CARIBE / La música del Caribe afrodiaspórico
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Una de las experiencias humanas que definen el Caribe como región es la de la diáspora africana. El impacto que este proceso humano tuvo sobre la música de las Américas, en general, y la región del Caribe, en específico, sentó las bases de la naturaleza común de los ritmos que se manifiestan en Nueva Orleans, Río de Janeiro, el arco de las Antillas, la zona del Orinoco de Venezuela y en Buenaventura, en la costa del océano Pacífico de Colombia, Veracruz, México, Surinam y las Guyanas. El radio de influencia africana se ha expandido hasta las metrópolis y exmetrópolis coloniales, enclaves de auténtica producción musical, como lo son Estados Unidos y Canadá. Además, se ha dado un proceso de fertilización cruzada entre las diásporas locales intracaribeñas.

El desarrollo de los ritmos afrocaribeños ha sido el producto de varios procesos humanos. El primero lo conforma el conjunto de experiencias de los africanos, y sus descendientes en la península ibérica a partir del 711. La efectiva ocupación y establecimiento de la población norteafricana en esta región europea entraron en contacto con poblaciones tan distantes como las centroeuropeas y las afroccidentales. Las tradiciones afroárabes aportaron instrumentos de cuerdas como el ud (laúd árabe) o la durbaka y la viola rababa (rebec), que se toca en posición vertical sobre las piernas; instrumentos de percusión como los tambores en forma de copa, el daf y el salterio qanun, e instrumentos de viento como la flauta ney. La improvisación musical es una de las más importantes contribuciones de este proceso de interacción cultural.

De esta primera experiencia, la de más profundo impacto en las músicas caribeñas fue la de los africanos occidentales. El desarrollo del tráfico de esclavos procedentes de esta región de áfrica alimentó las culturas neoafricanas y mulatas que nacieron y se desarrollaron, simultáneamente, a ambos lados del Atlántico. En la península ibérica se desarrollaron las primeras músicas mulatas que componen el acervo del cancionero afroandaluz, que los marineros y primeros pobladores trajeron a América a partir del 1492. A través de los siglos XVI, XVII y XVIII, se ha documentado la activa participación de africanos y afrodescendientes en los bailes de catedral tanto en Sevilla como en San Juan de Puerto Rico, Santo Domingo, La Española, La Habana, Cuba, Ciudad de México y Nueva España. Los nombres de los grupos participantes en estos bailes de catedral son muy significativos: Los Negros, Los Negros de Guinea, La Cachumba de los Negros, Los Reyes Negros, La Batalla de Guinea.

El villancico navideño y las colectas de aguinaldo aparecen como prácticas de africanos y afrodescendientes en textos de Diego Sánchez de Badajoz, de Lope de Rueda, de Andrés de Claramonte, entre otros. Estas celebraciones constituyen el contexto inmediato del surgimiento y desarrollo, a ambos lados del Atlántico, de bailes africanos, neoafricanos y mulatos asociados tanto a celebraciones y festividades religiosas como cívicas. Estos tipos de manifestaciones sociales fueron el espacio en el que se desplegaron nuevas formas de baile como el portorrico de los negros, el gurrumé, el galumpé, el zarambeque (conocido también como el cumbé), la zarabanda, la chacona y el gurujú de Guinea.

En las Américas, en general, y en el Caribe, en específico, las fiestas de Los Tres Reyes, Nochebuena (el 24 de diciembre), el Corpus Christi, los rosarios cantados (de alta religiosidad popular) y las celebraciones de los días de los diferentes santos como San Miguel, San Juan y Santiago Matamoros terminaron siendo asociadas a los africanos y sus descendientes. Esta mezcla y coexistencia de las celebraciones cívicas con manifestaciones de religiosidad cristiana popular y religiosidad neoafricana persistirá en las Américas reforzada por la importación de una gran cantidad de esclavos provenientes del áfrica occidental.

Prácticas festivas neoafricanas y mulatas en el presente ponen de manifiesto la capacidad de adaptación y de supervivencia de las prácticas afrodiaspóricas. En actos celebratorios como el Rará, en Haití, y el Gagá, en la República Dominicana, se puede observar la influencia de las celebraciones neoafricanas, en las cuales la religiosidad cristiana popular y la religiosidad conga de los muertos se asimilan. Las celebraciones del Rará conectan el tiempo del carnaval con el de Semana Santa bajo la sombrilla de las celebraciones del vudú. Las fiestas de Santiago Apóstol, en Loíza, Puerto Rico y la de los diablos danzantes de Venezuela durante las festividades del Corpus Christi -siendo los más conocidos los de Yare- también presentan esta coexistencia de lo religioso y lo carnavalesco.









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