CARIBE / Azúcar y esclavitud en el siglo XVII
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Compraventa de esclavos en La Habana, 1837.
II. El comercio esclavista

La esclavitud era conocida en toda el áfrica subsahariana y el áfrica mediterránea antes de la llegada de los europeos. Sin embargo, estaba vinculada, principalmente, al trabajo doméstico y otros quehaceres sin mayor resonancia socioeconómica. Por lo que la esclavitud en áfrica no era una institución de la magnitud e importancia a la que llegó a ostentar en las Américas. En general, los esclavos solían ser prisioneros de guerra, criminales o esclavizados por endeudamiento. Sin dejar de ser una privación intolerable para todo aquel que la experimentó, la esclavitud en áfrica jamás se asemejó a las deplorables condiciones y a los vejámenes a los cuales fueron sometidos millones de entes en el Caribe.

Empero, el desplazamiento de seres humanos hacia las plantaciones del Caribe requería de una logística y organización sin precedentes en la historia de la humanidad. La demanda de mano de obra en la pequeña, pero fundacional isla de Barbados a mediado del siglo XVII provocó una carrera para satisfacer las necesidades de la colonia en el Caribe. Luego de varios intentos fallidos, The Royal Company of Africa se instituyó en 1672 para suplir con africanos esclavizados a las colonias británicas en el Caribe. La demanda de esclavos por parte de las colonias, sin embargo, era mayor a la oferta que la compañía podía proveer. En 1698, el parlamento inglés permitió el traslado de los esclavos africanos hacia las Américas por manos privadas, siempre y cuando pagasen un impuesto a la Royal Company of Africa.

La participación francesa no se hizo esperar. En 1664 el Gobierno francés, bajo el mando del ministro de finanzas Jean-Babtiste Colbert, estableció la Compagnie des Indes Occidentales. Aunque este intento de monopolización por parte del Gobierno francés —en contra de muchos de los mismos propietarios y plantadores en la Américas— no rindió los frutos económicos esperados, fue antesala a la mayor participación de Francia en el comercio esclavista y azucarero durante el siglo XVIII, cuando Saint Domingue se convirtió en el mayor exportador de azúcar del mundo.

La experiencia de Barbados fue fundamental para el consecuente crecimiento y expansión de la economía de plantación en todo el Caribe. El siglo XVIII fue un siglo de expansión económica y explotación humana. Los principales comerciantes esclavistas lo fueron los reinos de Inglaterra, Francia y Portugal. Paul Lovejoy estima que entre 1701 a 1801 los ingleses transportaron unas 2,532,300 almas hacia el Nuevo Mundo. Por otra parte, el comercio esclavista entre franceses y portugueses acarreó cerca de tres millones de africanos hacia los territorios americanos. El comercio transatlántico durante el siglo XVIII trajo esclavos de varias regiones de acuerdo a la disponibilidad y a otros factores políticos y sociales de las regiones. Robin Blackburn estima que del total de 6,132,900 esclavos importados, un 40% provino del oeste de áfrica central, otro 40% provino de los golfos de Benín y Biáfra, 15% de la Costa de Oro (Ghana), Sierra Leona y Senegambia.

El intercambio entre africanos, europeos y sus colonias caribeñas se conoció como el comercio triangular. El éxito comercial esclavista de Inglaterra, Francia y Portugal se encontró vinculado a la disponibilidad de bienes de consumo europeos que se pudieran canjear en las costas africanas, una marina mercante eficiente que pudiera transportar esclavos hacia América, y azúcar y productos tropicales de vuelta a Europa, donde comenzaba nuevamente el ciclo del comercio triangular.

Inevitablemente, los costos humanos del tráfico de esclavos africanos a las Américas fueron incalculables. Los índices de mortalidad, especialmente durante el viaje transatlántico, oscilaban entre un 8% a un 18% dependiendo del lugar del embarque, las condiciones de salubridad en las naves, el valor nutricional de los alimentos y la extensión del viaje entre áfrica y América. La racionalidad económica de los comerciantes de esclavos les obligaba a responsabilizarse por el estado de salud de su mercancía. Sin embargo, los barcos negreros durante la primera mitad del siglo XVIII siguieron siendo focos de enfermedades mortales como la disentería, las varicelas o el sarampión que cobraron miles de vidas. Blackburn estima que unos 23 millones de africanos capturados durante el siglo X y VIII perecieron antes de tocar suelo americano.

II. El trabajo esclavo y la estratificación social

En las sociedades de plantación con mano de obra esclava coexistían una multiplicidad de ocupaciones y labores que determinaban las condiciones o el estatus en la sociedad. Esta estratificación, aun dentro de las limitaciones de libertad intrínseca a la esclavitud, estaba compuesta por los esclavos domésticos, diestros y de campo. Además, la ocupación no era el único factor de influencia en la jerarquía de los esclavos. La gradación de color y los rasgos fenotípicos también estaban atados al estatus que ostentaban los esclavos dentro de la sociedad. Los mulatos o pardos tendían a tener mejores oportunidades de manumisión y cierto grado de libertad o autonomía que no les era permitido a los recién esclavos bozales llegados directamente de áfrica.

Una gran mayoría de los esclavos domésticos eran esclavas mulatas atadas al quehacer cotidiano del cuidado y de las exigencias de su amo. Estas tendían a ser nodrizas, cocineras, lavanderas o eran requeridas por sus amos para cualquier otra faena doméstica. En ocasiones, la relación que se entablaba entre los amos y estos esclavos era más estrecha y personal que, por ejemplo, con los esclavos de campo. Los amos procuraban y exigían la continua presencia de sus esclavos domésticos en caso de necesitarlos para cualquier nimiedad o melindre, apartándolos de congeniar con otros esclavos de su misma condición e inclusive de su propia parentela.

