CARIBE / Adaptación del angelito o baquiné: ejemplo del sincretismo mágico-religioso en torno al ritual de la muerte en el Caribe y Puerto Rico
Galería Multimedios
Galería Audio Galería Vídeo Galería Imágenes     Agrandar y/o Reducir Texto Envíe a un Amigo Versión Imprimir Acceso Universal Ayuda Página oficial de la Fundación Puertorriqueña de las Humanidades.

English version
El Velorio, pintura de Francisco Oller.
Desde el mismo momento en que la racionalidad fue atributo del hombre, la muerte se convirtió en su preocupación fundamental. Diferentes culturas en áfrica, Asia, Europa y América se hicieron múltiples preguntas en torno a la muerte y al enfrentarse al mismo interrogante elaboraron diferentes y complejas creencias que gradualmente fueron evolucionando hasta convertirse en conceptos filosóficos y en complejos rituales mágico-religiosos.

También, en los comienzos, el hombre había buscado una explicación para sus sueños ya que no concebían que el cuerpo estando dormido en un lugar fijo pudiera transportarse a otros lugares y en diferentes situaciones físicas. Los hombres de diversas razas y culturas llegaron a poder explicar el fenómeno mediante la creencia, generalizada entre los pueblos aborígenes, de que el hombre era la combinación armónica de un cuerpo físico mortal y de un ente abstracto, etéreo y muy difícil de definir, que la civilización occidental ha llamado alma. Esta dualidad de cuerpo, en donde el cuerpo es mortal y el alma inmortal, ha sido el elemento fundamental en la formación de las creencias mágico-religiosas.

La relación entre cuerpo y alma fue interpretada de diversas maneras entre los pueblos primigenios. Para algunos, había que conservar el cuerpo para que el alma subsistiera, como en el caso de los egipcios y sus momias, mientras que para otros, el cuerpo era perecedero y fugaz y no era necesario para la subsistencia del alma.

América es el continente donde la integración racial y cultural se ha manifestado con mayor rapidez, fuerza e intensidad. Representantes de las tres grandes razas de la humanidad, con sus diferentes creencias y manifestaciones culturales, se fundieron para crear un verdadero Nuevo Mundo en el que se puede observar el rico sincretismo, producto de dicho mestizaje. En el Caribe se manifiesta el fenómeno con mayor claridad en las creencias y prácticas mágico-religiosas de la masa popular.

Existe una costumbre que gira alrededor de la muerte y de la vida ulterior y que es compartida con varios pueblos de América. Con ella se manifiestan las creencias de las diversas culturas que han contribuido a nuestra formación. Estas creencias se han integrado armónicamente, a la vez que se han adaptado a las nuevas funciones y prácticas de la sociedad. Una de ellas es aquella originada en la antiquísima creencia, común en los pueblos del Cercano Oriente, de los “ángeles” de origen terrestre. En los primeros años del cristianismo ya esta creencia sirvió para explicar el destino de los niños que morían antes de la edad en que podían haber contraído, responsablemente, algún pecado. La más antigua referencia a la creencia cristiana de que los niños que morían no debían ser despedidos con pena, pues no debían ser considerados como pecadores ya que no los cubría el pecado original, se manifiesta en el siglo II.

De la preocupación por la suerte que a los niños habría de tocar en una vida ulterior, surgieron las diversas creencias y rituales, elaborados a través de los siglos y en diversas regiones. Las creencias de los aborígenes de América, por ejemplo de los taínos, en torno a la muerte no eran del todo contrarias a las que trajeron los conquistadores españoles. Este hecho facilitó el que mediante un gradual y espontáneo sincretismo, pudieran subsistir en la población mestiza algunas de las creencias y prácticas religiosas indígenas.

