Gobierno / La participación ciudadana
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Los modelos [democráticos], a pesar de su heterogeneidad... han estado inspirados en la idea de un gobierno cuyo poder emana siempre... de los que consienten a ser gobernados.

--Jorge Benítez Nazario


De acuerdo a los valores democráticos, la función de establecer y administrar las normas de convivencia de una comunidad se realiza mediante un diálogo cotidiano permanente entre la ciudadanía y las instituciones del Estado. Esos valores, fundamentados en valores compartidos, no son estáticos; maduran y se transforman a través del tiempo, por lo que el diálogo político es continuo e implacable. Las nociones de orden social y solidaridad, dicho de otro modo, cambian en el tiempo según ocurren las inevitables transformaciones históricas de larga duración.

Por muchos siglos, por ejemplo, Occidente privilegió a los regímenes autocráticos basados en esquemas jerárquicos legitimados por criterios de autoridad moral. Las monarquías absolutas, bajo las cuales se consolidó la unidad territorial de los grandes Estados europeos, logró subordinar a todos los poderosos estamentos eclesiásticos y aristocráticos, mas no pudieron, a pesar de su amplio poder material, institucional y simbólico, resistir el empuje de los movimientos revolucionarios que arrasaron al continente europeo (1791-1848) con su nueva visión antiautoritaria y de un orden político basado en la ética ilustrada de libertades ciudadanas.

Desde entonces, la historia política moderna de Occidente ha estado dominada por los principios de convivencia en libertad, convirtiendo a los antiguos súbditos del rey, en ciudadanos autónomos que conviven en comunidades libres. Estos principios libertarios fundamentales han adquirido diversas formas políticas en el mundo; es decir, el proceso histórico de implantar sistemas democráticos y republicanos de gobierno ha sido enormemente plural en cuanto a estructuras formales, énfasis, visión social y circunstancias culturales y territoriales. Puerto Rico representa una de esas variaciones.

La diversidad de experiencias y matices también remite al hecho de que no hay en la historia de la humanidad nada estático ni acabado. La imperfección natural del ser humano está plasmada irremediablemente en la cultura y sus instituciones, por lo que se dan en todo momento profundas e insalvables contradicciones. Reconocer la inevitabilidad de las imperfecciones y contradicciones de la condición humana, sin embargo, no debe desactivar el deseo, también natural, de mejorar las condiciones de vida, de justicia y de calidad de vida. Dicho de otro modo, la perfección no es posible en la naturaleza ni en la cultura (ni en la política), pero sí en la imaginación. Por tal razón, el hombre recurre continuamente a su capacidad intelectual y creativa con voluntad de porvenir, para conocer, inventar y transformar (reformar) su realidad.

Asumir responsabilidad crítica para conocer lo que realmente somos y dónde estamos requiere desarrollar el hábito de pensar. No hay tal cosa como una autoridad que provea conocimiento absoluto sobre ningún tema. Aun en las ciencias puras se ve como surgen continuamente nuevos paradigmas y se renueva el conocimiento. Lo mismo ocurre en el campo social y en lo moral: todo hay que cuestionarlo con intensidad, rigurosidad y honestidad. El mal hábito de delegar en una autoridad externa la función de pensar y de dirigir la cosa pública, sea esta política, religiosa o analítica, representa una pasividad fácil y dócil que fortalece la ignorancia y la inutilidad, en contravención de la ética democrática. La acción de pensar, por el contrario, requiere un esfuerzo consciente constante; y es, en última instancia, lo que posibilita el cumplimiento del deber democrático del ciudadano inteligente y educado, capaz de influir sobre eventos en la esfera pública.

El ciudadano responsable no es meramente un sujeto curioso respecto al pasado y a lo que ocurre en su entorno, sino que desea comprender cómo el mundo ha llegado a ser lo que es, a dónde se dirige y qué es lo que urge reformar. La severa crisis económica global actual, por ejemplo, la más profunda en casi un siglo, ha generado un sentido de urgencia en todo el mundo para adoptar nuevas políticas públicas que redefinan la relación de los Estados con las instituciones de la economía. Esto incluye repensar asuntos tan radicales como es la reorganización interna del Estado, de los gobiernos, con el propósito de adecuarlos a los tiempos; también exige reflexionar con profundidad sobre la función social del Estado y los principios universales de responsabilidad social. En Puerto Rico han surgido varias propuestas, como por ejemplo, la creación de microempresas en los sectores pobres como estrategia para superar la depresión económica en los sectores excluidos de la inversión capitalista. Otros visualizan renovar el compromiso con la escuela pública como vía para hacerla viable y así reactivar el compromiso social del Estado con la educación. La lista es infinita, pero uno de los temas que parece haber captado el interés público con mayor sentido de urgencia, es el de los ambientes naturales y urbanos; es decir, la lucha entre los sectores que buscan explotar esos recursos a corto plazo para su beneficio privado y los que plantean la necesidad de evitar que esa explotación agote su valor para las próximas generaciones

De acuerdo al canon democrático prevaleciente, los tiempos actuales de crisis han afectado adversamente a la institucionalidad del Estado, a la organización de la economía y a la cultura política. Es imperativo como medida correctiva, por lo tanto, una activación extensa e intensa de acción ciudadana en la esfera pública que esté al margen de la clase política; es decir de los que se disputan el control de las instituciones de poder político, y quienes, para lograr sus fines, establecen alianzas estratégicas con grupos desarrollistas. Ante las particulares circunstancias que vivimos y el reto que ellas presentan, la vigilancia y la participación ciudadana sostenida, más que pertinentes, son formas de activar el talento analítico y reflexivo con el fin de problematizar la organización política puertorriqueña, sus instituciones, sus fundamentos éticos, legales y políticos, incluyendo pensar las políticas que, en realidad, y no solo en retórica, conforman la convivencia democrática y las esperanzas del porvenir.







Autor: Roberto Gándara Sánchez
Publicado: 11 de septiembre de 2014.

Version: 13010805 Rev. 1
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