CARIBE / Cimarronaje
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Ilustración de un esclavo cimarrón.
Hasta la Paz de Utrecht en 1713, existían en alternada armonía y discordia dos tipos generales de sociedades en las colonias europeas del Caribe. La primera estaba compuesta por la bulliciosa y violenta sociedad de colonos, prósperos hacendados, oficiales exasperados, esclavos adoloridos, comerciantes y hombres libres de color. Esta era la clase de los verdaderos colonizadores, eran los que aceptan las regulaciones, reglas e intervenciones de la metrópolis y se subscribían a los distintos niveles de la integridad política del sistema imperial. El segundo tipo social generado por el considerable flujo sociopolítico de los tiempos era un abigarrado grupo de individuos, comúnmente considerados “fronterizos”. Este grupo se componía de las organizadas comunidades de cimarrones, o esclavos fugitivos, y de la desafiante colectividad apátrida de los bucaneros. Estos grupos no eran en primera instancia una amenaza para el establecimiento organizado de la sociedad, sino que representaban una alternativa temporera a la estructura social colonial.

El cimarronaje fue la más exitosa alternativa de organización de la sociedad colonial europea. Nacido de la resistencia esclava, fue esencialmente una comunidad de africanos que escaparon individual y colectivamente de las plantaciones y las haciendas de sus patrones en la búsqueda de su libertad, siguiendo una tradición que ya había sido establecida por los indígenas. La palabra “cimarrón” fue usada por primera vez para referirse al ganado que se embravecía en el primer intento de colonización española en la isla de la Española. Luego, los españoles transfirieron el término a los indios esclavos que se fugaban, y finalmente a sus sucesores africanos. El cimarronaje se convirtió en una intrínseca dimensión de la esclavitud americana, perdurable tanto como la propia institución esclavista.

La sociedad de plantación americana identificó dos formas de resistencia esclava. La primera consistía en una deserción temporera de esclavos individuales. Este escape denominado como petit marronage (pequeño cimarronaje), reflejaba una fuerte inclinación personal por parte del esclavo de resistirse a la labor, procrastinar, desafiar al amo o a una regla, o de visitar amigos o familiares sin la debida autorización. El petit marronage era castigado con menos severidad que otras infracciones a las regulaciones locales u otros patrones de comportamiento que atentaban contra el orden social. La otra forma de resistencia, el gran marronage, constituía un gran intento organizado de establecer comunidades autónomas, social y políticamente independientes de la enclave colonial europea. Este patrón de conducta era potencialmente subversivo contra todo el complejo socioeconómico de la vida colonial. Dichas comunidades, mayormente conocidas como palenques en las colonias españolas y maroon towns en las colonias inglesas, no solo sobrevivían por considerables periodos de tiempo, sino que también representaron la expresión negativa de los africanos y afroamericanos sobre la situación en la que ellos se encontraban. Bandos organizados de cimarrones prevalecieron por siglos en Jamaica.

A pesar de las terribles condiciones de desventaja en las que trabajaban y convivían los cimarrones, es sorprendente la gran cantidad de comunidades que sobrevivieron por largos periodos de tiempo y usualmente en cercana proximidad a las plantaciones. Al parecer, la supervivencia se logró, entre otras cosas, gracias a la naturaleza de su organización social y la localización física de las comunidades.

Las villas cimarronas estaban predominantemente compuestas por adultos de cuerpos fortalecidos, como bien describe Bryan Edwards, un plantador jamaiquino. Señala que el modo de vida y el día a día del cimarrón, indudablemente fortalecieron y perfeccionaron su cuerpo. Eran de movimientos ágiles con músculos prominentes y fuertemente marcados.

El liderazgo pareció haber sido determinado por habilidades políticas y militares, y uno de los líderes cimarrones jamaiquinos fue una mujer formidable llamada Nanny. Igual que en el resto de la institución esclavista, en las comunidades cimarronas predominaba la presencia masculina, pero según se iba estabilizando la comunidad, el desequilibrio de sexos se ajustó por sí mismo. Los líderes más exitosos combinaron roles religiosos con sus posiciones políticas, así reforzando su autoridad sobre sus seguidores. Para el siglo XVIII, muchos líderes fueron rígidos, autoritarios y en ocasiones crueles. Los nuevos integrantes de estas comunidades debían ser probados; los desertores y espías eran brutalmente asesinados.

La seguridad era la preocupación constante en las villas cimarronas. Todas las villas exitosas en el Caribe dependieron, al menos al principio, de su relativa inaccesibilidad. Se encontraban localizadas estratégicamente en la densidad forestal de sierra Maestra al este de Cuba, Cockpit Country al oeste de Jamaica y en Blue Mountains al este de Jamaica, en las cordilleras de Santo Domingo y en el deshabitado interior de las islas pequeñas. En las ciudades o las islas muy pequeñas o de geografía no apta para el escondite, el petit marronage era la orden del día.

Debido a las desfavorables condiciones del medio ambiente, solo las comunidades cimarronas más fuertes y sólidas sobrevivieron. Hambruna, mala nutrición, disentería y envenenamiento accidental por plantas fueron los principales factores que atacaron y destruyeron las comunidades. Además de que en Cuba y Jamaica los colonos empleaban perros entrenados para cazar cimarrones. A pesar de los riesgos, las comunidades cimarronas reclutaron y adiestraron a los suficientes hombres para desafiar las autoridades locales, hacer guerras y asegurar sus propio tratados de paz, como sucedió en Jamaica en 1739 y 1795.

El éxito del cimarronaje requería la cooperación de esclavos y otros benefactores. De esta manera se aseguraban armas de fuego, herramientas, utensilios y en algunos casos, comida para establecer sus comunidades y adentrarse en el bosque. No solo los cimarrones urbanos, sino que una gran cantidad de cimarrones rurales desarrollaron gradualmente una relación semisimbiótica con la sociedad de la que habían obtenido el apoyo y a la vez, revocado su estatus servil. Desafortunadamente, dicha semisimbiosis fue letal para la integridad, distinción cultural y vitalidad de la existencia cimarrona. Una vez los cimarrones tuvieron éxito en ganar reconocimiento legal o cuasi legal, su estructura, organización interna, método de reclutamiento y actitudes políticas sucumbieron en cambios significativos. En los tratados que firmaron aceptaron concesiones de territorio severamente limitado. También obtuvieron un estatus legal, pero el precio que pagaron fue la entrega de algunos poderes y controles internos. Hubo prácticas que restringieron el tamaño físico de las comunidades; prácticas tales como no permitir adscribir nuevamente al grupo a los esclavos fugitivos. Refiriéndose a estos tratados firmados por los cimarrones jamaiquinos, apunta Richard Price en su introducción a Maroon Societies: rebel slave communities in the Americas, fueron los mismos tratados que les permitieron comprar, vender y poseer cantidades sustanciales de esclavos, cazar nuevos fugitivos por un precio, y de esta manera, ganar el odio de mucha de la población esclava.

Las comunidades cimarronas, al aceptar el control legal externo sobre los aspectos básicos de sus vidas, se hicieron más daño que bien. Gradualmente se fueron haciendo virtualmente indistinguibles de sus vecinas comunidades esclavas. En fin, a la larga, los cimarrones terminaron incapaces de sobrellevar las limitaciones y las contradicciones internas de un estado dentro del Estado.



Autor: Zahira Cruz
Publicado: 2 de mayo de 2012.

Version: 12013004 Rev. 1
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