Los esclavos diestros (carpinteros, albañiles, sastres) eran muy solicitados por la economía que se desarrolló a partir del complejo agroexportador. La demanda de estos esclavos les permitía cierto grado de libertad, al ser, por ejemplo, contratados en otras plantaciones o pueblos. Asimismo, disfrutaban de arreglos económicos con sus amos que les permitían ser remunerados por su trabajo. De hecho, en muchas ocasiones, el dinero obtenido de estos arreglos les posibilitaba su manumisión o la compra de su libertad, oportunidad casi imposible para los esclavos de campo.

La gran mayoría de africanos traídos al Caribe trabajaron como esclavos de campo. Estos se encontraban en el escalafón más bajo de la estratificación social y eran la columna vertebral de las plantaciones azucareras del Caribe. La producción del dulce de caña requería de una óptima organización del trabajo esclavo. Los esclavos eran colocados en grupos de acuerdo a su fortaleza física, su experiencia y las necesidades de plantación. Así, los más hábiles y fuertes solían trabajar de sol a sol en la corta y traslado de la caña a los molinos para ser procesada. Otros estaban destinados a la corta de la leña para el mantenimiento de las calderas donde era procesada la caña. Mientras otros se encargaban del ganado. Las ocupaciones y posibilidades de una mejor calidad de vida entre los esclavos, al igual que para el resto de la sociedad, eran definidas jerárquicamente. Los esclavos nacidos en América, por ejemplo, tendían a gozar de mejores oportunidades de coartación y a desempeñarse en trabajos menos severos y peligrosos que los esclavos bozales traídos de áfrica.

Las sociedades de plantación suponían un orden ideal y una rigidez social que pocas veces se logró mantener con éxito. En la gran mayoría de las islas surgió la comunidad de negros y mulatos libres, que en su mayoría respondió a la mezcla entre europeos y esclavos africanos. En términos demográficos, la población negra y mulata libre varió entre las colonias caribeñas dependiendo del grado de intensificación de la producción de la caña de azúcar. En Jamaica representaba un 10.2% al finalizar el siglo XVIII, mientras que en Saint Domingue, representaba un mero 5.3% al inicio de la Revolución de 1791. A pesar de las diferencias entre las colonias, Franklin Knight subraya que este segmento de la población estaba compuesto principalmente por mujeres que residían en zonas predominantemente urbanas y que se autodiferenciaban del sector esclavo.

Los privilegios y limitaciones de los negros y mulatos variaban de colonia en colonia. En Jamaica, por ejemplo, este grupo de la población logró obtener legalmente casi los mismos privilegios que los blancos gozaban; mientras que en las colonias francesas, las limitaciones eran mayores. En términos generales, aunque libres, a los miembros de este grupo no les permitían votar, ocupar un cargo público, testificar en contra de algún miembro de la comunidad blanca ni servir de jurados. En las islas danesas, por ejemplo, los negros y mulatos libres no podían cultivar algodón si no poseían la tierra en la cual fuese a ser cultivado. En Martinica se les prohibía participar del comercio del oro y la plata. Estas limitaciones representaban un escollo legal y social para un grupo de individuos que nominalmente compartía privilegios con los sectores más poderosos de la sociedad. No todas las colonias desfavorecían a esta importante fracción de la sociedad. Las relaciones entre negros y mulatos libres y blancos fluctuaban grandemente de acuerdo a las concesiones o limitaciones legales o sociales impuestas por este último grupo.

La estratificación social en las Antillas del Caribe dedicadas a la agroexportación privilegiaba y diferenciaba enormemente a la población blanca. Este fragmento de la población estaba, a su vez, dividida en tres o cuatro escalafones adicionales. En orden descendente, se encontraban en un estatus preferencial los plantadores que ostentaban el poder político y económico de la colonia. En el Caribe hispano estos eran en su mayoría peninsulares o criollos, grand blancs en las colonias francesas y principal whites en las colonias inglesas. En un estatus similar se encontraban los gobernadores, los oficiales del ejército metropolitano de las Antillas e los intendentes. El poder económico y político les proporcionaban lo suficiente como para vivir holgadamente, ya fuera en la colonia o de vuelta a la metrópolis de origen.

El siguiente grupo lo componían los comerciantes, abogados, burócratas gubernamentales, doctores y medianos terratenientes. Esta capa intermedia, especialmente en Saint Domingue, resentía el poder económico y político de los grandes terratenientes ausentes. Aun así, estos procuraban diferenciarse del último grupo de blancos de las colonias azucareras. A los franceses se les conocían como los petits blancs y a los británicos como los poor whites. Estos formaban una clase numerosa de empleados del Estado compuesta por maestros, pequeños comerciantes, artesanos, capataces (overseers), campesinos y bookkeepers (tenedores de libros). Las posibilidades de movilidad social de este grupo se asociaba al privilegio que la sociedad les otorgaba a los blancos. Por ejemplo, el poder obtener y cultivar la tierra, el desempeñarse en casi cualquier oficio y la libertad de moverse o emigrar en búsqueda de mejoras económicas y materiales aventajaban y diferenciaban a los blancos pobres de una gran mayoría negra esclavizada.






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