CARIBE / Estados Unidos y el Caribe
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Después de la Revolución americana de 1776, y el nacimiento de los Estados Unidos como república independiente, la política exterior de ese país estuvo marcada por dos tendencias fundamentales; aislacionismo y neutralidad. De estas experiencias tempranas emergió la política exterior de la nueva nación, plasmada en la doctrina Monroe de 1823. Esta era una política exterior claramente anexionista, y de un anexionismo clasificado como “de doble vía”: basada, por un lado, en la no intervención en asuntos europeos y, por otro lado, en la cero tolerancia a nuevas incursiones coloniales de países europeos en el continente americano. Más aún, durante la primera mitad del siglo XIX, la nueva nación estaba ocupada atendiendo otras prioridades nacionales de su política expansionista: la compra de Luisiana en 1803, de Florida 1819, y la anexión de territorios mexicanos después de 1848, bajo el Tratado de Guadalupe-Hidalgo. Las intervenciones de la nueva nación en América Latina y el Caribe se vieron reducidas al mínimo.


El giro de esta actitud de aislacionismo y neutralidad, al menos en lo que a la región del Caribe respecta, ocurrió en 1898, con la Guerra hispano cubana americana. Estados Unidos ganó la guerra, y obtuvo como botín de guerra las islas de Cuba y Puerto Rico. Con la llegada del siglo XX, el interés de Estados Unidos se vio acrecentado por los intereses económicos crecientes en la región, incluidos la defensa del canal de Panamá, inaugurado en 1914. Los Estados Unidos, en un intento por controlar la región y por prevenir la influencia extranjera o del comunismo, decidieron aplicar una solución militar a la defensa de sus intereses y de los intereses de las empresas norteamericanas en la región. La nueva política implantada por el presidente Teodoro Roosevelt, conocida como big stick diplomacy, implicó numerosas intervenciones y ocupaciones militares en la zona. Entre 1898 y 1934, el ejército de los EE. UU. ocupó militarmente media decena de países de la zona del Caribe: Panamá (1846), Honduras (1912), Nicaragua (de 1912 a 1933), México (1914, y luego de 1916 a 1917), Haití (1915 a 1934) y la República Dominicana (de 1916 a 1924). Además, el periodo incursionó con las llamadas guerras de las bananas (Banana Wars), durante 1934-1935, guerras que buscaba proteger los intereses de la United Fruit Company, que tenía importantes operaciones de azúcar, banana y café en toda la región.

Uno de los problemas centrales de la región era su inestabilidad política, la cual respondía al patrón de explotación de la clase trabajadora, que en el Caribe insular estaba mayormente compuesta de cortadores de la caña, y que convertía la zona en un hervidero de movimientos obreros. Los problemas con los obreros de la caña se dejaron sentir con fuerza a principios del siglo XX. La competencia con las plantaciones de azúcar del sur de los Estados Unido, así como el descubrimiento del azúcar de remolacha en Europa, y la llegada de la Gran Depresión del 1929, pusieron en crisis al mercado del azúcar de caña, con consecuencias catastróficas para las economías de la región caribeña, y particularmente para la clase trabajadora. Por tanto, en las primeras décadas del siglo XX, las economías caribeñas registraron los sueldos de los trabajadores más bajos de su historia, y miles de cortadores de caña y trabajadores agrícolas quedaron desplazados y desempleados. Sin ninguna fuente de trabajo alternativa que pudiera absorber una mano de obra no especializada y altamente empobrecida, las revueltas de los trabajadores se hicieron sentir por toda la región caribeña y centroamericana, y comenzaron a emerger líderes sindicales carismáticos, actuando en ocasiones bajo la bandera del nacionalismo o del antiamericanismo, o de la lucha de los negros. Surgieron líderes como Augusto César Sandino en Nicaragua, Pedro Albizu Campos en Puerto Rico o Tubal Uriah “Buzz” Butler en Trinidad y Tobago, por mencionar solo los más conocidos.

El campo estaba minado para una revolución comunista, que tardaría hasta después del fin de la Segunda Guerra Mundial en llegar: la Revolución cubana de 1959. La persistencia prolongada del Gobierno comunista en la isla de Cuba tuvo como efecto que la zona caribeña se transformara, en los años posteriores a la Revolución, en el campo de experimentación en el que se dirimirían los grandes debates ideológicos/económicos entre la izquierda y la derecha, o el socialismo y el capitalismo. Con la presencia en el espacio tan reducido de Puerto Rico y Cuba –el primero, un territorio no incorporado de los EE. UU., el país más capitalista del mundo; el último, el país con mayor intervención del Estado en asuntos económicos del mundo-, resultaba casi inevitable que la lucha ideológica se extendiera a lo largo y ancho de toda la región caribeña, y hasta el presente.

Los EE. UU., en respuesta a la Revolución cubana, decidió adoptar un giro en su política exterior hacia lo que se conoce como el dollar diplomacy. No tardaron en implementar proyectos de modernización dirigidos a adaptar las economías caribeñas a los nuevos mercados laborales, como lo fue la Operación Manos a la Obra en la isla de Puerto Rico. Se trató de un intento por efectuar una transición de una economía basada en la agricultura, a una basada en la manufactura, o en industrias como la aguja, atuneras, farmacéuticas e industrias de tecnología, con el fin de dar empleo a esa población obrera desempleada y susceptible a rebelarse.

Aun así, la década del setenta evidenció un resurgimiento de la ideología marxista-comunista en la región centroamericana y caribeña, así como el surgimiento de líderes procubanos en el Caribe y Centroamérica: Michael Manley y Edward Seaga in Jamaica, Maurice Bishop in Granada, pero más importante aún, el triunfo de la Revolución sandinista de Nicaragua en 1979, y el subsiguiente surgimiento del grupo guerrillero Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional (FMLN) en la vecina El Salvador a principios de la década del ochenta. Los EE. UU. mantenían un interés en contrarrestar la influencia cubano-soviética en la región, pero solo en ocasiones extremas utilizaron medios militares para alcanzar ese objetivo. Se adoptaron, por tanto, medidas económicas para combatir la pobreza y el desempleo, y como mecanismo de persuasión de su política antisoviética.






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Version: 12051004 Rev. 1
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