una condición necesaria para adecuar las instituciones del Estado a las necesidades de los tiempos y reconocer, al mismo tiempo, el poder político de la clase social responsable de la prosperidad que generaban las nuevas actividades industriales y comerciales de largo alcance. El mundo agrario tradicional, sobre el cual se montaba el estamento feudal (aristocrático) tradicional, constituía, para esta nueva sensibilidad, un anacronismo social. Armada de una cultura laica que encumbraba la racionalidad del ser humano sobre la autoridad religiosa y promovía al mismo tiempo la idea de la autonomía del individuo, la gran burguesía europea de fines del siglo XVIII desarrolló el concepto de ciudadano para reemplazar, como ente político del Estado, la antigua figura política del súbdito real.

El crecimiento económico y social de Europa durante los siglos XVII y XVIII, a pesar de que había sido apoyado y promovido por las autoridades monárquicas, fue generado principalmente por la gran burguesía, una nueva clase económica basada en las ciudades y libre de las restricciones tradicionales de la tradición aristocrática. Esta nueva burguesía (llamada así por sus vínculos con las ciudades) capaz de efectuar transacciones comerciales a larga distancia (ultramarinas), con el apoyo del Estado, había sido el motor del constitucionalismo inglés y la organización de la primera revolución industrial. Este desarrollo industrial basado en las tecnologías del vapor y la metalurgia, inició la transformación del panorama económico mundial, particularmente en las comunicaciones (terrestres y marítimas) y ayudó a impulsar la Revolución francesa, la gran revolución política de la época.

El periodo entre el 1789 y el 1848 ha sido designado por los historiadores como la era de las revoluciones. Durante esos años se consolidó en la mentalidad de Occidente una nueva forma de organizar el Estado, basada en valores democráticos. Es decir, la Revolución Industrial en lo económico (con Inglaterra como epicentro) y la Revolución francesa en lo político constituyeron una revolución dual que logró transformar el panorama institucional de Occidente y trascendió el marco territorial europeo, llegando a ejercer una influencia mundial.

Durante esos años surgió un nuevo vocabulario político, sin el cual no es posible imaginar el mundo moderno: industria, fábrica, clase media, clase trabajadora, proletariado, capitalismo, socialismosocialismo: 1. Sistema de organización social y económica basada en la propiedad y administración colectiva o estatal de los medios de producción y en la regulación por el Estado de las actividades económicas y sociales, y la distribución de los bienes. 2. Movimiento político que intenta establecer, con diversos matices, este sistema. 3. Teoría filosófica y política del filósofo alemán Karl Marx, que desarrolla y radicaliza los principios del socialismo., ciudadano, ferrocarril, liberal y conservador, nacionalidad, ingeniería, sociología, científico, crisis, estadísticas, utilitarismo e ideología, entre otros. Por todas partes proliferaron revoluciones políticas y sociales que implantaron instituciones parlamentarias representativas. Los movimientos de independencia en Latinoamérica adquirieron su combustible ideológico de esta revolución dual, y reemplazaron el viejo Imperio continental español con una nueva comunidad de naciones independientes en todo el continente, desde México hasta la Patagonia. Y en todas ellas se hizo imprescindible organizar instituciones parlamentarias liberales.






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