Gobierno / Los componentes del capital social
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El análisis del concepto de capital social, cuya literatura ha aumentado considerablemente durante los últimos años, establece diferencias entre distintos tipos de capital social y sus relativos efectos sobre el comportamiento de la economía de un país. Se distinguen, por ejemplo, dos modalidades principales: el capital social de enlace y el capital social de puente.

Capital social de enlace

El capital social de enlace se refiere a los vínculos normativos de grupos cerrados y círculos de confianza que establecen códigos identitarios en oposición a otros grupos. Ejemplo de ello son las agrupaciones militares, las fraternidades, los country clubs, las gangas urbanas, las asociaciones empresariales, profesionales y laborales y los grupos étnicos y los círculos políticos, entre otros. El capital social de enlace, en tanto refuerza tendencias etnocéntricas y sectarias, puede ser excluyente y tiende a ser adverso a la capacidad de erigir una sociedad más próspera, justa y solidaria. La confianza exclusiva en los grupos inmediatos y la desconfianza de otros también inhibe la creación de instituciones públicas confiables que medien las relaciones entre diferentes grupos.

Capital social de puente

Mientras el capital social de enlace concerta relaciones interpersonales en el círculo reducido de los conocidos, el capital social de puente facilita la interacción entre grupos plurales y presenta posibilidades de solidaridad funcional en la sociedad, expandiendo así el radio de acción cívica y económica. Se trata de un capital incluyente, de acceso a otros, con la capacidad de unir comunidades en acciones que promuevan el bienestar de todos. No obstante, este tipo de capital social precisa de instituciones públicas confiables para mediar las relaciones anónimas entre extraños; instituciones que hagan valer normas de confiabilidad entre personas que no pertenecen a la misma familia, club, oficio, gremiogremios: Asociación profesional formada por personas que comparten el mismo oficio, generalmente artesanos como carpinteros, zapateros, entre otros., secta, raza o grupo étnico.

Uno de los retos para el capital social de puente es el ambiente general de desconfianza ante las instituciones públicas. En una situación de capital social pobre, las instituciones suelen violar sus propias normas y reglamentos, creando un ambiente de incumplimiento cotidiano. Esta desconfianza tiene consecuencias directas sobre el comportamiento económico dado que aumenta el nivel de incertidumbre, que a su vez es causa de inestabilidad social. Cuando los símbolos de autoridad se corrompen, el ciudadano se desmoraliza, y cuando la confiabilidad está en juego, la prosperidad disminuye. El capital social de puente propone proveer estabilidad a las transacciones sociales y económicas a través de la convivencia ordenada por patrones de conducta compartidos y formalizados en instituciones operantes y confiables, públicas y privadas, que refuerzan el valor de la solidaridad.

También es importante notar el impacto del capital social sobre la implantación de políticas públicas efectivas. Una vez queda establecido que tanto el espacio público como la agenda política son propiedad y responsabilidad de los ciudadanos (y no de la clase política), estos primeros se encargarán de crear instituciones operativas a través de las cuales sus voces se hagan valer. En otras palabras, el compromiso ciudadano con las instituciones públicas que soslayan la autoridad política facilita la implantación de políticas públicas funcionales y beneficiosas para el desarrollo económico.

Capital social de acceso

Los mecanismos, las instituciones, la práctica y la normativa que usan los ciudadanos para comunicarse con la estructura de poder se agrupan bajo una variable del capital de puente denominado capital social de acceso o de eslabones. El capital social de acceso permite a los ciudadanos instruir a las instituciones de poder, tanto en el Gobierno como en la sociedad civil, sobre cómo decidir e implantar la agenda pública. En una sociedad verdaderamente democrática, el capital social de acceso abunda y está disponible a todos. Ese acceso general hace que las instituciones de poder sean más confiables, más predecibles y más respetadas.

El capital social requiere reemplazar la incertidumbre con la confiabilidad. Por esta razón, las instituciones mediadoras deben trascender los límites de confianza de los grupos cerrados para dar paso a un sentido generalizado de confiabilidad y credibilidad que solo obtendrán a través de la aplicación equitativa de las normas comunes a todos; deben propiciar un ambiente donde todos los ciudadanos conozcan las reglas de convivencia en la vida social y económica y donde se espera que sean aplicadas de forma ecuánime y anónima. Esta confianza es el mecanismo por el cual las instituciones podrán hacer valer sus acuerdos interrelacionales. Finalmente, el capital social de puente y de acceso despersonalizan las interacciones y alientan a recompensar el mérito anónimo, abriendo así oportunidades para la iniciativa y la innovación, sin dar lugar a favoritismos, corrupción y lealtades personales. Por el contrario, las prácticas de excepción tan valoradas por la mentalidad autoritaria constituyen un lastre que deprecia el capital social y denigra la calidad de vida.

En resumen, según el concepto de capital social, el progreso económico y social depende de la capacidad de concertación entre ciudadanos, primero dentro de su propia comunidad, luego de unas comunidades con otras y finalmente de su capacidad para, conjuntamente, crear y mantener alianzas con las estructuras de poder. La amplia aceptación de normas compartidas hace que el comportamiento público sea más predecible al reducir la incertidumbre, incentivar la toma de riesgos y aumentar la eficiencia económica.

Es harto conocido que uno de los componentes centrales del capitalismo es la presencia de un Estado de derecho que garantice tanto la integridad de la propiedad privada, como la aplicación universal de normas contractuales entre agentes sociales. Ningún ciudadano, por ejemplo, invertiría capital en una empresa o en una propiedad si pensara que esta puede ser incautada arbitrariamente por el Estado; o entraría en un acuerdo contractual con un tercero si no tuviera la garantía judicial (del Estado) de hacerlo cumplir. Asimismo, tampoco depositaría dinero en un banco si no supiera que la conducta de los bancos está reglamentada por el Estado para evitar la depredación. La confianza, en otras palabras no se basa en la suerte ni en las expectativas de buena fe, sino en la existencia de normas sociales confiables, formales e informales, sociales y estatales.

De modo que el Estado ejerce una función central en el desarrollo y la promoción del capital social. Dicho de otro modo, el capital social no es posible sin la función rectora del Estado (administrada por el Gobierno) y el ejercicio vigoroso de su responsabilidad social. Se trata de un nivel de confiabilidad en las relaciones humanas que trasciende los intereses privativos del capital y la lógica del mercado.



Autor: Roberto Gándara Sánchez
Publicado: 11 de septiembre de 2014.

Version: 13010303 Rev. 1
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