CARIBE / La resistencia, las rebeliones y las revoluciones en el Caribe
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Como planteara el historiador Franklin Knight, el Caribe es un espacio geográfico desde el cual se puede entender buena parte de la historia de la humanidad. Como ejemplo de esto, y como establece Antonio Benítez Rojo, en el Caribe se inicia, a raíz de la economía de plantación que predomina luego de la Conquista, “el imperialismo, las guerras entre los poderes coloniales, el monocultivo y la represión que lo acompaña; pero también, las rebeliones y la resistencia”. Este texto se concentra en ciertos elementos: la resistencia, las rebeliones y las revoluciones en el Caribe y la centralidad de estas nociones en el desarrollo de la historia. Esto, a su vez, se explora a través del prisma que aporta la relevancia histórica del cultivo del azúcar en la región.


Un acto de resistencia se puede definir como la capacidad de un individuo o grupo de desafiar las presiones de una fuerza externa —como pudiese ser la resistencia del aire a los cuerpos— o la resistencia de un individuo o grupo a no tener que ceder a los dictados de una autoridad o poder externo. Un nivel más belicoso de resistencia, y aunque puede existir un uso similar en los términos, son las rebeliones, o los actos de lucha armada, subversión o tumulto como respuesta a los dictados de una autoridad o poder externo. Finalmente, las revoluciones pueden definirse como una serie de actos, usualmente violentos, dirigidos a derrocar el sistema de gobierno o autoridad existente. Por consiguiente, una diferencia importante entre la resistencia y las revoluciones es que las primeras, aunque dirigidas a alertar a la población sobre situaciones de injusticia u opresión experimentadas por el grupo resistente o rebelde, no tienen como propósito establecido, ni cuentan con la capacidad de destituir a la autoridad formal. En cambio, las revoluciones sí tienen como objetivo fundamental la destitución de la autoridad formal.

El alcance de estos conceptos se presenta a partir de un entendimiento de la historia como una marcada por la ambigüedad, lo inconcluso e imperfecto. Por ende, los distintos actos de rebelión y resistencia que se pueden señalar no son siempre actos apoteóticos, de “levantamiento de las masas” o de propósitos claros y contundentes. De igual manera, no todas las revoluciones concluyen con el “fin de la historia” anterior. Este tipo de eventos tiende a ser aislado o episódico, caracterizado por la confusión, la incertidumbre, o las aspiraciones incompletas. Esto se debe a que la historia se construye paulatinamente, a partir de unas acciones y reacciones muchas veces no anticipadas.

En el caso de las rebeliones y de la resistencia, dichas acciones y reacciones intentan debilitar las estructuras del poder existente. Ahora bien, el aparato de poder, o lo que se denomina el gobierno legítimo —y esto no se da necesariamente a partir de unas consideraciones amplias de la justicia o la equidad, sino a partir del acceso legal, como señalara Max Webe, del manejo de la violencia (milicia, policía, cortes, por ejemplo)— siempre tiene una ventaja a su alcance por su acceso a estas estructuras. Visto desde esta perspectiva, el hecho de lo imperfecto o incompleto de la mayoría de los actos de rebelión o resistencia no debería sorprender. Lo que debería resultar realmente impresionante es que estos actos surjan del todo; y más aún las revoluciones.

A partir de este entendimiento más matizado de lo que implican estos actos, también podemos reexaminar la interpretación tradicional de la historia del área como una de aparente conformidad o docilidad, al igual que las interpretaciones racistas del Caribe como un entorno “exótico,” poblado por mestizos de aparente complacencia y letargo. Dicha aparente ausencia de actos de rebelión o resistencia tiene más que ver con las definiciones limitadas que se les han dado habitualmente a estos términos, al igual que la utilidad histórica de silenciar, o de no reconocer, ciertas expresiones de resistencia; particularmente aquellas que no han sido violentas y aquellas relacionadas con la sobrevivencia diaria. Contrario a estas visiones limitadas, hay que resaltar e incluir como actos de resistencia y rebelión los numerosos eventos de huída individual de los esclavos que se daban regularmente en el Caribe, cuyo resultado muchas veces llevaron a la creación de las distintas comunidades cimarronas que surgieron en varias de las islas. A esto se añade, como otro acto de resistencia persistente, la obstinación en la adaptación y el uso “correcto” del idioma del poder colonial, un fenómeno que marca a varias islas del Caribe, incluyendo a Haití, Jamaica y Puerto Rico; al igual que la resistencia a la completa asimilación a la religión cristiana de ese poder colonial, como evidencian la propagación y perpetuación de la santería y el vudú en el área.

