CARIBE / Pensamiento político, corrientes políticas e ideología política
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Fidel y otros combatientes celebran el triunfo de la revolución.
Pesa con fuerza sobre la historia política del Caribe, y del continente americano en general, la existencia de pensadores progresistas y revolucionarios, y de movimientos revolucionarios a lo largo y ancho de toda la región. El primer movimiento revolucionario en la región americana comenzó con la Revolución estadounidense de 1776, seguida por la Revolución haitiana de 1791, y más adelante por las luchas por la independencia en contra del Imperio español lideradas por Simón Bolívar en Venezuela a principios del siglo XIX; y más adelante, la Revolución mexicana de 1910, con figuras revolucionarias como álvaro Obregón, Francisco “Pancho” Villa, Venustiano Carranza o Emiliano Zapata. Se podrían añadir a esta lista las luchas lideradas por José Martí en Cuba a finales del XIX, o las lideradas por Augusto César Sandino en Nicaragua a principios del XX, o la Revolución cubana de mediados de ese mismo siglo. Durante la segunda mitad del siglo XX, la actividad revolucionaria no será menor, y la zona evidenciará movimientos revolucionarios en Nicaragua con el Frente Revolucionario Sandinista (FRS); en El Salvador con el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN); en Chiapas, México con el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), liderada por el mítico subcomandante Marcos; en Colombia con las Fuerza Armada Revolucionaria de Colombia (FARC); y más reciente aún, en Venezuela con la Revolución bolivariana liderada por Hugo Chávez. La región es, sin duda, un hervidero de ideas políticas revolucionarias.

La región también ha estado fuertemente marcada por la presencia de gobiernos totalitarios (y en muchos casos en forma de dinastías) en el periodo posterior a la independencia, y son numerosas las dictaduras que han surgido en la región durante gran parte de la historia del siglo XX: Fulgencio Batista en Cuba (1952-1959); la dinastía de los Duvalier en Haití (François “Papa Doc” Duvalier de 1964 a 1971 y Jean-Claude “Baby Doc” Duvalier de 1971 a 1986); Manuel A. Noriega en Panamá (1983-1989); o Rafael Leonidas Trujillo en República Dominicana (1930-1961); la cadena de dictadores militares de ideología fascista que gobernaron Guatemala desde 1970 hasta 1986, desde el coronel Carlos Manuel Arana Osorio (1970-1974) hasta José Efraín Ríos Montt (1982-1983) y óscar Humberto Mejía Victores (1983-1986); o la dinastía de los Somoza en Nicaragua (Anastasio Somoza García de 1950 a 1956 y Luis Somoza Debayle de 1956 a 1963). A estos les podemos añadir los múltiples sistemas unipartidistas de la región, o sistemas en los que, aunque en teoría existe más de un partido, solo uno de ellos se mantiene en el poder de manera casi indefinida. En Trinidad y Tobago, por ejemplo, el People’s National Movement permaneció en el poder de 1956 a 1986. En Antigua, el Antigua Labour Party se ha mantenido de manera casi exclusiva en el poder desde 1951. En San Cristóbal y Nieves, el Saint Kitts and Nevis Labour Party no ha perdido unas elecciones desde 1962. Y en Granada, el Granada United Labour Party se mantuvo en el poder de 1951 a 1979, año en que Maurice Bishop lideró un coupe de etat marxista. En Cuba, la dinastía de los hermanos Fidel y Raúl Castro ha gobernado desde 1959 de manera ininterrumpida.

