Proyectos FPH / La crisis en la civilización contemporánea
Galería Multimedios
Galería Audio Galería Vídeo Galería Imágenes     Agrandar y/o Reducir Texto Envíe a un Amigo Versión Imprimir Acceso Universal Ayuda Página oficial de la Fundación Puertorriqueña de las Humanidades.

English version
Jaime Benítez
Aprecio grandemente el honor que me concede esta Junta al nombrarme Humanista Conferenciante del Año 1986. Además de agradecer tan inesperada designación me satisface que se extienda el concepto humanista más allá de quienes cultivan y enriquecen las letras. Incluye también a quienes centran su interés en entender y servir el potencial del semejante y de su sociedad.

Sócrates enseñó que el buen maestro es el que logra sacar fuera lo mejor que el alumno lleva dentro de sí. La educación aspira, según Ortega, a preparar al estudiante para ser quien es y para serlo en el mejor mundo que él puede ayudar a hacer posible. Ahora bien, ser uno mismo constituye la más difícil meta del ser humano. Significa descubrir y hacer prevalecer lo más valioso que hay en cada uno. Es una tarea conjunta en la que participan con mayor o menor eficacia el educador, el educando, la circunstancia, la época.

En un extenso diálogo con el intelectual japonés Daisaku lkeda, Arnold Toynbee sostuvo en 1976 que: “La educación debería ayudar a comprender la significación y el fin de la vida y debería ayudar a descubrir la manera correcta de vivir. Creo que el correcto camino espiritual es fundamentalmente idéntico para todos los seres humanos. Y el correcto camino práctico fue también el mismo para toda la humanidad en la era anterior a la división del trabajo, que se hizo necesaria al cambiar la organización social y la técnica de la humanidad, las cuales pasaron de su original simplicidad a una creciente complejidad.

En la era de la civilización técnica, la educación tiende a satisfacer necesidades mediante el adiestramiento profesional en ramas especiales del saber y en tipos especiales de conocimientos. Pero antes de comenzar a ejercer, cualquiera que haya recibido formación profesional debería prestar el juramento hipocrático que se exige a los que han de ejercer la profesión médica. Cada nuevo profesional debería comprometerse a emplear sus conocimientos especiales y su pericia en el servicio de sus semejantes y no en su explotación. Debería dar prioridad a esta obligación de prestar servicios antes que a su necesidad de ganarse el sustento para si mismo y para su familia. El ideal al que debiera consagrarse es el de prestar máximos servicios y no el de obtener máximos beneficios".

Nuestra Ley Universitaria de 1942 estableció esa prioridad con 34 años de antelación al dictamen de Toynbee. Cito de su Declaración de Propósitos: "La Universidad en su obligación de servicio al pueblo de Puerto Rico debe... preparar servidores públicos. Debe entenderse por servidor público todo el que, habiéndose valido de las oportunidades que proporciona el pueblo de Puerto Rico a través de su Universidad, se gradúa en la misma. En este sentido, no es servidor público solamente el que labore en instrumentalidades del Gobierno, sino toda persona equipada con la educación universitaria en cualquier posición, profesión, actividad, pública o privada, o género de vida productiva que emprenda en uso del equipo intelectual suministrado por la Universidad.

"De eso se desprende la obligación universitaria de estimular e ir desarrollando un profundo sentido de unidad en el pueblo puertorriqueño, siendo parte imprescindible de ese sentido de unidad una clara, serena y honda disposición hacia la responsabilidad social por parte de los graduados de la Universidad".

"Todos los demás objetivos de la Universidad de Puerto Rico evidentemente han de ser armónicos con éstos".

Este texto merecía continuidad histórica. No me explico por qué fue eliminado en l966 de la presente Ley Universitaria. Retener los textos iniciales es importante para subrayar la continuidad de sus principios. Aquella declaración de propósitos debió conservarse como testimonio del compromiso moral que contraen los beneficiarios de la Universidad con la comunidad que la hace posible.

En otra ocasión examinaré la responsabilidad de los profesionales en Puerto Rico. Hoy quiero referirme a quienes dieron comienzo a nuestra instrucción pública, los maestros de escuela primaria y secundaria. Ellos, por encima de todos los demás profesionales puertorriqueños, han ejemplarizado como nadie más en nuestra tierra ese ideal ético de servicio. Basta hacer un poco de memoria.

En 1885, hace poco más de un siglo, advertía Rafael María de Labra en las Cortes españolas:

"Todo el presupuesto de instrucción pública en Puerto Rico se eleva a 20,000 pesos, es decir a una cantidad absolutamente igual al sueldo personal del Gobernador. Se han necesitado cerca de 20 años para establecer el actual Instituto de Segunda Enseñanza ya decretado hacia 1866 y todavía no se ve la probabilidad de una Escuela Normal para maestros".

