Gobierno / Contradicciones de las democracias modernas: actitudes hostiles y violencia social por parte de los Estados
Galería Multimedios
Galería Audio Galería Vídeo Galería Imágenes     Agrandar y/o Reducir Texto Envíe a un Amigo Versión Imprimir Acceso Universal Ayuda Página oficial de la Fundación Puertorriqueña de las Humanidades.

English version
La idea del orden político democrático, desde los tiempos de la Ilustración, establece que el poder del Estado sobre los individuos está formalmente limitado por los derechos autónomos que la ley le confiere al ciudadano. El orden constitucional republicano, en otras palabras, limita el poder de los gobernantes mediante la adopción de una Carta de Derechos, la separación de poderes, la implantación de un Estado de derecho (régimen de ley) y un sistema participativo de sucesión de poder mediante elecciones basadas en el sufragio universal. Pero como su estructura formal no es, ni puede ser, estática ni perfecta, los Estados democráticos —y Puerto Rico no es una excepción— exhiben contradicciones internas y prácticas cotidianas que impiden realmente el ejercicio cabal de la libertad de los ciudadanos y las instituciones sociales. Vale apuntar, sin embargo, que el ethos democrático ha encumbrado también los principios ilustrados de la eterna vigilancia y el activismo ciudadano; es decir, la noción de que la libertad cívica está permanentemente amenazada por los agentes del Estado, las jerarquías sociales y, sobre todo, por los representantes del mercado (la economía); y que la única forma de defender los espacios de convivencia social solidaria y la libertad individual estriba en mantener una esfera pública crítica y vigorosa.

Las contradicciones que han aforado en los experimentos históricos de la democracia constitucional moderna han generado paralelamente una profunda y continua crítica política sobre bases éticas, dirigida a identificar esas contradicciones, valorar sus efectos y descubrir ideas y modos de acción política correctiva mediante reformas transformadoras. Esta crítica no se limita a los sectores intelectuales del mundo de las ideas; también ha penetrado la cultura política moderna estimulando un diálogo interno permanente en torno a las instituciones sociales y estatales de los modelos republicanos actuales, incluyendo en Estados Unidos.

El historiador británico Eric Hobsbawm, uno de los estudiosos más lúcidos de la historia moderna de Occidente, ha concluido que uno de los factores más sobresalientes del siglo XX, especialmente a partir de la Primera Guerra Mundial y más recientemente con la Guerra Fría, es el uso sistemático de la violencia social por parte de los Estados. Según Hobsbawm, el hábito de usar la violencia contra las poblaciones civiles como recurso estratégico —y no solo contra los combatientes enemigos— es producto del mundo occidental a partir de la Primera Guerra Mundial, cuando se desplazaron los valores humanistas ilustrados de la arena política. Antes de esa época, las guerras se limitaban a los combates entre ejércitos nacionales, los cuales se limitaban a los campos de batalla, aunque en ocasiones incluían efectos colaterales de daños a núcleos civiles, a causa de novedosos armamentos que ampliaban considerablemente el radio de destrucción en los combates. Hasta comienzos del siglo XX, por lo tanto, no era parte de las estrategias militares, ni se consideraba moralmente correcto arremeter contra los centros urbanos y sus poblaciones civiles. La conocida pintura monumental de Pablo Picasso, Guernica, es producto del sentimiento internacional de horror que causó el bombardeo de un pueblo vasco por parte de las fuerzas derechistas del general Franco durante la Guerra Civil española (1036-1939). Picasso dio testimonio con su arte de la novedad y dimensión barbárica de esa nueva estrategia de destrucción total. Ese proceso histórico de barbarismo, se diferencia marcadamente de la ética política que había dominado el mundo de las relaciones interestatales (internacionales) y la conducta militar a lo largo del siglo diecinueve, mientras el mundo occidental se debatía entre las virtudes del progreso capitalista (e imperialista) y la conciencia crítica y revolucionaria de la moral republicana y humanista.

Uno de los rasgos ideológicos más distintivos de esa trayectoria hacia la barbarie fue el abandono por parte de los Estados de los valores ilustrados y la adopción del hábito de catalogar a los enemigos políticos como subhumanos; es decir, como inferiores racial y culturalmente. La costumbre de los nazis de catalogar a los judíos como untermenschen (subhumanos); del ejército francés de catalogar de salvajes (pied noir) a los argelinos; de los estadounidenses de referirse a los vietnamitas como gooks durante la guerra de Vietnam; de los israelitas de llamarle a los palestinos cucarachas y sand niggers y, más recientemente, el hábito de muchos occidentales de catalogar a los musulmanes como seres moralmente inferiores y culturalmente subdesarrollados, son actos que justifican las estrategias estatales de destrucción masiva contra poblaciones civiles consideradas enemigas. También evidencian un retraimiento moral de la tradición ilustrada sobre la dignidad natural del ser humano y su reemplazo por políticas oficiales de violencia sistemática.

La costumbre de catalogar a los seres humanos como amigos o enemigos, y usar calificativos denigrantes para referirse a estos últimos, ha penetrado también las políticas internas de los Estados contemporáneos a comienzos del siglo XXI. La más obvia es la xenofobia que ha proliferado en los países de Occidente contra los inmigrantes procedentes de países percibidos como subdesarrollados. Un claro ejemplo fue el libro de un académico estadounidense, Samuel Huntington, publicado a principios del siglo, donde argumenta que la migración a Estados Unidos de personas procedentes de Latinoamérica (incluyendo a Puerto Rico) constituye un peligro inminente para la continuidad de la preservación de la cultura dominante anglosajona y, por lo tanto, para el bienestar del país. La solución, según el autor, es adoptar políticas que limiten el flujo migratorio y que permitan recurrir a la deportación selectiva. La hostilidad demostrada hacia inmigrantes dominicanos en Puerto Rico, lo cual ha desembocado en prácticas discriminatorias y abusos de poder por parte de agencias de Gobierno, testimonia la prolongación de este mal social

Pero también han proliferado actitudes hostiles arraigadas en prejuicios de clase, las cuales perciben, apoyadas por los cánones de la mentalidad neoliberal, que las políticas tradicionales de los servicios sociales del estado benefactor constituyen un desperdicio de los recursos públicos. Los menos pudientes, según esta mentalidad, son loosers (perdedores), incapaces de ser redimidos por las dádivas del estado benefactor. La política públicapolítica pública: conjunto de leyes y medidas adoptadas por el gobierno para regular los asuntos que afectan a la ciudadanía. de los Estados hoy día, según esta mentalidad, debe distinguir entre los ciudadanos meritorios y aquellos que están condenados, por la condición natural de su naturaleza, a una calidad de vida inferior. El escritor puertorriqueño Edgardo Rodríguez Juliá ha contribuido a acuñar el calificativo de guaynabitos a los que comparten esa denigrante postura de la derecha neoliberal (que en Estados Unidos se ha agrupado bajo el Tea Party del Partido Republicano). Rodríguez Juliá ha denunciando que la propagación de esta mentalidad clasista de nuevo cuño en los círculos empresariales, profesionales y políticos de Puerto Rico explica la adopción de políticas públicas retrógradas, lo cual redunda irremediablemente en la degradación de los valores morales (humanistas) y del Estado democrático constitucional.



Autor: Roberto Gándara Sánchez
Publicado: 11 de septiembre de 2014.

Version: 13010304 Rev. 1
¿Cómo citar este artículo?
Glosario
Ver Glosario