Los entierros de los niños indígenas en recipientes de barro, como los encontrados en diferentes regiones de América, presuponen un respeto por el cuerpo mortal y una creencia de que una nueva vida le esperaba al niño muerto. Los indígenas como los taínos, según documentó el cronista fray Ramón PanéFray Ramón Pané: Estudió la religión y creencias de los Indios por encomienda de Cristóbal Colón. Aprendió a hablar la lengua indígena. Vivió mayormente en la isla de la Española. (principal fuente para el conocimiento de las creencias mágico-religiosas de los taínos antillanos) creían que el mundo de ultratumba era más feliz que el terrenal y a menudo, cuando la Conquista los estaba haciendo padecer grandes sufrimientos, optaban por suicidarse sin temor alguno.

En el caso de los indios, al igual que entre las culturas africanas, se creía que en la vida de ultratumba el espíritu tenía necesidades análogas a las de la vida terrenal, por lo cual, en muchos casos, se engalanaban los cadáveres con adornos corporales y se depositaban alimentos junto a ellos.

España, crisol de antiguas culturas donde se fundieron creencias religiosas grecolatinas y judaico-cristianas con las que desde el norte de áfrica llevaron a la península los árabes musulmanes y sus esclavos negros de creencias animistas, llegó a América con un vasto complejo mágico-religioso en el que la muerte y la vida de ultratumba tuvieron también un importante lugar. En la España de los conquistadores se miraba con desprecio la corta vida terrenal, considerada como un mero paso para prepararse para la vida eterna. Este concepto tan arraigado en el hombre medieval europeo, y en especial en el español, permite entender el desprecio y la poca importancia que los conquistadores dieron a la vida terrenal del indio, ya que la principal preocupación era salvarle el alma, hacerle posible la vida eterna.

España, más que ninguna otra nación católica de Europa, había acogido la antigua creencia cristiana respecto a la muerte de los niños inocentes y elaborado un complejo ritual para sus funerales. La muerte por martirio también era exaltada como medio para alcanzar la bienaventuranza eterna. La nota predominante del funeral de los niños no podría ser otra sino el regocijo. Sus almas liberadas de las adversidades e infortunios de la vida terrenal ascenderían inmediatamente al cielo para estar siempre como ángeles en compañía del Señor. El regocijo con el que se habría de aceptar la muerte del niño fue haciéndose cada vez más manifiesto y festivo. Bien temprano, la Iglesia católica estableció reglas y pautas para las exequias y los entierros de los niños inocentes. El sacerdote que oficiaría estaría de blanco y las campanas de las iglesias, al repicar durante el entierro, habrían de hacerlo de manera festiva y no con los tristes repiques de muerte que se tocaban para los adultos.

Estas tradiciones religiosas pasaron a América con los conquistadores españoles y portugueses, junto con el concepto de la muerte de los niños inocentes. En América, la mortandad infantil seguía siendo mayor que en España. A su vez, la vida ardua y peligrosa que vivían los colonizadores en tierras extrañas les hacía desear con mayor ansiedad la distracción proporcionada por las celebraciones de carácter festivo. La muerte de sus hijos pequeños les habría de ofrecer tal oportunidad. Es esta una de las explicaciones para entender la razón por la cual, mientras en España la costumbre del velorio del angelito casi ha desaparecido, en la América hispana ha prevalecido entre los grupos más marginados y desamparados.

Las comunidades indígenas que sufrieron el impacto de la cultura española, los africanos y los mestizos producto de la fusión de las razas al percatarse de que la celebración de la antigua costumbre española del velorio del angelito no era contraria a las suyas, la adoptaron e incorporaron a sus propias tradiciones. Fue así como la celebración del velorio del angelito se difundió por toda América, penetrando poblados indígenas en las selvas del continente. En el Caribe, el ritual ha sido observado con mayor frecuencia en las sociedades negras de las Antillas Mayores, así como en la isla de Trinidad, en Venezuela, Colombia y en otras regiones geográficas donde la población negra era dominante. Esta situación y el hecho de que en algunas de estas comunidades se conoce el ritual por un nombre de origen africano, baquiné o baquiní, han dado lugar a que muchos hayan creído es una costumbre africana trasladada a América por los negros. En varias lenguas del áfrica occidental, la raíz 'ba' está asociada con el niño. El vocablo se ha recogido en la República Dominicana, Cuba y Jamaica. El ritual se ha reportado en Argentina, Bolivia, Perú, Colombia, Ecuador, Brasil, Venezuela, Costa Rica, Panamá, Guatemala, Chile y México. En Puerto Rico, el ritual recibió los nombres de velorio del angelito, baquiné, baquiní, quiniván o florón, dependiendo de la región. También variaba la edad que debía tener el niño muerto para que se considerara un angelito y se le celebrara el correspondiente velorio.

