CARIBE / Arqueología e historia de la esclavitud cubana
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Existen fuentes documentales que datan del inicio de la colonización, en el siglo XVI, que acreditan la llegada de negros esclavos al Caribe y en especial, a Cuba. La misma desgracia une en un comienzo al indio y al negro, y se considera que los primeros cimarrones y los iniciales palenques no fueron negros sino indios. La fuente arqueológica posee un indudable valor y utilidad, permitiendo un aporte transformador e información de incalculable valor, como por ejemplo, el patrón habitacional de los esclavos, los rituales funerarios en el siglo XIX, los diferentes objetos personales que diariamente acostumbraban a tener consigo y los que usaban al momento de la muerte.

Cuando el colonizador logró establecerse en el Nuevo Mundo, utilizó primero la encomienda, la cual en un principio le dio buenos resultados, pero más tarde concentraron a los indios en las llamadas experiencias indias, que al pasar del tiempo se convirtieron en pueblos de indios, algunos de los cuales han devenido poblaciones como son Jiguaní, en la actual provincia de Gramma; el Caney, en la provincia de Santiago de Cuba; y Guanabacoa, en la provincia de La Habana.

En la provincia de Holguín existe un sitio arqueológico llamado el Yayal, del cual queda solo su capa antropogénica. En las múltiples excavaciones del lugar se han exhumado una serie de objetos que fueron parte de la vida cotidiana de sus habitantes (tanto de indios como de españoles), donde se puede observar la simbiosis que debió originarse en la convivencia de estos.

En su gran mayoría, los negros esclavos de origen africano que llegaron desde los primeros momentos del siglo XVI, se ubicaron en la servidumbre, pernoctando con sus amos en las casas de vivienda urbana o rural, tal vez en áreas aledañas a estas. También es lógico pensar que pudieron convivir en los caseríos indígenas de la época, ya que posteriormente utilizaron el mismo emplazamiento en su patrón habitacional.

En años posteriores, a medida que fue creciendo la población negra, surgieron los conucos, pequeña parcela que se le proporcionaba al esclavo dentro de la propiedad rural, donde emplazaba su bohío, tal vez con alguna siembra para su autoconsumo y algunos animales. Estos conucos formaban a veces caseríos que tomaban similitudes con los emplazamientos de la población originaria. La casa del negro esclavo tomó el nombre de bohío y el área central de concentración, batey.

A finales del siglo XVIII, con el auge azucarero, hubo tres etapas en el patrón habitacional de los negros esclavos, reflejándose en el trabajo arqueológico, tanto en las haciendas cafetaleras como en las azucareras. En un principio, el amo ubicaba a su esclavo en un área determinada de la finca y estos se situaban generalmente dejando plazas en el centro de un grupo de viviendas. El sistema de vigilancia era efectivo entonces; puede observarse esto en la reconstrucción del cafetal La Isabelica, construido en la Gran Piedra, en Santiago de Cuba.

Otro momento diferente en el asentamiento de los esclavos en las haciendas para el esplendor azucarero de finales del XVIII y XIX se debió al aumento de la dotación. A consecuencia de esto, se necesitó más vigilancia y una redistribución de las viviendas, ya que en ese momento se dieron orientaciones en el trazado de la planta de la fábrica de azúcar. Es por esta razón que los bohíos de los esclavos se ubican en forma de U, con una plaza rectangular delantera y cerrada, con el bohío mayor en uno de los extremos, y desde el cual se controlaba la “negrada”, forma despectiva con que se referían a los esclavos.

A partir de 1830, volvió a cambiar el estatus de los esclavos, implantándose en el occidente de la isla el barracón cerrado o barracón de patio, construido de cal y canto, erigido de forma cuadrangular, con un patio central y cuarterías dispuestas a su alrededor, a los cuales también se les llamaba bohíos. En este barracón se optimiza la posibilidad de vigilancia. Para el historiador cubano Manuel Moreno Fraginals, el barracón fue el máximo símbolo de la barbarie esclavista, un baluarte de piedra que se convirtió en una verdadera cárcel.

Concurrían varias disposiciones que exigían dimensiones y características determinadas en la construcción de estos edificios. El tamaño de alojamiento interior del esclavo, según lo dictamina el Reglamento de esclavos promulgado en 1842, indica que debía tener proporciones muy definidas. También existían reglas muy precisas y definidas para la fabricación de este tipo de viviendas, sobre todo criterios muy oportunos sobre la protección de la propiedad que estos inmuebles contenían, o sea, la vigilancia de los negros de la dotación que se encontraba en su interior. Se tomaba en cuenta la ubicación de las puertas en el edificio, particularmente, la puerta principal, que se sugiere fuera la única (aunque el barracón del ingenio Taoro no se ciñe a dichos consejos, ya que poseía dos puertas principales y delanteras, una para la entrada de los esclavos y otra para el trasiego de carros y el personal adjunto que convivía en el lugar). Estas edificaciones, solían tener entre 60 y 100 cuartos, más divisiones interiores; su aspecto interior era uniforme y parejo como una gran caja, de paredes lisas y estucadas del color de la cal, y por lo general, con un segundo piso en su fachada, generalmente de madera, para la vivienda del contramayoral.