El ambiente político de la zona también ha estado fuertemente marcado por las numerosas intervenciones del Gobierno de los Estados Unidos en la zona. Desde 1823, la política exterior de los EE. UU. hacia la región caribeña estaba motivada por un celo sobre las intervenciones de los Gobiernos europeos en los asuntos de gobierno de los países en América, y la idea de que “América es solo para los americanos” estaba recogida en la doctrina Monroe, atribuida a James Monroe en el año 1823. La doctrina Monroe se presentaba, por tanto, como una defensa de los procesos de independencia de los países sudamericanos. Asimismo, y en plena consonancia con la doctrina Monroe, el presidente Teodoro Roosevelt introdujo un corolario a la doctrina Monroe conocido como la doctrina del gran garrote (big stick diplomacy, la cual pasó a formar parte de la política exterior estadounidense de principios del siglo XX. La frase fue tomada de un proverbio del áfrica occidental que decía: "habla suavemente y lleva un gran garrote, así llegarás lejos" (speak softly and carry a big stick, you will go far). En la práctica, la doctrina Monroe y la política del gran garrote significaron en un sinnúmero de intervenciones del Gobierno norteamericano en la región caribeña, tanto en forma de intervenciones militares o de misiones especiales de la Agencia Central de Inteligencia norteamericana (CIA). El cambio de política inaugurado por el presidente Franklin Delano Roosevelt en 1933, bajo el nombre de la política del buen vecino, implicó de facto una mayor intervención en la región a través de la financiación de sus guardias nacionales locales. El numero de intervenciones de EE. UU. en los asuntos políticos de los países caribeños a lo largo del siglo XX es extensa: Honduras (1903, 1907, 1911, 1919, 1924-1925, 1982-1990, 2009), República Dominicana (1903-1904, 1914, 1916-1924, 1965-1966), Cuba (1898-1902, 1906-1909, 1912, 1917-1933, 1961, 1962), Nicaragua (1907, 1910, 1912-1933, 1981-1990), Panamá (1908, 1912, 1918-1920, 1921, 1925, 1958, 1964, 1989), México (1912, 1913, 1914-1918), Haití (1914-1934, 1994-1995, 2004-al presente), Guatemala (1920, 1954, 1966-1967), Costa Rica (1921), El Salvador (1932, 1981-1992), Puerto Rico (1950), Granada (1983-1984), y Venezuela (2002). Entre estas destacan las ocupaciones militares de Nicaragua por un periodo de 20 años (1912-1933), la de Haití por 19 años (1914-1934), la de República Dominicana por 8 años (1916-1924) o la de Cuba por 16 años (1917-1933). Aparte de las intervenciones militares o de inteligencia, el Gobierno estadounidense también ha mantenido una fuerte presencia militar en la zona a través de múltiples bases navales y aéreas estratégicamente localizadas en relación con el canal de Panamá: la base de Soto Cano en Palmerola, Honduras; la base de Guantánamo en Cuba; la base aérea de Coolidge (Coolidge Airfield) en la isla de Antigua; la base AUTEC (“Centro Submarino Atlántico de Pruebas y Evaluaciones”, o Atlantic Undersea Test and Evaluation Center, AUTEC por sus siglas en inglés) en las islas Andros, de las Bahamas; o la Waller Arforce Base en Trinidad y Tobago (1940-1949). Se añaden a estas, las aproximadamente 25 bases militares que en diferentes momentos del siglo XX los Estados Unidos han mantenido en la isla de Puerto Rico, entre las cuales destacan la Ramey Air Force Base en Aguadilla, la Roosevelt Roads Naval Station en Ceiba junto con la Atlantic Fleet Weapons Training Facility en Vieques (hasta 2003), y el Fuerte Buchanan en San Juan. En época más reciente, y como parte de la lucha contra el narcotráfico en la región, el ejército norteamericano también mantiene personal militar permanente en las bases de Queen Beatrice en Aruba y de Hatos en Curazao. La militarización evidente de la zona ha contribuido grandemente a crear un ambiente de crispación en la región, y provee el contexto general en el que se desarrolla el pensamiento político caribeño. Muchos científicos sociales también han apuntado, aparte de la militarización de la zona, hacia la existencia de una cultura política pancaribeña altamente personalista, autoritaria, intransigente, y que refleja poca experiencia democrática, y han tomado este hecho como uno de los múltiples causantes de este ambiente de crispación y efervescencia política constante en la región.






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