En las comunidades en que se celebraba el ritual hasta hace años, siempre había algunas personas que gozaban de reputación como conocedoras especiales de la costumbre y se les recurría para que se encargaran de organizar y dirigir el velorio. Casi siempre se trataba de hombres de edad avanzada caracterizados por su locuacidad y sentido del humor y se les llamaba “maestro del velorio”. Los baquinés de la costa recuerdan al griot del áfrica occidental, quien al narrar los cuentos asumía la personalidad de los personajes. Los padres o familiares más cercanos vestían al niño con una camisa blanca, que podía ser azul o rosa, de acuerdo al sexo del niño. Lo vestían con medias blancas sin zapatos. Antiguamente se le colocaban unas alas hechas de cartón o papel crepé. Se peinaba y adornaba con flores. Le enrojecían los labios y las mejillas y en ocasiones embalsamaban el cadáver para extender el velorio. El niño, una vez preparado, era colocado sobre una mesa ubicada en el centro de la habitación principal de la sala cubierta con un mantel blanco y adornada con muchas flores. Los familiares y amigos contribuían en la celebración del velorio con golosinas y bebidas. Sobre los padres y los padrinos de la criatura recaía principalmente el hacer que el velorio resultara lo más rico posible en obsequios, especialmente en ron. Los días y las noches del velorio festejaba todo el vecindario. Los asistentes tomaban asiento alrededor de la mesa donde yacía el cuerpo del niño, junto a la cual se situaba la persona que habría de actuar como animador o “maestro del velorio”. Iniciaba este la reunión e invitaba a todos a jugar y cantar en homenaje al “angelito”. Muchos de los asistentes traían instrumentos musicales para acompañar las canciones. Tan pronto había suficientes asistentes comenzaban los cánticos, dirigidos por el maestro. Algunas canciones describían la preocupación de los padres durante la enfermedad del niño y los esfuerzos que habían hecho por salvarlo con recetas de la medicina popular. En otras ocasiones, se pedía al niño que intercediera ante Dios por sus familiares. El consuelo de la madre era el tema de otras canciones de gran belleza poética.

Además de las canciones, los juegos y los chistes, otro importante aspecto del baquiné —especialmente en aquellas comunidades de la población principalmente negra— era la de los “cuentos cantaos”. Estos eran cuentos, con frecuencia de origen africano, que tenían un estribillo que cantaban, repetidamente, los asistentes. Los estribillos cantados, por lo general, tenían frases en lenguas africanas, cuyo significado ya desconocían los participantes, pero junto a los cuentos habían quedado en la tradición oral. En el entierro, generalmente, no se cantaba. Los participantes marchaban precedidos de dos filas de niñitos vestidos de blanco quienes portaban flores. Luego, venía el ataúd, cargado por niños mayores o adultos, excepto cuando se trataba de un recién nacido. En este caso, era cargado por el padre en su propia cabeza. El entierro se hacía sin ceremonia, ni cantos ni rezos por tratarse de un ángel. Los gastos del entierro corrían por cuenta del padre o el padrino.

El velorio del angelito es un magnífico ejemplo del armonioso sincretismo mágico-religioso que ha tenido efecto en América, especialmente en el Caribe y específicamente en Puerto Rico. Si bien ha desaparecido por los cambios socioeconómicos que ha sufrido la isla, así como por la influencia protestante que condena la celebración como expresión pagana, el ritual ha servido para conservar las “cuentos cantaos”, una de las mejores expresiones de la literatura oral negra en Puerto Rico, y ha sido tema que ha servido de inspiración a escritores y artistas.



Autor: Zahira Cruz
Publicado: 23 de julio de 2012.

Version: 12020404 Rev. 1
¿Cómo citar este artículo?