CARIBE / Diversidad étnica y racial en el Caribe
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La diversa población caribeña.
El Caribe ha sido lugar de encuentro de múltiples poblaciones que, en principio, concurrieron en esa región a partir de las planificaciones estratégicas que desde Europa occidental se realizaron en esta parte del mundo. El Caribe se pensó, desde finales del siglo XV y a partir del siglo XVI, como una región importante, primero para la explotación minera y luego para la agrícola.

Desde el establecimiento del Régimen de la Encomienda, y hasta su agotamiento, la región no tenía suficientes cantidades de mano de obra como requerían las diversas empresas de explotación económica. Para subsanar dicha restricción, y teniendo en cuenta la desaparición por muerte de muchos habitantes endógenos del Caribe, se pensaron en varias estrategias. La primera consistió en traer sirvientes blancos del continente europeo para que trabajaran en lo que eventualmente se llamaría las Indias occidentales. De manera gradual, desde diversos puntos de Europa, fueron llegando pobladores con promesas importantes para estimular su interés en estos trabajos. Una de dichas promesas consistía en otorgar tierras a todas aquellas personas que laboraran por cierto tiempo en alguna tarea económica de prioridad. Sin embargo, las promesas se disolvieron a partir de que la región comenzara a ser percibida como una de carácter importante para el trabajo agrícola. Esto ocurrió debido a que con las técnicas mineras de la época las cantidades de metales preciosos que se extraían no eran lo suficientemente meritorias comparadas con los esfuerzos realizados. Además, de que una vez Hernán Cortés, en 1521, se apoderara definitivamente de la gran Tenochtitlan, la corona española tuvo a su disposición una buena cantidad de tierras ricas en minerales tales como la plata. De igual forma, un poco más adelante, la llegada de Francisco Pizarro a lo que hoy llamamos Perú, y la conquista del Imperio inca, le ofrecieron a España buenas razones para pensar que el Caribe no debía ser utilizado para tareas inútiles.

La agricultura intensiva y extensiva fue la opción idónea para generar riquezas para los inversionistas europeos. No obstante, dicha empresa presentaba grandes dificultades para echarse a andar. Entre estas dificultades se encontraban la carencia de capital para subsidiar las producciones, los altos costos de las maquinarias necesarias para producir las materias primas agrícolas —sobre todo el azúcar— y, no menos importante, la carencia de mano de obra. En la medida en que fueron necesarias mayores cantidades de tierras para desarrollar las economías de plantación en la región, los dueños estuvieron dispuestos a ceder a los sirvientes blancos que llegaron de Europa. Grandes porciones de tierra fueron pensadas para la producción agrícola, pero no necesariamente utilizadas todas al mismo tiempo. Es decir, había muchas tierras en manos de pocos dueños y estos jugaban con las producciones azucareras, entre otras, controlando la cantidad de tierra que se utilizaba para su cultivo. Si se quería que el precio del azúcar subiera, había que producir poca cantidad. Pero, si se quería lo contrario, había que producir mucha cantidad. La inmensidad de tierra que comprendía cada plantación estaba en función de esa dinámica económica y no les era estratégico a sus dueños ceder tierras a los trabajadores blancos que después podrían necesitar.

Eventualmente, los trabajadores blancos no fueron suficientes como para poder echar a andar y mantener el ritmo de producción requerido por las plantaciones. Hacía falta nueva mano de obra. Como ya era de conocimiento general en Europa, áfrica poseía grandes cantidades de personas que podían ser utilizadas como esclavas en las empresas económicas agrícolas.

