CARIBE / Las revistas literarias: cónclaves de los intelectuales caribeños
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Para muchos intelectuales y escritores, el periodismo literario y cultural podría ser ese primer territorio de experimentación creativa. En dicho territorio, el ejercicio de la palabra encuentra sus tácticas y modela su estilo. Por ese motivo, no es de extrañar que muchos de los escritores hayan catapultado su carrera de dicha manera.

En el Caribe, ese fenómeno definitivamente no ha sido la excepción. En las fronteras de muchas de sus revistas literarias, los intelectuales caribeños han hallado un resonante campo de expresión. Entre 1930 y 1950, varias revistas caribeñas proveyeron un hogar, tanto para aquellos autores que comenzaban a ser conocidos internacionalmente, como para los hacedores de la palabra que estaban más establecidos. Con ese espíritu, el periodismo literario es el espacio ideal para cultivar la realidad con guiños de ficción junto al ensayo, la novela, el cuento y otros géneros de la literatura.

El análisis de las revistas literarias que aglomeran o aglomeraron a los intelectuales del Caribe requiere considerar la diversidad lingüística de la región y las variadas situaciones políticas que oscilan entre la independencia, los territorios, las federaciones y la colonia. Así las cosas, en la década del cuarenta emergieron tres proyectos editoriales que sentaron las pautas de un florecimiento de la literatura antillana.

Previo a repasar esas publicaciones, es prudente mirar los esfuerzos y las lecciones que varias revistas literarias legaron en el contexto caribeño. En Jamaica, y de la mano de su fundador y editor, el novelista Herbert George de Lisser, la revista Planters’ Punch (1920-1944) sentó las bases para atraer una lectoría popular a la producción novelística local y para mostrarle a la sociedad la validez del oficio del escritor.

Sin embargo, más allá de ser recordada como una publicación que aunó una diversidad de voces, H.G. de Lisser utilizó esta plataforma anual para plasmar varios de sus trabajos literarios. De esa forma, novelas como The Rivals y Myrtle and Money se publicaron por entregas en Planters’ Punch.

Por otro lado, las publicaciones Trinidad (1929-1930) y The Beacon (1931-1933; 1939), en Trinidad, tuvieron como común denominador las figuras de C. L. R. James y Alfred Mendes –en la primera publicación como editores, en la segunda como colaboradores del editor, el político y escritor trinitense Albert Gomes– y la presencia del cuento y la poesía como retratos del contexto cultural del momento. En dichas revistas, autores como Ralph de Boissière publicaron sus primeros escritos. Dichos intelectuales, mediante el Beacon Group y, particularmente, la revista The Beacon, descargaron un discurso anticolonial que capturó los descontentos que imperaban en la época. No es de extrañar que dicha revista fuera víctima de múltiples presiones de la Iglesia y el Gobierno, además de recibir la oposición de la comunidad comercial, según la autobiografía de Gomes, Through a Maze of Colour.

Tres pioneras en lengua inglesa

La literatura, anclada en la realidad y la historia, halló en la revista semestral Bim (1942- ) un espacio de reflexión. Publicada en Barbados y editada por el artista barbadense Frank Collymore –hasta su muerte en 1980–, la más longeva de las revistas literarias del Caribe tuvo su fundación entre el Young Men’s Progressive Club of Barbados. Las páginas de esta laureada publicación fueron testigos de los inicios de la vida literaria de un abanico de los escritores anglocaribeños más relevantes de la segunda mitad del siglo XX. El escritor barbadense George Lamming, el novelista guyanés Edgar Mittelholzer, el autor santalucense Derek Walcott, el periodista y escritor jamaiquino Roger Mais, el autor guyanés Arthur J. Seymour –quien luego lanzaría la revista literaria Kyk-Over-Al y el escritor trinitense Samuel Selvon fueron algunos de los colaboradores más resonantes de Bim.

Por otro lado, la escultora Edna Manley fue la responsable de la revista Focus (1943, 1948, 1956 y 1960). Las páginas de esta publicación jamaiquina se transformaron en el remanso de una multiplicidad de voces jóvenes como los autores jamaiquinos Michael Garfield Smith, George Campbell, K.E. Ingram y el canadiense asentado en Jamaica, H.D. Carberry. A su vez, Focus publicó cuentos de John Hearne, Roger Mais, Vic Reid y Philip Sherlock.

