CARIBE / Performance: entre lo imaginario y lo real
Galería Multimedios
Galería Audio Galería Vídeo Galería Imágenes     Agrandar y/o Reducir Texto Envíe a un Amigo Versión Imprimir Acceso Universal Ayuda Página oficial de la Fundación Puertorriqueña de las Humanidades.

English version
Con el mismo patrón vertiginoso que el arte ha cambiado en forma y estilo, el público se ha movido al compás de las tendencias estéticas, y viceversa. Los espectadores y los artistas se vuelcan en una comunicación que se mantiene exigiendo reformar la concepción tradicional del arte pasivo en uno activo. Pero no se trata de un arte interactivo, sino de un discurso artístico que reta las convenciones para hilar discursos en contra del sistema o como una mordaz burla de la sociedad misma. A diferencia de otros movimientos de arte, el performance mostró sus primeras expresiones entre los años sesenta y setenta, aunque expertos como RoseLee Goldberg argumentan que la historia de este arte está anclada alrededor del 1909, con el movimiento del futurismo.

El arte del performance consiste en artistas que confrontan al espectador con su propuesta. Las barreras de tiempo y espacio se derriban porque la propuesta estética (social, e incluso política) ocurre en vivo, seduciendo la mirada y las emociones de la audiencia. Por tal razón, la relación entre espectador-artista adquiere matices que rebasan el papel y los materiales de los medios artísticos tradicionales para así retar los convencionalismos y darles rienda suelta a expresiones físicas y emocionales sin límite.

Los orígenes de esta práctica estética guardan relación con movimientos artísticos como el fluxus, el body art y el dadaísmo; y comparte postulados como el acontecimiento, la improvisación, la interacción con el público, la espontaneidad, la protesta y el escándalo, por mencionar algunos. Pero lo que está claro, es que el performance huye de los encasillados, moviéndose entre las fronteras de la realidad y la imaginación.

Uno de los grandes exponentes del performance, el mexicano Guillermo Gómez-Peña, ha articulado un abanico de lecturas sobre este tipo de arte a través de diversos escritos. El propio creador ha comentado que el performance –pese a que suele escenificarse en la calle− puede desarrollarse en el contexto cívico, pero ello no torna a sus artistas en personas públicas. Por el contrario, el acto en la calle se configura como una suerte de galería sin paredes donde el activismo es la acción que impera.

Orígenes caribeños hechos acto

Coco Fusco discute que una camada de artistas ha desarrollado enérgicamente su obra en torno a su contexto nacional o regional, aunque otros hacedores de este arte protestan ante la idea de circunscribir su performance a su lugar de nacimiento. En Latinoamérica, por ejemplo, los performances y el tratamiento del cuerpo remiten a su historia a través de la etapa precolombina y colonial y a la influencia que las tradiciones africana y católica han sembrado en el colectivo. En el Caribe, ese influjo multicultural no es excepción.

Uno de los grandes nombres del performance mundial, casi sinónimo del Caribe, es la cubana Ana Mendieta (1948-1985), quien descubrió mediante su obra los vínculos con un pasado real, pero casi imaginado. Y es que la artista conoció los traumas de la desarticulación familiar muy temprano, puesto que a los 12 años arribó a los Estados Unidos junto a su hermana, Raquel, como parte de la Operación Peter Pan. El destino la condujo a Iowa, lugar donde, según López Cabrales, las hermanas sufrieron los embates del racismo. Esa identidad coartada y dividida entre Cuba y Estados Unidos fue la materia prima de sus performances, incluyendo, por ejemplo, su visita a Cuba durante los setenta para rendir un homenaje en una cueva a las poblaciones aniquiladas por el imperialismo.

Su obra, de carácter efímero, trascendió cualquier barrera física para aferrarse a materiales como la sangre, la madera y la tierra para, con ese espíritu, abordar la identidad, la herencia, el feminismo y la política. Su madeja de vivencias, la intensidad de su propuesta y los lazos con la naturaleza marcaron su producción artística de principio a fin, teniendo en su trágica muerte –cayó al piso desde su apartamento en Nueva York tras una discusión con su esposo, el artista norteamericano Carl Andre− un paralelo a la manera en que vivió su arte.

Otra artista cubana, Tania Bruguera (1968), ha utilizado su obra como ente de denuncia y controversia para retar la mirada mundial. En su recordado performance del 1997, El peso de la culpa, Bruguera se expresó desnuda con un carnero degollado que colgaba de su cuello, parada frente a una bandera de Cuba hecha de cabello humano. La ocasión duró 45 minutos, en los cuales consumió tierra con agua, en una suerte de reproducción del suicidio que varios nativos cubanos cometieron de esa manera ante la amenaza de los colonizadores españoles.

Conocido como uno de los precursores del performance en República Dominicana, el artista plástico Geo Ripley (1950) −nacido en Venezuela, hijo de exiliados dominicanos− ha enmarcado su obra conceptual en las culturas africanas, precolombinas y antillanas mediante altares rituales y otros símbolos. Precisamente, Ripley enmarcó uno de sus performances en una rotunda influencia de carácter hereditario, usando vestimenta y accesorios a la usanza africana, sirviéndose de la imagen del cimarrón en un discurso de libertad con elementos de rito, como el agua y otros, asociados a los ancestros africanos.

Los conflictos de la identidad nacional, el desplazamiento, la memoria y la inmigración, a su vez, son aspectos que se exacerban y se exorcizan en los planteamientos corporales y emocionales del performance. Un ejemplo de ello es la artista costarricense Elia Arce (1961), quien ha confundido la imaginación y la realidad en varios de sus performances.

En el performance: Primera mujer en la luna, Arce entabla una analogía entre el espacio y su tránsito desde su tierra natal (Costa Rica) hasta su tierra de adopción (Estados Unidos), y compara la abundancia de la selva costarricense con el desierto californiano. Asimismo, otro de sus performances expuso el proceso de cocinar a los espectadores, desde el prisma de la mirada femenina de su país de origen. En el acto, Arce sostiene una conversación a larga distancia con una mujer costarricense que le ilustra cómo preparar el rondón −una sopa de pescado confeccionada con leche de coco−, uno de los platos típicos de la gastronomía costarricense y de varias islas caribeñas.






Página: 1, 2,




Version: 11120909 Rev. 1
¿Cómo citar este artículo?