En principio, a comienzos del siglo XVI, algunos comerciantes portugueses pensaron ingenuamente que esa mano de obra podría ser secuestrada y convertida en esclava por ellos mismos. Algunas experiencias fallidas bastaron para entender que, si se necesitaban grandes cantidades de seres humanos para laborar, habría entonces que hacer negociaciones con los líderes de múltiples unidades políticas ubicadas en las costas de áfrica occidental para poder obtenerlas. Ello llevó a que muchos comerciantes europeos establecieran “bases de operaciones” en diversos puntos de las costas y que fueran estas bases las coordinadoras entre el comercio de esclavos en el interior del continente y los barcos europeos. A partir de la complejidad poblacional africana —con sus diversas procedencias étnicas— mucha gente confluyó en las costas en calidad de esclavos para ser transportados hacia el Caribe. Al llegar a la nueva geografía, la diversidad entre ellos se hizo más evidente debido a la estrechez geográfica de las islas y de las plantaciones en las cuales tenían que trabajar.

A lo largo y ancho de cuatro siglos, el modo de producción esclavista fue el motor que impulsó la llegada de una gran variedad de personas con costumbres, pensamientos, religiones y saberes diferentes entre sí. Sin embargo, llegado el siglo XVIII, pero sobre todo para el siglo XIX, ese modo de producción se enfrentó con insistentes opositores.

Las razones para justificar la necesidad de la abolición de la esclavitud en el Caribe fueron diversas. Desde las económicas, alegando que el esclavo era un trabajador caro contrario al trabajador libre, hasta las razones humanitarias, que no solo eran expresadas desde centros de poder europeos, sino también a través de pensadores caribeños como Ramón Emeterio Betances, entre otros. Por otro lado, en 1807, Inglaterra prohibió el comercio marítimo de esclavos. Esto eventualmente provocaría gran escasez de mano de obra y paulatinamente, la abolición de la esclavitud en diferentes puntos del Caribe. De igual forma, no hay que dejar fuera el impacto simbólico que la Revolución haitiana tuvo en las sociedades esclavistas del Caribe. El siglo XIX fue uno de carácter turbulento y difícil para el mantenimiento del modo de producción esclavista. Mientras se consumaban los distintos procesos de abolición de la esclavitud, se hacía evidente que la otrora mano de obra esclava iba a tener que ser reforzada con trabajadores libres. En las colonias británicas, por ejemplo, la compensación laboral vino de India, desde donde llegaron al Caribe miles de trabajadores. En otras colonias, miles de chinos arribarían para ocupar vacíos que los diversos sectores laborales evidenciaban.

Puede afirmarse sin mayores problemas que, partiendo de la presencia anterior de indígenas en el Caribe, la región se llenaría de irlandeses, escoceses (celtas), ingleses, franceses (normandos y bretones, entre otros), españoles (vascos, andaluces, gallegos, canarios, catalanes y asturianos, entre otros), holandeses, portugueses, daneses, indios y chinos (de diversas regiones), africanos (ewe, fon, yoruba, ibo, efik, ibibio, ijo, akan, mandinga, congo y ovimbundu, entre otros). Sin embargo, la diversidad étnica y racial del Caribe no necesariamente se puede explicar a partir de lo anterior. Para ello, se deben analizar críticamente los conceptos de raza y etnia; a través de este análisis es probable que todo lo que se tenía por cierto en relación con algunos aspectos de la historia del Caribe bien pueda reformularse y ser entendido de otras maneras. No es posible seguir utilizando conceptos sin saber las historias que estos poseen. A fin de cuentas, esas historias revelan, en ocasiones, la razón de ser de sus orígenes y utilizaciones. Esas historias revelan las agendas que se encuentran detrás de las palabras.

A partir del siglo XVIII, se desarrollaron en Europa los conceptos de raza y etnia. Ambos, tanto desde la taxonomía biológica como desde la cultural, sirvieron para muchos propósitos. El que más importa aquí fue aquel que estuvo vinculado al control europeo en el mundo y a la construcción de la idea de que solo Europa poseía formas superiores de vida y los demás habitantes del planeta eran inferiores por naturaleza. De ahí se desprende que la raza, la cual solo era pensada a partir de elementos fenotípicos, serviría para clasificar a todos los seres humanos del planeta. Pero, habrá que entender que el concepto de raza no posee nada de natural. Las razas son invenciones humanas y nada más que eso. A partir de lo explicado arriba, la raza blanca o caucásica fue entendida desde Europa como la superior entre todas. Se les llamó amarillos a los asiáticos, negros a los africanos, marrones a los indios e indígenas y a las mezclas que entre estos hubo en el Caribe también se les pusieron nombres específicos. Se suponía que cada raza fuese única y que expresaría su “esencia” a través de los rasgos físicos de las personas. Sin embargo, no hay nada natural que evidencie que un blanco sea superior a un negro. ¡Nada! La única evidencia es que son diferentes aunque comparten una misma humanidad. De tal manera que las diferencias son solo eso.

