CARIBE / África y el Caribe
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Trata de esclavos en Cuba.
La cultura africana esta hondamente insertada en la historia moderna del Caribe, y comenzó con la adopción de una economía basada en la agricultura del azúcar, pero en la cual la producción se llevó a cabo imitando el sistema implantado por los portugueses en Brasil, conocido como el sistema de plantaciones. Bajo el sistema de plantaciones, la mano de obra la pusieron los negros africanos esclavizados. Se estima que entre 1650 y 1850 ingresaron en el Caribe unos 12 millones de africanos esclavizados.

Se trató de una experiencia traumática. Aunque existe un debate sobre el trato que recibían los esclavos en manos de ingleses, franceses, españoles o daneses, o de que los diferentes imperios daban un trato mas “benévolo” que otros, la realidad es que se trataba de un sistema totalitario, en que el mecanismo más utilizado por los negros para escapar de la opresión fue el suicidio. El suicidio fue el recurso de liberación más utilizado por los esclavos, por encima del cimarronaje o las rebeliones. La única revuelta de esclavos que salió exitosa en los más de 200 años que duró la esclavitud en el Caribe fue la Revolución haitiana de 1791-1804. Se trató, además, de una experiencia que dejó su huella bien marcada en el consciente colectivo de los descendientes de esclavos, aun hasta nuestros días.

En el periodo posterior a la abolición de la esclavitud, los dilemas de las poblaciones de descendencia africana en los países del Caribe insular fueron muchos. En términos generales, los exesclavos y sus descendientes se negaron a aceptar el trabajo en las plantaciones (aun a cambio de un sueldo), o cualquier tipo de trabajo que reprodujera las estructuras de relaciones de poder de las plantaciones, marcadas por el servilismo de los negros hacia los blancos. Los dueños de las plantaciones se vieron obligados, por ello, a importar trabajadores de otras regiones del mundo, en particular de China, la India, Indonesia, e incluso de áfrica, para suplir las necesidades de mano de obra en ese sector en que los negros se rehusaban a trabajar. Este hecho se constituyó, desde ese momento, como un problema económico (que quedó evidenciado en las altas tasas de desempleo y de participación laboral) con el que tuvieron que lidiar muchos de los territorios con altas poblaciones de negros africanos. Incluso, hasta el día de hoy, con el auge de la industria del turismo, la inserción de los negros en trabajos que conlleven servilismo hacia una población turística mayoritariamente blanca ha sido problemática; y, de hecho, esta ha sido una de las razones por la que los estudiosos del turismo han denominado a esta industria con el adjetivo de la “nueva plantación”.

Por otro lado, muchos de los territorios se encontraron con una disyuntiva: ¿cómo alcanzar una reconciliación nacional entre los negros y los no negros, o cómo integrar la herencia africana en la construcción de una identidad nacional? En este periodo, la experiencia del negro también resultó traumática, pues la experiencia de la esclavitud había logrado borrar toda huella de vínculos culturales con áfrica. Durante el periodo de la esclavitud, a los africanos les estuvo prohibido hablar su lengua nativa, practicar sus religiones nativas o mantener lazos de comunicación con sus familias en áfrica. En el periodo postesclavitud, a los descendientes africanos les resultaba imposible construir un árbol genealógico, o determinar de qué región o tribu africana ellos eran descendientes, o establecer un vínculo de identidad con áfrica que fuera más allá que el mero color de la piel. Se trataba de una sensación de vacío profundo el que no se les permitiera establecer la base de una identidad originaria. Se trató de una situación en la que la historia de los negros es, como la ha calificado el escritor Derek Walcott, un “naufragio en ruinas” (“shipwreck in ruins”). Más allá del color de la piel, los pocos vestigios de vínculos con la cultura ancestral africana que sobrevivió, de manera casi milagrosa e inexplicable, estuvo relacionada con la herencia musical y religiosa, aunque ya sincretizados o criollizados por la experiencia de la diáspora y el contacto con otras culturas. Sobrevivieron, de esa manera, religiones como el vudú en Haití o la santería en Cuba y Puerto Rico, que son religiones sincréticas que mezclan el cristianismo con elementos de religiones africanas. Sobrevivieron también tradiciones musicales relacionadas mayoritariamente con el toque del tambor, de donde emergieron fusiones con los bailes europeos de moda de la época, como el quadrille (cuadrilla), la contradanza, el vals o las mazurcas, que los esclavos integraran a sus tradiciones musicales, y de donde emergió toda una gama de géneros musicales y bailes sincréticos: incluidos el danzón, el son, el guaguancó, el mambo, el chachachá, el merengue, la bachata, el calipso e incluso el reguetón.

Por otro lado, con la abolición de la esclavitud, muchos de estos territorios (aun los que no habían alcanzado su independencia) comenzaron a desarrollar proyectos de construcción de una identidad nacional en los que sería indispensable (como no podía ser de otro modo) incorporar la herencia de la cultura africana. En las Antillas Mayores, las aportaciones de la cultura africana al imaginario nacional se concibieron de manera tímida, y casi exclusivamente como aportaciones a la música nacional. La excepción importante en este caso fue la República Dominicana, que a raíz de su lucha por la independencia de Haití, creó una identidad nacional en la que se negó toda herencia africana. La región que hoy conocemos como la República Dominicana (que comparte, junto con Haití, la isla de La Española), permaneció como parte de Haití después de la Revolución haitiana de 1803, pero se vio involucrada en una guerra con el Estado haitiano que condujo a su independencia en 1844. En la guerra de 1844, los independentistas dominicanos intentaron conseguir apoyo de otras naciones europeas y de los Estados Unidos, bajo el argumento de que se trataba de una guerra de blancos contra negros, o de la civilización contra la barbarie. De esta experiencia emergió un imaginario nacional en el que el elemento africano presente en la isla se había depositado exclusivamente en Haití, y que la región que hoy conocemos como la República Dominicana estaba compuesta principalmente por mestizos, cuyo color de piel oscuro respondía a la herencia indígena taína, y no a la herencia africana. Este hecho llevó al historiador haitiano Jean Price-Mars a declarar que los independentistas dominicanos padecían de un “bovarismo colectivo” (“bovarismo” aquí hace referencia al personaje de Madame Bovary en la novela de Gustave Flaubert del mismo nombre), pues se habían creído que no eran negros. En las Antillas Menores, por el contrario, la inmensa mayoría de la población es de descendencia africana, con lo cual el imaginario nacional se construyó sobre una fuerte base africana. Las únicas excepciones son los territorios como Trinidad y Tobago o Surinam, donde la inmigración de indios (de la India oriental, no amerindios) después de la abolición de la esclavitud creó un desequilibrio en la composición racial de la población, en la que el componente racial africano (en términos porcentuales) se vio reducido de manera significativa.






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