Proyectos FPH / El Dr. Juan Alejo de Arizmendi, Primer Obispo Puertorriqueño
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Juan Alejo de Arizmendi
Su ilustrísima, el doctor don Juan Alejo de Arizmendi, doctor en ambos derechos, fue el primer puertorriqueño a quien se le honró, en 1803, con la enaltecedora designación de obispo de Puerto Rico. Fue, pues, la primera vez en nuestra para entonces trisecular vida histórica, cuando se reconoce la capacidad del clero puertorriqueño para regir su propia diócesis, es decir, como prelados, ya que como vicarios capitulares la habían regido durante prolongadas sedes vacantes. Tal fue el caso, por ejemplo, de don Diego Torres Vargas en el siglo XVII y en el XVIII, del doctor Martín Calderón de la Barca. Con la excepción de unos cuantos obispos hispanoamericanos, fueron siempre españoles los obispos de Puerto Rico y a partir de 1898 -- ocurrida la ocupación estadounidense-- serán estadounidenses. Pero fue justamente en 1960, al cumplirse y conmemorarse -- muy intencionadamente -- el bicentenario del nacimiento de Su Ilustrísima Arizmendi cuando al fin se reconoció de nuevo el derecho del clero puertorriqueño a regir su propia diócesis. La designación como obispo auxiliar de Ponce recayó en el sacerdote puertorriqueño a regir su propia diócesis. La designación como obispo auxiliar de Ponce fue asignada al cardenal, S.E.R. Luis Aponte Martínez.

Se impone en este momento una legítima pregunta: ¿quién era ese hijo de nuestra tierra merecedor del hecho insólito de haber sido designado -el primero- para regir la diócesis puertorriqueña? ¿Cuáles sus virtudes, sus merecimientos? Antes de responder a estas justificadas interrogantes conviene recordar algunos hechos salientes del proceso histórico de nuestro siglo XVIII y de los tres primeros lustros del XIX. Este recorrido nos ayudará a conocer las circunstancias del ambiente puertorriqueño en el cual habría de ejercer su ministerio episcopal Su Ilma. Arizmendi.


En primer lugar, el dato del notable crecimiento de la población. Desconocemos la cifra exacta al iniciarse el siglo. ¿Dos, tres, cuatro, cinco millares? Lo ignoramos. Sin embargo, al finalizar la decimoctava centuria la población alcanza la suma de ciento cincuenta mil y tantos millares. Igualmente notable es su desarrollo urbano. A principios de siglo son seis los centros urbanos pero al terminar la centuria suman treinta y ocho. El dato es significativo por cuanto nos permite captar algo del espíritu de responsabilidad comunal y de superación social que este desarrollo urbano en alguna medida exige. Conviene puntualizar que la tramitación del expediente de fundación no era fácil: el interminable papeleo, las idas y venidas a la capital sin vías expeditas de comunicación. Además, eran relativamente onerosas las cargas sociales que imponían, entre ellas y muy gravosas, la de la construcción de la iglesia y su habilitación para el culto --muebles, ornamentos y objetos litúrgicos; también proveer para el salario del cura y del sacristán, trescientos pesos anuales.

Contra estos injustos gravámenes protestaron los obispos Francisco de la Cuerda (1790-1795), Juan Bautista de Zengotita (1796-1802) y nuestro Juan Alejo de Arizmendi (1803-1814). Es importante al efecto aclarar que el expediente fundacional no se formalizaba hasta tanto no se hubiese dado cumplimiento a las responsabilidades religiosas.

El siglo XVIII muestra en sus tres últimas décadas signos indudables de ascenso económico. Motores de este hecho son las reformas de carácter ilustrado puestas en vigor desde 1765 y dirigidas a quebrantar las trabas del mercantilismo económico y entre ellas, muy particularmente, la promulgación del Reglamento de Libre Comercio de 1778. Este programa de reforma comercial prosigue en los primeros lustros del XIX con la ventaja de que ahora se orienta directamente a resolver los problemas propios de la realidad puertorriqueña. Culminan estos esfuerzos con el programa de reformas puesto en vigor por el sabio hacendista español Alejandro Ramírez quien ejerce en Puerto Rico como intendente de febrero de 1813 a junio de 1816.

Son asimismo factores estimulantes de la economía las medidas iniciales de la reforma agraria: otorgación y legalización de títulos, la política contra el latifundio, el reparto de tierras, etc. etc.

Y por razón de nuestro desafortunado sino militar, las pugnas internacionales del XVIII nos afectaron y, entre ellas, de modo directo, la toma de La Habana por los ingleses en 1762. Este grave revés militar del imperio español fue el motor que impulsó la era de las monumentales construcciones militares del último tercio del XVIII: el imponente Castillo de San Cristóbal, con sus obras exteriores; la muralla norte, etc., todos pétreos testimonios de la voluntad imperial de perpetuación. La realización de este formidable programa de ingeniería militar que exigió el aumento del Situado --gruesas cantidades se reciben de 1766 a 1779-- fue también, en alguna medida, factor contribuyente al relativo ascenso económico advertible a fines de siglo.

La significación militar de estas obras, en particular de San Cristóbal como invulnerable guardián de la ciudad, fue palmariamente confirmada en 1797 cuando el tercero y último asedio inglés. Su poderosa flota se retiró sin siquiera intentar forzar la entrada a la ciudad. Histórico acontecimiento que puso de relieve el heroísmo patriótico puertorriqueño y en particular el de sus milicianos. Sus muestras de arrojo y su determinación de victoria nutrieron la conciencia popular e inspiraron la fervorosa copla a Pepe Díaz, el "hombre más valiente que el Rey de España tenía...".

Y por cierto, no fue Pepe Díaz el único en sobrevivir en la conciencia colectiva, también allí están de ese siglo: Antonio de los Reyes Correa, el héroe arecibeño y aunque dentro de circunstancias variantes, también se recuerda por su arrojo, por su temple desafiante al corso, al mulato Miguel Henríquez, protegido, vale destacar, por dos de nuestros obispos.

La ejemplaridad que estas figuras señeras irradian y que la tradición perpetúa, son poderosos vínculos aglutinantes de la conciencia colectiva que generan en sus coetáneos y sus descendientes actitudes de afirmación y de emulante responsabilidad ciudadana. Con este apreciable bagaje de experiencia colectiva inicia su vida histórica el siglo XIX.

En esta síntesis del proceso histórico del XVIII habrán observado que no han figurado iniciativas puertorriqueñas fuera de aquellas correspondientes a la fundación de los pueblos y el obligado cumplimiento de responsabilidades militares. ¿Existía aquí un pueblo puertorriqueño con conciencia de su existencia como tal y de sus derechos? Habremos de esperar hasta 1808 cuando al hacerse extensivo a Puerto Rico el régimen liberal instaurado en dicho año en la metrópoli, se manifieste por primera vez un momento de plenaria expresión puertorriqueña, propiamente de "eclosión puertorriqueña". Y entre los que en ese momento dan testimonio público consciente y jubiloso de su ser puertorriqueño está nuestro obispo, el doctor don Juan Alejo de Arizmendi.






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Cronología de educación
De Arizmendi y de la Torre, Juan Alejo
Ramón Power en las Cortes de Cádiz (1810-1813)
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Rasgos de la espiritualidad del obispo Arizmendi
Juan Alejo de Arizmendi, Asociación Estudiantil de Historia Universidad de Puerto Rico Recinto de Río Piedras
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