Por otro lado, el concepto de etnia fue también desarrollado y utilizado en Europa para referir, en principio, a los grupos culturales “inferiores” o “primitivos” que desde Europa se comenzaron a estudiar a través de una disciplina conocida como antropología. En ese sentido, un grupo étnico se entendía como un conjunto de personas que compartían una religión, organización social, lengua, saberes y modos de relacionarse con su entorno inmediato. Generalmente, el concepto de etnia, así como el de raza, se pensaba desde la pureza. Es decir, los grupos étnicos se entendían como poseedores de características muy propias desarrollándose en aislamiento. Lo puro de lo étnico y racial radicaba en la idea, de hecho errónea, que aunque hubiese contactos entre diversos seres humanos, ellos no propiciaban la mezcla de características. Eventualmente, el propio trabajo antropológico demostró que lo anterior era una falacia. A principios de la década de los ochenta del siglo XX, con la aparición del trabajo Europe and the People Without History de Eric Wolf, se les dio la estocada definitiva a esas concepciones anteriores. En este trabajo, Wolf demostró que no hay que pensar que existe naturalmente el concepto de raza y tampoco que un grupo étnico está conformado por miembros que hacen, piensan, sienten y padecen exactamente lo mismo.

Si se tiene en cuenta todo lo anterior, podría indudablemente afirmarse que, si bien hubo y todavía hay muchos habitantes del Caribe distintos entre sí, eso no significa automáticamente que hay diversas razas. En relación con este particular, solo existe una raza en el planeta: la humana. Por otro lado, teniendo en cuenta la cantidad y calidad de los cruces entre estos habitantes, queda claro que no se puede hablar, ni siquiera de manera lejana, del concepto de etnia en el Caribe. Entre africanos se mezclaron, se mezclaron africanos con europeos, africanos con indígenas, indígenas con europeos, indios con europeos, indios con chinos, chinos con europeos, chinos con africanos. En fin, la intensidad de las mezclas, a través del matrimonio y otras instituciones sociales, no permite que se pueda identificar ni una sola etnia.

El Caribe ha sido región de confluencia y de mezcla y esto la hace una localidad en la cual, de acuerdo con los enfoques más recientes, no es tan fácil hablar de raza y etnia. Si alguna raza o etnia conscientemente se construyen en el Caribe será a partir de la creencia de que, en efecto, se puede afirmar lo relativo a estos dos conceptos discutidos arriba, con los cuales es problemático estar de acuerdo. O, por otro lado, a partir de que toda identidad, racial o étnica, que se fabrique o se afirme deberá partir de su carácter histórico, y no natural, y de su inevitable construcción. Se podrán construir identidades africanas, por ejemplo, pero ello no debe implicar que haya algo esencialmente africano en esa identidad construida. Lo mismo puede ocurrir con otras etnias y razas. Finalmente, vale la pena dar rienda suelta a una mirada más libre de encuadres étnicos y raciales en el Caribe. Quizá sea esa la que muestre con mayor agudeza y sensatez lo que define históricamente a la región. Pero, sigue siendo un elemento crucial que, no importa cuáles sean las caracterizaciones que se hagan de la región, siempre deben provenir de ella misma, de la gente que la vive.



Autor: Dr. José Alberto Cabán Torres
Publicado: 11 de abril de 2012.

Version: 11062104 Rev. 1
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