CARIBE / La gráfica: del cartel a la fotografía
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Con el invento de la imprenta, las artes gráficas surgen como la secuela artística de aquel avance que contribuiría a la construcción de ciudadanos y sociedades más cabales e informadas. La palabra “gráfica” engloba manifestaciones como la litografía, la colografía, la serigrafía, el grabado en relieve y la fotografía; es un arte que adquiere sus características a través de la tinta y la impresión.

Escudriñar la gráfica en el Caribe y su impronta requiere comprender que, de acuerdo con Alonso Lorea, las artes visuales en República Dominicana, Cuba y Puerto Rico − a mediados del 1920− avanzaron hacia la modernidad a una velocidad similar a la de los procesos intelectuales que se cuajaban en Latinoamérica. Influenciados por las tendencias artísticas provenientes de Europa, México y los Estados Unidos, los artistas de las Antillas hispanas establecieron un código creativo que fusionó la vanguardia importada con aquellos elementos vernáculos, erigiendo así un inusitado lenguaje artístico.

La historia de la gráfica en el Caribe halla en Cuba y en Puerto Rico algunas de las expresiones más destacadas de esta manifestación del arte. Para ejemplificar, el movimiento del cartel en Puerto Rico trasciende la notabilidad local para ubicarse en el mapa artístico internacional, tanto por sus contribuciones como por el calibre de sus exponentes. La Biblioteca Digital Puertorriqueña asevera que algunas versiones sostienen que el cartel en Puerto Rico surge a la par de la llegada de la imprenta –para el 1806, aproximadamente– mediante la producción de carteles y hojas gráficas promocionales, mientras otros entienden que la tradición cartelística boricua inició entre el 1930 y el 1940.

La gráfica “portoricensis” crece y se desarrolla en los años cincuenta por medio de centros de trabajo como la División de Educación de la Comunidad (Divedco), el Centro de Arte Puertorriqueño (CAP) –el responsable del primer portafolio en la grafica del país: La estampa puertorriqueña− y el Taller del Instituto de Cultura Puertorriqueña donde los artistas desarrollaron un abanico de técnicas del grabado como serigrafías, ilustraciones, xilografías, linóleos, portafolios y carteles. Manos y voces reconocidas por sus ejecutorias en el arte como Lorenzo Homar, Carlos Raquel Rivera, Félix Bonilla Norat y Antonio Maldonado, por mencionar algunos de la potente lista, convergieron en imágenes que hablaban de Puerto Rico mediante discursos políticos, culturales y sociales.

Posteriormente, a partir de los sesenta, los artistas parten de la tónica puertorriqueña para fijar en sus trabajos corrientes expresionistas y las surrealistas, entre otras. Con el transcurrir del tiempo nacerían otros núcleos creativos de renombre como el Taller Alacrán −fundado en el 1968 por el hacedor de arte Antonio Martorell− y el Taller Bija −establecido en el 1970 por el artista Rafael Rivera Rosa−, de donde emanarían trabajos de creadores como Nelson Sambolín y Carmelo Sobrino.

Ramírez subraya que el relieve de la gráfica y sus medios experimentaron un giro entre los ochenta y los noventa, a la luz de un rejuvenecido interés en el lenguaje visual de la fotografía, la pintura, las instalaciones, la Internet y la imagen digital. Sin embargo, dichos cambios no representan necesariamente una desaparición de las artes gráficas. Por el contrario, la gráfica tiene la capacidad de fortalecerse, nutriéndose de técnicas novedosas que pueden hasta redefinir su propia identidad.

Un ejemplo de ello es la obra de la arquitecta dominicana Belkis Ramírez, quien pese a conocerse mayormente como hacedora de instalaciones, esta artista ha decidido incorporar el lenguaje y la técnica gráfica a su cuerpo de trabajo. Así las cosas, en la obra de Ramírez −en la cual prima un universo femenino− el grabado tiene una identidad autónoma y otra que se desdobla, para conversar con las instalaciones.






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