Proyectos FPH / Cuatro estancias en la poesía de Luis Cartañá
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Francisco Lluch Mora
Introducción

Los poemarios que Luis Cartañá nos dejó en su breve recorrido vital le sitúan entre los líricos más originales y apasionantes de nuestra lengua, en las dos décadas del 60 y 70. Su obra, desde que recoge sus primeros poemas, nos revela un deseo de afirmar el orden, lo apolíneo, en el espectáculo del mundo en que le tocó desempeñarse.

Leyendo sus cantos que se inician en Estos humanos dioses (1967), como otros instantes de su producción, hemos recordado aquellas palabras que Alfonso Reyes, ese maestro ejemplar de la palabra precisa, dice en su ensayo Jacob o idea de la poesía: “El arte es una continua victoria de la conciencia sobre el caos de las realidades exteriores. Lucha con lo inefable, combate de Jacob con el Angel lo hemos llamado”.

La idea del triunfo de Apolo sobre Dionisio, tanto en las primeras manifestaciones líricas como en las subsiguientes, constituye el elemento recto en la obra que nos ocupa, hecho que hemos denominado parodiando al escritor mexicano, victoria del orden sobre el conflictivo mundo del caos.

Cuatro Estancias en la poesía de Luis Cartañá

Veamos una catalogación de los cuadernos publicados por su autor desde (1967): Estos humanos dioses (Carabela-Barcelona), La joven resina (1971), Idem, Tocata, Fuga y Presencia, (1972) “Atenea” Universidad de Puerto Rico, Mayagüez, P.R., Canciones olvidadas (Chansons Oublies), dos ediciones de 1977, “Jardín de espejos”, Mayagüez, Chansons Oublies (Canciones Olvidadas), prólogo de Carlos Morales, (1985), Madrid, Canciones olvidadas, (1988), prólogo de Pere Gimferrer, Madrid; Sobre la música, (1981), “Jardín de espejos”, Mayagüez; La Mandarina y el fuego, (1983), “Jardín de Espejos”, Mayagüez; Los cuadernos del señor Aliloil, (1985), “Jardín de espejos”, Mayagüez; Permanencia de fuego, prólogo Rafael Soto Vergés (1988).

Siempre es pertinente ofrecer aunque sea una somera información sobre el poeta. Luis Cartañá Otero nace en La Habana en 1942. Estudia la primera enseñanza en el Colegio Belén, cursa el Bachillerato en el Colegio La Salle, también en su ciudad natal.

Sale de su país después de cursar un año de Derecho en la Universidad de la Habana. Pasa al vecino estado estadounidense de la Florida, donde reside un año, y se traslada a la Universidad de Georgetown, en Washington, D.C. Luego se instala en Madrid, donde se recibe de Licenciado en Derecho. Inicia, al concluir sus estudios en la capital española, una peregrinación por tierras peninsulares de Galicia y Cataluña y en la ciudad de Barcelona se relaciona con poetas y escritores catalanes participando del ambiente cultural de la ciudad condal. Pasa también a otros países europeos donde va enriqueciendo cada vez más su interioridad con la visión de los campos y las ciudades que frecuenta.

Viene a Puerto Rico a visitar unos parientes y permanece en nuestro país veinte años, en los que se dedica a la tarea de la docencia en la Universidad de Puerto Rico, Recinto Universitario de Mayagüez, donde dicta cursos de lengua y literatura. Es aquí donde realiza labor poética de madurez, posiblemente lo más significativo de su quehacer. Cultiva el trato con figuras relevantes como Francisco Matos Paoli, gran poeta puertorriqueño, cuya candidatura al Nobel, dirige a Oslo, al frente de los profesores del Departamento de Estudios Hispánicos, en Mayagüez; trata a españoles, Miguel A. Feal Deibe, Angel Crespo, José Luis Couso, Ezequiel González Mas, compañeros de cátedra, y de producción poética y crítica literaria, así como a compañeros puertorriqueños: María Teresa Babín, Juan Martínez Capó, Carmelo Rodríguez Torres, Fernando Bayron Toro, Luis Hernández Aquino, Félix Franco Oppenheimer, etc.

I. Primera Estancia en la Poesía de Luis Cartañá: El Caos y la Esperanza en Estos
Humanos Dioses (1967)

El primer instante en la lírica de Cartañá se manifiesta bajo el signo de lo fragmentario, lo caleidoscópico que busca la unidad para integrarse en un todo. Es un universo sometido a la ley de la dispersión con una tendencia a la reunificación de los elementos diseminados casi anárquicamente en el conjunto.

Veamos el poema V en Estos humanos dioses como ejemplo de eso que llamamos signos de dispersión; donde cada palabra eleva una imagen en continuo movimiento:

Que un ocaso
así sufrido
se hizo día, ejemplo
magnitud de todo
esperanza.
Parido con dolor
callado
a destemple de auroras más perfectas
de arcos más elípticos

Obsérvese la imagen rítmica, el signo de dispersión que es el ocaso. Sin embargo, la realidad tremenda pero fugaz que es el signo ocaso sufre una inversión en el proceso del cambio temporal. El ocaso se transmuta en día, y al hacerlo surge la esperanza. Ya en la primera estrofa del poema se altera el plano de la realidad, y del ocaso surge la aurora naciente del día.

