CARIBE / María Lionza: una espiritualidad de la afrohispano-indianidad en Venezuela
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Indiscutiblemente, los procesos de la cultura de resistencia de los sectores históricamente más oprimidos, tanto de los afrosubsaharianos como de los aborígenes, jugaron un papel determinante para la construcción de un modelo cultural en América Latina.


A partir del 12 de octubre de 1492, se inició la primera globalización perversa de la humanidad conocida como el descubrimiento de América. Este hecho estuvo marcado por un terrible genocidio en el “Nuevo Mundo” y un despoblamiento de áfrica para repoblar a las Américas y al Caribe. Doce millones de aborígenes fueron exterminados, según fray Bartolomé de las Casas en su Brevísima Relación de la destrucción de las Indias. Más de veinte millones de afrosubsaharianos fueron secuestrados y reimplantados en el Nuevo Mundo.

Esta situación, marcada por la imposición de un modelo cultural occidental que intentó arrasar por completo con los diversos y complejos modelos culturales afroindígenas, tuvo como respuestas el “cimarronaje”, es decir todas aquellas formas de lucha que utilizaron los oprimidos, en situación de esclavizados, para intentar preservar sus distintas lenguas, prácticas sociales, tecnológicas, cosmogónicas, culturales y, sobre todo, espirituales. Se trataba de asumir la cultura como resistencia frente al opresor. La cultura de resistencia es entendida como un proceso dinámico donde los elementos culturales originales se opusieron a su desaparición compulsivamente planificada por las autoridades religiosas, militares y gubernamentales coloniales. No debe entenderse como oposición al enriquecimiento provocado por el contacto con otras culturas. Debe entenderse como la posibilidad de complementarse dignamente con las otras culturas en una relación horizontal, de respeto y comprensión, de moldeamiento mutuo, provocando por esta vía nuevos resultados a través de proceso de transformación continua para lograr y convivir en nuevos escenarios.

Es dentro de este marco conceptual que vamos a abordar la espiritualidad de María Lionza, quien es el resultado de la interrelación de las simbologías religiosas de origen indígena, hispánico y afrosubsaharianos, de ahí que la hemos llamado afrohispanoindígena. No existe, por el momento, un acuerdo entre historiadores, antropólogos y etnólogos sobre el origen de esta espiritualidad. Sin embargo, se considera que su origen etnohistórico tuvo su punto de partida con la rebelión del Negro Miguel, en las minas de oro de Buria (estado Yaracuy, Venezuela) el 22 de diciembre de 1552. Este africano había sido esclavizado en Puerto Rico y luego fue trasladado a la pobre provincia de Venezuela. Esta fue una de las primeras rebeliones que hicieron los africanos y sus descendientes en tierra firme, ya que la primera se había realizado en Santo Domingo contra Diego Colón (1522). Miguel se opuso al trabajo forzado a que eran sometidos él y sus hermanos, y en el mes de diciembre de 1552, se alzó, asesinando a los españoles y uniéndose con los indígenas jirahara, pertenecientes a la gran familia de indios caribe. Se autoproclamó rey Miguel, a su mujer la proclamó princesa y a su hijo príncipe. Posteriormente, arremetió contra el ejército español y el rey Miguel fue asesinado en combate, al igual que su hijo, los jiraharas y sus compañeros. Guiomar, que era el nombre de su mujer, logró escapar; desapareció silenciosamente. Con el tiempo, los indígenas comenzaron a verla montada en una onza, con su cabellera larga, pues por la descripción era indígena. Luego desapareció. De nuevo aparecía a orillas de ríos y quebradas. Su sitio especial de aparición era en las montañas del Sorte del estado Yaracuy. Las aguas de las quebradas de las montañas fueron consideradas “benditas” y es precisamente allí donde comienza el origen a la veneración espiritual a María Lionza. Tal vez el cambio de nombre de Guiomar por María se debe a que tanto los indígenas como los africanos y sus descendientes cristianizados trasladaron a ella la imagen de la Virgen María, de ahí el nombre de María Lionza.

María Lionza es religión y religiosidad, es una institución, pero también es muy libre en el sentido de pertenencia, es decir, que quien quiera practicar el marialioncerismo, no necesariamente tiene que estar atado a un santuario. En ese sentido, Martín Baró tiene razón cuando dice: “Conviene, ante todo establecer una distinción entre la religión como institución social y la religión como experiencia personal… entenderemos por religión todas aquellas creencias, sentimientos y comportamientos referidos a un ser supremo, mediante las cuales los grupos y personas tratan de responder a los interrogantes últimos sobre el sentido de la vida y de la muerte… y por religiosidad entenderemos las diversas formas concretas como los grupos y personas viven la religión… las representaciones religiosas se refieren a todas aquellas creencias y símbolos propios de una confesión o fe mediante los cuales las personas interpretan su vida y su realidad”.

La práctica espiritual a María Lionza es una expresión religiosa afrohispanoindígena con tres elementos esenciales: adivinación, posesión y curanderismo. Según Nelly García de Gavidia: “Estos conforman un haz de relaciones que hace imposible la existencia de uno sin hacer referencia a los otros dos. La globalidad de la situación es la que le confiere eficacia a los tres rituales. A través de estos tres aspectos del culto, se obtiene una secuencia de prácticas y creencias que les sirven a los creyentes para explicar las relaciones entre el hombre y la naturaleza; permitirles el dominio simbólico de estas con el recurso a las fuerzas espirituales; explicar las relaciones entre los hombres mismos, y ubicarse en el presente”. De los trabajos de campo que se han realizado sobre el culto a María Lionza en diferentes sitios de Venezuela como Sorte (Yaracuy), Maracay (estado Aragua), Caracas (Distrito Federal) y Barlovento, se ha observado que el carácter de la posesión es una condición imprescindible en toda aquella persona que crea en María Lionza. Esta posesión puede ocurrir frente al altar, es decir, en el santuario donde están las imágenes de los diferentes santos que conforma el panteón marialioncero o simplemente puede una persona, ya iniciada, caer en posesión caminando, o sentada. Pero antes de caer en posesión, el creyente debe pasar por un proceso de trance.

El trance, según Nelly García de Gavidia, se caracteriza por una manifiesta falta de respuesta al contexto, en una concentración aparente de la atención en algo profundo del interior del “Yo” o algo exterior, lejano en el cosmos. Además, su duración puede ser de minutos u horas. Su comienzo es brusco, salvaje, posteriormente, a través de los rituales de iniciación, se socializa. Durante el trance, la persona padece de amnesia total, no recuerda nada de lo que hizo. El trance es el momento del desorden, es el caos y esto abarca a todos los participantes del culto porque hay mayor libertad, les permite liberar emociones que en otros momentos de la vida cotidiana no son capaces de expresar por mantener un celoso control del cuerpo, un enmascaramiento que va mas allá de los músculos faciales, pero en el trance se cae esa máscara.






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