CARIBE / El museo actual ante la encrucijada de las nuevas demandas
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Vista interior del Museo de Arte Contemporaneo de Puerto Rico.

El siglo XIX fue testigo del surgimiento de la mayoría de las naciones caribeñas despojadas del colonialismo europeo. La necesidad de redefinir una identidad natural y de establecer una cultura que desmitificara la hegemonía europea fue un factor determinante para el desarrollo de los museos del Caribe. Por supuesto, la indudable influencia europea de los primeros dirigentes e intelectuales nacionales moldeó la memoria histórica y cultural hasta nuestros días.

Entrado el siglo XX, nace el International Council Of Museums (COM) y con ello ven la luz por vez primera gran parte de los principales museos del mundo. Nace además el Instituto Latinoamericano de Museos (ILAM) y la Asociación de Museos del Caribe (MAC); instituciones que han ayudado a generar una experiencia museística integrada y a revelar la importancia de la región.

El siglo XXI se caracteriza por ser una era de museos. En el Caribe antillano solamente, existen alrededor de 433 museos registrados en el ILAM, incluidos parques y reservas nacionales. Las visitas a estos centros culturales han aumentado progresivamente en los últimos años. Sin embargo, una estadística incrementada de visitantes no necesariamente garantiza visitas consecuentes del mismo visitante; por lo que los museos se verán obligados a repasar su autoridad cívica y cultural para mantener un enfoque cónsono y actualizado con las nuevas demandas. 









Fenómenos como el de la globalización y el poder del mercado mundial evidentemente han acelerado y facilitado el intercambio de la información. Pero también se ha desatado un proceso de transculturación, a veces impuesto y otras de manera natural. Este proceso ha modificado los conceptos de cultura en general e inevitablemente nos ha hecho replantearnos la efectividad de los museos como centros culturales. 



Al integrarse todas las naciones a un gran mercado mundial, la visión y la misión de los museos del Caribe se ven obligadas de igual manera a integrar estilos competitivos. Actualmente, una práctica común para mantener el interés de la cultura comercial, y a la vez poder sufragar los costosos gastos operacionales, es crear espacios dentro del propio museo para restaurantes o cafés, tiendas de regalos y facilitar áreas para conciertos y espectáculos sociales en general. 




Estas prácticas, ajustadas a la cultura comercial y al mundo del entrenamiento, pueden atenuar la misión inherente de los museos, si estos no adaptan la interpretación de su propia colección a base de la realidad patrimonial donde esta orbita. 


Una colección comienza a perder interés educativo y cultural cuando los objetos exhibidos no narran una historia en común en una variedad de discursos para los distintos tipos de público. El visitante entonces es desconectado sutilmente de su poder participativo cuando se le percibe como un mero cliente y se le ofrece un producto más de consumo.



Por ejemplo, un dispositivo tecnológico en exhibición mostrando un documental cuando se le oprime un botón no es muestra ineludible de un interés genuino por considerar la participación y la modernización. El exceso de textos en la pared seguido de un objeto de interés histórico o estético se puede convertir en una suerte de libro ilustrado de poca utilidad didáctica. Escenarios como estos pueden imposibilitar el diálogo y el pensamiento crítico. 



La rentabilidad de nuestros museos y demás espacios destinados a la protección y difusión cultural necesariamente deben regularizarse combinando los aspectos más dominantes de la informática, la comunicación y el entrenamiento; siempre y cuando faciliten el intercambio de ideas que den coherencia al conocimiento adquirido a través de los objetos de su colección. De esta forma se puede crear una memoria colectiva que logre sobrevivir en el tiempo con una identidad responsablemente contextualizada. 













Autor: Miguel Ángel Torres Aponte
Publicado: 27 de diciembre de 2011.

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