Según las investigaciones de Pérez de la Riva, los barracones construidos en los ingenios del oriente de Cuba pueden haber sido únicos en su especie, ya que no hay similares en el resto del Caribe, Venezuela ni Estados Unidos de Norteamérica, y que constituían un conjunto de chozas o pequeñas viviendas, donde pernoctaban los esclavos a la usanza inicial. Algo similar fue la senzala brasilera, edificación para esclavos, que nunca llegó a tener las proporciones del barracón cubano.

Aun en el occidente del país, donde siempre fueron más comunes, no todos los ingenios tenían barracón. Del trabajo arqueológico realizado en el barracón de Juragua se pudo inferir que esta casa de azúcar tenía alrededor de 60 habitaciones, llamadas bohíos, y su tamaño aproximado era de 2 metros por 3 metros. Tenía una letrina interior situada al lado suroeste de aproximadamente 4 metros por 5 metros, quedando fuera de la línea de construcción de los cuartos. Al noroeste estaba el aljibe con una capacidad aproximada de 14,000 galones de agua potable y se llenaba a partir de la recogida de agua de los cobertizos interiores y el sistema de canales de toma de agua de lluvia.

El trabajo arqueológico efectuado en el lugar se realizó en diferentes etapas, realizándose inicialmente una exploración exhaustiva y la delimitación de los espacios a partir de la zapata. Se efectuaron posteriormente pozos de prueba así como excavaciones de áreas específicas del inmueble. De estas excavaciones fue exhumada una cantidad apreciable de objetos pertenecientes a la vida cotidiana de los moradores de este barracón, tales como pipas de fumar del siglo XIX, cuentas de collares, ollas de cocina, cerámica o loza industrial del siglo XIX posiblemente europea, cristal, botellas de vidrio, entre otros materiales.

Generalmente anexado a este conglomerado industrial azucarero, se encontraba el cementerio de esclavos. En 1970, por primera vez en Cuba, y posiblemente en el Caribe, se llevaron a cabo excavaciones arqueológicas sistemáticas y controladas en un cementerio de esclavos en el ingenio Taoro, las cuales forman parte de un conjunto de trabajos realizados por la Academia de Ciencias de Cuba. Se exhumó una gran cantidad de huesos, también se encontraron unas cuantas docenas de dientes humanos, entre los que se encontraron varios desgastados en forma cónica, clásicos del áfrica subsahariana. Otros hallazgos encontrados fueron diez esqueletos que no guardaban relación ni ordenamiento. De esto se deduce la arbitrariedad que primaba en el lugar al efectuarse el sepelio, ya que colocaban al cadáver en un hueco sin orden alguno; enterraban una persona en un espacio y al tiempo, colocaban otra encima, o en parte del nicho anterior, ocupado por otra osamenta. La profundidad de los entierros era prácticamente a flor de tierra, contando que el área no había sido removida posteriormente.

Se pudo constatar que la gran mayoría de los entierros habían sido sin cajas, posiblemente envueltos en sus propias mantas. En muchos casos se les mantenía la ropa propia de los esclavos y en algunos casos se enterraban con sus abalorios y atributos religiosos. Muchos de los artefactos encontrados, evidencian que casi la totalidad de los enterrados eran africanos; en un solo caso se encontró un asiático.

Por medio de la arqueología también se estudian los palenques o lugares de asentamiento de los esclavos huidos. Eran lugares intrincados en el monte donde el ranchero y sus perros no pudieran encontrarlos. Estos lugares fueron investigados principalmente por Gabino La Rosa, en el oriente de Cuba, y por Enrique Alonso en la sierra de los órganos, en el occidente de Cuba. De estas investigaciones se han encontrado calderos de metal, ollas de barro burdo y abalorios rituales de diferentes formas, objetos, que sin lugar a dudas, acompañaron la precaria vida del esclavo prófugo.

La arqueología brinda una luz sobre la vida cotidiana del esclavo y, muy en especial, su patrón habitacional, tanto en los primeros momentos de la colonización como hasta el apogeo esclavista del siglo XIX, muy en especial con los barracones y los cementerios en ingenios cubanos. También la información acopiada y el estudio de sus objetos de uso personal, en algunos casos asociados a sus creencias, son elementos valiosos de mucha actualidad, que atestiguan la diversidad cultural de los pueblos, en el pasado y en el presente.



Autor: Zahira Cruz
Publicado: 2 de marzo de 2012.

Version: 12020405 Rev. 1
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