La segunda estrofa del poema V disemina caóticamente en desordenada aglomeración, los signos que precisan la realidad temporal. Escuchemos el conjunto de voces que actúan como partículas de caleidoscopio. He aquí:

Amor, enamorados, quiso,
quiso llegar -calvario de oro y plata-
Fuego y agua,
gravedad sin espacio:
Cae, viene, se acerca, llega.
Conocido su final y quiso
en pleno; desbordante
se ofreció en luna,
se ofreció en capullo,
sabiéndose que no sabía ser flor.


Los elementos dispersos bien sean sustantivos; fuego, agua, (antitéticos entre sí); verbales: cae, viene, se acerca, llega, se revuelven en la composición ágilmente.

La atmósfera prevaleciente en el conjunto es superrealista: hay una serie de elementos (signos) lingüísticos que se entrecruzan entre sí produciendo un efecto de ronda dinámica, siempre increscendo en el conjunto hasta desembocar en el final del canto reiterativamente en la idea principal, en la imagen contradictoria del ocaso (anochecer) -día. Es el deseo, posiblemente inconsciente en el poeta, de arribar a una thule que es magnitud de todo, esperanza de los trajinantes o ignorando el desenvolvimiento lógico del proceso temporal, que, en este caso, debió ser: ocaso-noche-aurora-día, el que queda reducido en el poema a ocaso-día. Esta reiteración de la norma temporal se produce gracias al vocablo esperanza. Sin este elemento que viene a equilibrar, en términos del deseo, el hecho que ha sido escindido, estaríamos ante un mundo sin redención. El caso, pues, no puede, en este instante, establecer su dominio. Siempre queda una posibilidad mesiánica, una última thule ideal.

En la quinta estrofa del citado poema V se reitera el leit motiv de la composición, el ocaso que se hizo día, siempre visto éste como magnitud de todo, reafirmando una vez más su particularidad mesiánica. Sin embargo, unos signos nuevos se aglutinan caóticamente, lo que añade una atmósfera desesperada, puesto que este fenómeno se produce con el propósito de domeñar la enajenación.

El poema VI se inicia con una manifestación negativista, en que todo lo existente como lo no existente resulta absurdo: el universo, al ser, la no existencia, el amor, la esperanza, los deseos de vivir, etc. Todo resulta inútil, vano empeño de logro, todo es absurdo. Las ideas filosóficas sartreanas de que la existencia puede ser la esencia del ente, que éste, el ente, no es “ni pasivo ni activo, ni afirmación, ni negatividad, sino sencillamente, responde en si es compacto y rígido. Finalmente, el ente es lo que es; otro ser se halla absolutamente excluido”.

Nada en mí fue real, tal es la afirmación del poeta:
Nada fue real
Lo veo todo claro
entiendo los sueños.
Siempre soñamos
en alguien en quien vivimos,
en alguien en quien morimos,
magnitud de todo
esperanza o fetiche,
reflejándose en la muerte,
en la vida, aún allá...
sin dar cabida a una ilusión,
al beso: Era beso e ilusión sin fin.
Sin preguntarme nada
-destino, no destino-,
nada.

La caída en la nada, podría establecer una vinculación con una caída del ser en la nada del pensamiento existencial influenciado por Sartre.

El poema mejor logrado de Estos humanos dioses, es a nuestra manera de ver, el número XII, “Hay que aprender a nacer”. Extensa composición amorosa concebida a la manera superrealista donde se logra una plena y radiante sujeción de los elementos dispersos en un intento de vencer el vértigo y el caos. Luis Cartañá nos ha brindado en este canto uno de los poemas de amor mejor logrados de la lírica última con algunas evidencias lejanas del mejor Pablo Neruda, Lezama Lima y Vicente Huidobro. La atmósfera que se logra es originalísima y los versos fluyen con una naturalidad y espontaneidad de primer orden. Cartañá ha sabido en este momento domeñar el caos y con verdadera naturalidad va particularizando hechos, sentimientos, estados de ánimo, y en algunos pasajes logra; una plástica felizmente expuesta con una sensualidad luminosa que nos hace recordar a Renoir.

Suéltate las trenzas que caigan como árboles.
Hay una tierra fértil donde germinará la sombra.

El momento más intensamente humano de todo el poema donde el creador no conforme con esta estancia en compañía de la amada, desea, por encima del tiempo y del espacio, volver a reunirse con ella, idea que resume uno de los pasajes mejor logrados y más delicados.

Y aún así puede el camino torcerse, dividirse
en desengaños; pero no habrá quebrantos,
ya que entonces,
en el otoño, en la noche, tendremos la certeza
de un próximo encuentro.

La certeza de un próximo encuentro en el otoño de la vida, pues el cantor se refiere a la madurez del hombre, es uno de los instantes, como hemos indicado, más logrados y originales.

Sigue el poeta refiriéndose a la realidad tremenda del tiempo.

...Y los años inconsciente, de establecer el equilibrio sobre la tierra y sirven a manera de contrapunto entre el orden y el desorden.






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