Quince años más tarde, en 1900 comenzaron los programas de preparación para maestros en Fajardo. El 12 de marzo de 1903 se establece por ley, en Río Piedras, la Universidad de Puerto Rico a la que se traslada la Escuela Normal. Cuando cursé el primer grado en Juncos en 1913, a menos de tres décadas del requerimiento de Labra, ya la escuela pública constituía una realidad decisiva a través de todo Puerto Rico. El maestro puertorriqueño con su dedicación perseverante a la enseñanza fue la clave para erigir en corto plazo un sistema de instrucción pública. Recuerdo que Mon Rivera, el plenero mayor de Mayagüez, antes de empezar a trabajar en el Colegio me explicó su curricuium vitae y entornando los ojos con estremecedora nostalgia me dijo: "Llegué hasta el segundo grado... de la escuela de antes".

Existieron desde el comienzo y siguen existiendo hasta el presente fallas en el sistema, ineficiencias, dificultades de índole distinta en diversas etapas. Pero hay un hecho innegable. El maestro puertorriqueño ha sido brújula de su sociedad. En su compromiso de cumplir su responsabilidad social y humana ha subvencionado, más que el erario público, con su sacrificio y esfuerzo personal el sistema de instrucción pública. Eso le debemos las demás profesiones a nuestros maestros en la escuela pública.

Raras veces nos detenemos a pensar el papel tan significativo que ha desempeñado en nuestras vidas aquel maestro o aquella maestra de los grados primarios que nos enseñó a leer, a interesarnos en los cuentos, en las adivinanzas, en la lectura, en la poesía, en la historia, en la geografía.

Con frecuencia escuchamos quejas, a veces justificadas, de lo que no hace la escuela. Recordemos que una de las cosas que no hace y que nunca ha hecho la escuela ha sido llevar el mensaje de la violencia o del consumerismo a la casa del alumno. La sociedad puertorriqueña en general y específicamente la nueva y amplia clase media hace ya varias décadas que le ha dado la espalda a la escuela pública. Personas que se educaron en ella no envían ahí sus hijos. No miran ya en esa dirección. Buscan soluciones particulares al asunto de la educación. Se han desentendido del sistema, de sus problemas, de sus programas, de su suerte. El costo social y humano de ese abandono, de esa indiferencia nos resulta cada vez más alto. Uno de sus efectos más adversos radica en la segregación social con que se anula uno de los mayores logros de la escuela primaria de antes, la integración educativa de nuestra población escolar.

La más urgente reforma educativa que necesita el sistema de instrucción es un cambio radical en la actitud de la ciudadanía con referencia a la escuela pública. No podemos dar por perdida la institución a la que concurren en busca de enseñanza 4/5 partes de nuestros niños y adolescentes. Tenemos que proveerle libros a las bibliotecas escolares y a cada estudiante, microscopios a los laboratorios, instrumentos musicales, equipos de deportes y sobre todo, horas de tutoría al que las necesite. Tenemos que volver a sentir la escuela pública como centro de esperanzas y de lealtades cívicas.

La situación es crítica y desesperada. Hay que poner en marcha la imaginación y la voluntad individual para ayudar a la escuela pública a resolver su crisis. La deserción escolar no es sólo de los niños que abandonan la escuela. La deserción escolar es de la ciudadanía que no acude junto al maestro y al trabajador social a ayudar a prestar su concurso y su ayuda.

Robert Oppenheimer nos ofrece una orientación muy válida cuando dice: "Yo no sé lo que puede hacerse para restaurar el equilibrio entre lo que conocemos algunos y lo que forma parte de la cultura común. Pero no debe ser por culpa nuestra por lo que se dejan las cosas como están ni por falta de vigor en desarrollar los múltiples, difíciles y parciales remedios. Todo estriba en nuestro cumplimiento como mejor podamos y en uno de los muchos y diferentes sentidos de la palabra en nuestro papel de maestros".

Habla quien no tiene quejas de la sociedad puertorriqueña en el prolongado término de su gestión educativa ni como maestro ni como dirigente institucional. Al contrario. Porque sé cuán valioso es el respaldo de la ciudadanía, el interés de la ciudadanía en la labor educativa es que me siento en disposición de hacer este urgente señalamiento sobre la escuela pública.

El profesor universitario disfruta de un fuero más congruente con su tarea, de condiciones de trabajo más holgadas, de más amplios horizontes culturales. Forma parte de una antigua tradición que se inicia en Atenas con la Academia de Platón para el estudio de las ciencias naturales y las ciencias humanas allá para el año 387 antes de Cristo. Pertenece a una congregación de escolares, a una sede rodeada de bibliotecas, laboratorios y estímulos culturales. Así era ya la Universidad de Puerto Rico en 1931 cuando vine a formar parte de su claustro por un año, luego de seis de estudios en la Universidad de Georgetown. Me quedé por cuarenta, once como instructor y el resto como dirigente institucional.






Página: 1, 2, 3,




Version: 10062802 Rev. 1
¿Cómo citar este artículo?
Glosario
Ver Glosario
Enlaces Externos
Jaime Benítez Rexach
Jaime Benítez actual
Biografía de Jaime Benítez Rexach
La FPH no se hace responsable por el contenido de enlaces externos.