Kyk-Over-Al (1945- ) fue una publicación literaria fundada por A. J. Seymour en la Guayana Británica (hoy la nación independiente de Guyana). Editada por Ian McDonald, la revista acogió los escritos de autores claves de la región caribeña tales como Derek Walcott, Martin Carter, Sheik Sadeek, Edgar Mittelholzer, J.A.V. Bourne y Wilson Harris, a quien la reina Isabel II le concedió en 2010 el título de caballero. Cabe señalar que en el 1995, Kyk-Over-Al celebró 50 años de existencia; un logro titánico para una revista de base y espíritu literario.

El tesoro lingüístico de la literatura antillana

En el Curazao de 1940, la revista literaria De Stoep (1940-1951) irrumpió en las letras de la mano de su fundador Chris J.H. Engels y los coeditores Frits J. van der Molen y Hendrick de Wit. Entre los contribuidores que configuraban las páginas de dicha publicación, quienes escribían mayormente en holandés, estaban los antillanos René de Rooy, Silvio (Tip) Marugg y Oda Blinder.

De otra parte, el papiamento, tan intrínseco a las islas de Bonaire, Curazao y Aruba, también estuvo asociado al desarrollo del periodismo literario. De hecho, el cultivo del papiamento en la revista Ruku (1969-1971) encaminó que el idioma se tornara en otra manifestación de la literatura por medio de figuras como el editor de dicha publicación, el autor curazaleño Frank E. Martinus.

Cuba, por su lado, ha hilvanado una extensa tradición de revistas literarias a lo largo del tiempo, con ciertos casos que revelan historias que merecen estudio y moldean ejemplos. Una de esas publicaciones con palpable trayectoria fue la revista creada por el poeta, novelista y ensayista cubano José Lezama Lima, Orígenes (1944-1956). Y es que en sus confines editoriales se enlazó una de las generaciones más brillantes de la literatura cubana del siglo XX. Lezama Lima también fue el responsable del grupo literario del mismo nombre que la revista, en el cual figuraron cubanos claves como el poeta y novelista Cintio Vitier, la poeta Fina García Marruz, el escritor Gastón Baquero y el dramaturgo y narrador Virgilio Piñera.

Entre los intelectuales que animaron dicha revista, cuya periodicidad era cada tres meses, estuvieron el poeta y escritor cubano Eliseo Diego y el artista plástico cubano Wifredo Lam, en las ilustraciones. Asimismo, el espectro de los cómplices en Orígenes se extendió sin freno ya que en el génesis de la publicación, el codirector de la revista, el crítico y editor cubano José Rodríguez Feo –quien luego abandonaría la revista– se sirvió de su preparación académica en la Universidad de Princeton en Nueva Jersey y sus viajes para obtener colaboraciones de distinguidos autores como el anglo-estadounidense T. S. Eliot, el mexicano Carlos Fuentes y los españoles Juan Ramón Jiménez y Pedro Salinas.

Cuentos, crítica teatral y literaria, poemas, trabajos sobre artes plásticas, estética y música hicieron una constante aparición en el “taller renacentista” de Orígenes, como lo denominaría Lezama Lima. Además, colaboraron en las páginas de la mencionada publicación el novelista cubano Alejo Carpentier, el filósofo francés nacido en Argelia, Albert Camus, el poeta y crítico español Luis Cernuda, el poeta francés Paul éluard y el escritor mexicano Octavio Paz.

La Revolución cubana en el 1959 dejó, entre otras herencias, la revista de letras e ideas Casa de las Américas (1960-al presente). Fundada por la política Haydee Santamaría, la conocida revista –conocida usualmente como Casa emergió como un portavoz o un “órgano” de la conocida institución cultural homónima, según reza su página cibernética. Aunque se creó con una frecuencia bimestral, hoy día la revista cubana hace su aparición trimestralmente. En su extensa vida, algunos de los colaboradores que tornaron a Casa de las Américas en un cónclave intelectual –como autores o como miembros del comité de redacción–fueron el poeta cubano Nicolás Guillén, la escritora cubana nacida en París, Graziella Pogolotti,
el autor uruguayo Mario Benedetti, el poeta cubano Roberto Fernández Retamar, el escritor argentino Julio Cortázar, el novelista cubano Alejo Carpentier, el escritor argentino Ernesto Sábato y el autor peruano Mario Vargas Llosa, entre otros.

