CARIBE / Historia económica del caribe: un panorama general
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Durante la época colonial temprana, desde la llegada de Colón hasta finales del siglo XVII, las economías del Caribe estaban basadas en la extracción de minerales, principalmente el oro y la plata, utilizando para ello mano de obra indígena. Ya desde el primer viaje de Colón se evidencia un interés por el oro, las joyas y los adornos corporales en oro de los indígenas , así como las aseveraciones de los indígenas de que había una ciudad de oro en Tierra Firme, la mítica ciudad de El Dorado, lo que aseguró el continuo financiamiento de la colonización de la región. Las recién descubiertas y colonizadas islas y territorios eran vistos como fuentes de riquezas para satisfacer las empobrecidas arcas de la Corona española. Durante principios del siglo XVI, el descubrimiento de la plata en México, y posteriormente del oro en Perú, tuvo como efecto un olvido de las islas caribeñas, cuyo único valor residía en su posición geográfica estratégica, a mitad del camino entre Tierra Firme y España. No hay que olvidar que la extracción del oro era igual de complicada que su transporte hacia España, y las islas del Caribe se convirtieron en bastiones militares para salvaguardar la seguridad de los navíos cargados de oro y plata que se dirigían hacia España, como evidencian las dos grandes fortalezas construidas en esta época en las islas de Cuba y Puerto Rico. Al margen de las actividades militares relacionadas con el transporte del oro y la plata, la piratería y el contrabando constituían mecanismos de comercio habituales entre una clase altamente corrupta que incluía militares, gobernantes, contrabandistas de todas las islas y nacionalidades, y criollos en busca de fortuna. 



A pesar de que España reclamaba exclusividad en los nuevos territorios descubiertos, la incapacidad de hacer cumplir su voluntad en la zona caribeña por medios militares hizo que centraran sus esfuerzos en las islas de mayor tamaño, como Cuba, La Española, Jamaica, Puerto Rico y Trinidad. Así, mientras España mantenía un control sobre las Antillas Mayores y Trinidad, las islas más pequeñas fueron pronto conquistadas por otros imperios europeos, comenzando con la colonización de los británicos de Bermuda en el siglo XVII. Los británicos luego conquistaron St. Kitts en 1623, Barbados en 1627, Nevis en 1628, Antigua en 1632, Montserrat en 1632, Anguila en 1650 y Tortola en 1672. Los franceses tomaron las partes francesas de St. Kitts en 1625, Guadalupe en 1635, Martinica en 1635, San Martín en 1648, San Bartolomé en 1648, Santa Cruz en 1650, Santa Lucía en 1643, Granada en 1649, Dominica en 1715 y San Vicente en 1719. Los holandeses, por su parte, colonizaron las islas de Saba, San Maarten, San Eustaquio, Curazao, Bonaire, Aruba, Tobago, Santa Cruz, Tortola, Anegada, Virgen Gorda y Anguila. Los daneses, finalmente, tomaron las islas de Santo Tomás, Santa Cruz y St. John, en el siglo XVII. En todas estas islas, y siguiendo el modelo implantado por los portugueses en el sur de Brasil, se dedicaron a la siembra de productos agrícolas: tabaco desde época muy temprana, azúcar desde principios del siglo XVI y café desde el boom del café de la década del 1860 en adelante. Las economías caribeñas, por tanto, estuvieron estrechamente atadas durante este periodo a las crecientes demandas en los mercados europeos por lo que el antropólogo Marshall Sahlins ha llamado “drogas blandas” (softdrugs) al café, azúcar, tabaco, especias o té, entre otras. Para mediados del siglo XVIII, el producto de mayor importación en Inglaterra era el azúcar. Dada la ausencia de mano de obra indígena, el azúcar que se producía en estas islas caribeñas imitaba el modelo de las plantaciones de esclavos establecidas por los portugueses en el norte de Brasil, y se nutría de un mercado de esclavos africanos. Se calcula que alrededor de 20 millones de esclavos africanos fueron transportados al Caribe para trabajar en las plantaciones de azúcar.


La industria del azúcar bajo el modelo de las plantaciones de esclavos comenzó a decaer a partir de la Revolución haitiana en 1791 y la amenaza de la rebelión de los esclavos comenzaron a hacer menos atractiva, ante los ojos de los dueños de las plantaciones, la viabilidad del sistema. Surgió, por primera vez, la amenaza de que una rebelión similar a la acontecida en Haití podría repetirse en cualquier otra isla, y el plan explicito de los revolucionarios haitianos era respaldar y promover otras rebeliones en otras islas. En cualquier caso, con la abolición de la trata de esclavos, la deseabilidad del sistema se vio nuevamente afectada. Los precios de los esclavos se incrementaron grandemente, y probablemente llevaron la inviabilidad del sistema de producción en su conjunto. El sistema colapsó con la abolición de la esclavitud, durante el siglo XIX, pero las condiciones que condujeron a los imperios europeos a abolir la esclavitud fueron, en parte, promovidas por intereses económicos. Existe, de hecho, un debate sobre las verdaderas causas detrás de la abolición de la esclavitud. La versión oficial es que fue el avance moral de las sociedades europeas lo que condujo a la abolición de la esclavitud bajo los principios liberales de la igualdad de todos los seres humanos o el auge de las ideas jacobinas de la Revolución francesa. Pero, según el economista caribeño Eric Eustace Williams, la verdadera razón se encontraba en los intereses económicos. Su tesis es que la esclavitud se abolió en el momento en que resultaba menos onerosa la contratación de mano de obra libre que la continuidad del sistema de esclavos. 

















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