CARIBE / Dinámicas de intercambio en el espacio caribeño
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Nueva evidencia arqueológica apunta a que los habitantes del Caribe insular mantuvieron nexos con diversas áreas continentales más allá del noreste de Suramérica, particularmente con los habitantes del área istmo-colombiana, la cual incluye los territorios de Costa Rica, Panamá y Colombia.

La hipótesis del aislamiento y la desvinculación de los grupos precoloniales antillanos de sus vecinos continentales se consolidó hace medio siglo con el trabajo de Irving Rouse, quien destronó la idea del área cultural circuncaribeña —postulada por Julian Steward— al señalar que el desarrollo en las islas se dio de forma independiente del resto de las áreas continentales caribeñas, exceptuando al noreste sudamericano.

Hasta el momento se ha generalizado la idea de que durante tiempos prearahuacos existían dos rutas principales de desplazamiento hacia las Antillas: uno proveniente de la península de Yucatán, asociado a la cultura casimiroide y otra desde el noreste sudamericano, relacionado con la cultura ortoiroide. No obstante, la evidencia lítica y paleoetnobotánica parece señalar la posible existencia de múltiples rutas de movimiento e interacción adicionales, algunas de los cuales remiten a procesos que denotan influencias del área istmo-colombiana. Por ejemplo, la presencia de guijarros con afacetado de molienda ha sido atribuida a lo que se conoce como la tradición arcaica tropical, que denomina aquellos aspectos compartidos por las culturas de la zona tropical. Las muestras más similares a los guijarros de las islas han probado ser aquellos de los territorios norantillanos de Panamá y Colombia, como había sido postulado originalmente por Ricardo Alegría y otros.

La presencia de cerámica a partir del segundo milenio antes de Cristo en la zona caribeña insular, que comprende desde Cuba hasta Puerto Rico, contextos tradicionalmente considerados como preceramistas, puede ser una señal de un posible contacto directo con grupos alfareros tempranos de la zona istmo-colombiana y el noroeste venezolano. A esto, se combina la presencia de productos de cultivo que no habían sido identificados hasta el momento en contextos arcaicos del noreste de Suramérica, ni en las Antillas Menores, como el maíz, la yuca y la batata, entre otros. Esto puede ser indicativo de un flujo continuo de técnicas agrícolas y de productos botánicos entre las referidas zonas a través del tiempo.

Los datos provistos apoyan la posibilidad de la configuración de circuitos de movimiento poblacional o interacciones sostenidas directas entre las Antillas Mayores y el área istmo-colombiana.






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