La revista cubana Unión (1962-al presente) es otra publicación que surge de una organización, en este caso, la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), la cual fuera fundada en el 1961 por Nicolás Guillén. La codirección de dicha publicación, entre el 1962 y el 1964, fue un junte de avanzada compuesto por el poeta cubano Roberto Fernández Retamar, Nicolás Guillén, Alejo Carpentier y José Rodríguez Feo. Con el transcurrir del tiempo, nombres como Eliseo Diego y Heberto Padilla se vieron ligados a dicha publicación.

Desde sus primeros números, Unión se ha dedicado a publicar cuentos, capítulos de novelas y fragmentos de piezas teatrales, crítica literaria, música, artes plásticas, cine, y la interminable fuente de actividades culturales como obras de teatro, exposiciones, discursos, homenajes, entrevistas, conversatorios, etc.

Por otra parte, la República Dominicana se ha servido a través de las décadas de un ambicioso trayecto de revistas literarias que han tejido incontables contribuciones a la sociedad dominicana. Cuna de América (1903), Ateneo (1910), Revista X (1925), La Poesía Sorprendida (1943) y Revista Dominicana Quincenal (1959) son muestra de las variadas publicaciones entregadas a la literatura, estando algunas asociadas a grupos literarios.

Dirigida por el periodista venezolano Horacio Blanco Fombona, la revista Bahoruco, cuya circulación fue de 1930 a 1936, incluyó en sus páginas los primeros cuentos del laureado escritor dominicano Juan Bosch, cuando este regresara de Europa en el 1931. Otro caso importante de las letras dominicanas fue el de la revista literaria Yelidá (1986) dirigida por el filósofo Antonio Fernández Spencer. Entre sus colaboradores cabe destacar al poeta y ensayista Armando Almánzar Botello, al redactor Víctor Mármol, al comentarista literario Abil Peralta Agüero y los autores Manuel Núñez, Tony Raful, Danilo Lasosé y Diógenes Céspedes, entre otras destacadas plumas.

Y en Puerto Rico

Las mujeres tuvieron un papel resonante en el desarrollo de las revistas literarias de Puerto Rico, a la luz de las revistas Zona de Carga y Descarga (1972-1975) –fundada por las escritoras Rosario Ferré y Olga Nolla–, Asomante (1945-1970) y Sin nombre (1970-1985) –ambas fundadas y dirigidas por la autora y abogada Nilita Vientós Gastón–. En el caso de Zona de Carga y Descarga, hacedores de la palabra de la talla de Manuel Ramos Otero, Arcadio Díaz Quiñones, Emilio Díaz Valcárcel, Vanessa Droz, José Luis González, Pedro Pietri y Aurea María Sotomayor, entre otras voces, configuraron un verdadero mosaico narrativo.

Asomante, de otra parte, tuvo a su haber la publicación de trabajos de René Marqués y Luis Rafael Sánchez, mientras les dio voz a las intelectuales Margot Arce de Vázquez, Concha Meléndez y María Teresa Babín como sus críticas de literatura. Esta publicación trimestral también acogió y publicó trabajos de Abelardo Díaz Alfaro, Francisco Matos Paoli y Pedro Juan Soto, por mencionar algunos de los autores puertorriqueños que gozaron del mencionado campo de exploración literaria.

La propuesta editorial de este “little magazine” –como se le conoce a las revistas literarias– era un combate férreo al insularismo intelectual y cultural de Puerto Rico, sin adentrarse en una posición política. Esto pese a que Vientós Gastón y algunos de los colaboradores nunca escondieron su defensa por la independencia de la isla. La apertura al mundo hispanoparlante nunca cesó en Asomante, incluso antes de salir su primer número, pues el poeta español Pedro Salinas contribuyó al nombre y a la fundación de la publicación. De hecho, el hispanista Leo Spitzer, el español Jorge Guillén y el mexicano Alfonso Reyes serían algunas de esas voces que hallarían en esta revista un territorio que ansiaba y respetaba su creación.

El silencio le llegó a esta revista por un pleito legal debido a diferencias editoriales con la Asociación de Graduadas de la Universidad de Puerto Rico (quienes costeaban los gastos de Asomante). Pese a ello, la revista continuó su vida mediante la publicación de Sin nombre. Entre ambas –abarcando todos los géneros literarios y dándole espacio a la traducción de grandes autores del momento–, el escritor puertorriqueño pudo publicar para ser leído en Puerto Rico y en el extranjero.



Autor: Carmen Graciela Díaz
Publicado: 12 de marzo de 2012.

Version: 12020424 Rev. 1
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