Para ubicar el enfoque que se propone de la historia del Caribe, es necesario establecer la centralidad de la economía de plantación; una historia que ha marcado a escenarios tan divergentes y relacionados en la historia revolucionaria, como lo son Haití y Cuba. Los historiadores establecen que la primera plantación de azúcar se desarrolló en la colonia británica de Barbados a principios del 1600 y continuó dominando esta economía por un siglo. En el resto del Caribe inglés, no es hasta adentrado el siglo XIX que comienzan los movimientos de emancipación de la esclavitud, y consiguientemente, el comienzo del desmantelamiento de la economía del azúcar, la resistencia y las rebeliones. Sin embargo, es imposible referirnos a esta historia sin resaltar el ejemplo emblemático de la Revolución haitiana que comienza en el 1791 y culmina en el 1804; “la primera y quizás más sangrienta revolución esclava de la era moderna”, como señalara W. E. B. Dubois. Una revolución que, además, lejos de culminar en un periodo de libertad, desembocó en “la pobreza, el aislamiento y el autoritarismo” que han definido a buena parte de la historia de este país y a la de su vecino, la República Dominicana. Por ende, con la Revolución haitiana no se inaugura un nuevo periodo histórico de amplias oportunidades y mayor acceso a la justicia para la mayoría campesina negra, sino que, irónicamente, una vez concluido el periodo revolucionario es el propio liderato revolucionario quien convierte a ese campesinado en sus primeras víctimas.

No obstante, dada la naturaleza dialéctica de la historia, también se tiene que enfatizar el mérito indiscutible de los revolucionarios haitianos como precursores de la lucha por los derechos humanos de los esclavos. Como señalara el antropólogo Sidney Mintz, el gran merito de la Revolución haitiana no radica necesariamente en sus logros, sino en el hecho que pudiera darse en el momento en que ocurre, sellando para siempre la historia de la liberación de los esclavos en el resto del mundo. Para Mintz, Haití representa el extremo de ausencia en el continuismo con el modelo de plantación, modelo que, por otro lado, el Gobierno socialista cubano que introduce la Revolución cubana de 1959 no solamente perpetúa, sino que exalta como “combativo y revolucionario”. A pesar que posterior a su revolución, en Haití la mayoría de la población se constituyó como un campesinado, el Estado haitiano no creó las condiciones necesarias para su autosuficiencia y prosperidad relativa. En vez, se permitió un tipo de agricultura, no regulado, de exagerada autosuficiencia y sobreutilización del terreno. Todo esto culmina en la crisis ecológica de Haití que ha paralizado el desarrollo socioeconómico del país durante todo el siglo XX hasta el presente. Esto, a su vez, ha sido responsable de buena parte de la pobreza e inequidad extremas que han caracterizado a este país, el más pobre del continente. Todo esto sirve de contraste con el continuismo que en muchos sentidos crea el modelo de desarrollo revolucionario cubano, en donde la masa campesina si se ha beneficiado de la protección social del Estado (beneficios de educación, salud, servicios, etc.), pero a través de la dependencia en un producto de marcado simbolismo colonial y de explotación esclava, como lo es el azúcar.

En conclusión, la resistencia, las rebeliones y las revoluciones son eventos que marcan toda la historia de la humanidad, y que tienen, de igual manera, su realidad histórica en la región caribeña. Ahora bien, y como ha sido el caso en la mayor parte de los ejemplos del mundo, es difícil establecer categorías rígidas y absolutas para estos fenómenos, tanto en la región caribeña, como en el resto del mundo. Además, siempre ha existido una cierta fluidez y correlación no estática entre los fenómenos. Esto quiere decir que las resistencias pueden tener elementos de rebelión, pero no necesariamente; o que las rebeliones no tienen que necesariamente predisponer al grupo rebelde a una revolución absoluta. El mismo concepto de "revolución absoluta" es uno altamente cuestionable, ya que la historia tiende a mantener una afinidad persistente con el continuismo, aunque casi nunca de manera repetida, ya que aunque “mientras más cambian las cosas, más se quedan iguales”, “la historia difícilmente se vuelve a repetir”.



Autor: Eloísa Gordon
Publicado: 11 de julio de 2012.

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