Proyectos FPH / ¿Por qué escribe usted?
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Selección de algunos de los libros publicados por Luis Rafael Sánchez
Interrogatorio francés

La última vez que oí la pregunta ¿Por qué escribe usted? fue por boca de un periodista del parisino Liberation, Jean Francois Fogel, a quien se le encargó, junto a su colega Daniel Rondeau, la confección de un número extraordinario que acogería las respuestas dadas a la misma por escritores del mundo entero. El número tenía un antecedente honroso.

En el año 1919 el periódico Liberation hizo la misma pregunta a Paul Valery, Louis Aragon, André Breton, Paul Eluard y otros escritores franceses que, con el paso del tiempo, fundamentarían su hacer literario en la audacia irrestricta. Eluard ya había escrito el poema donde aparece el verso Buenos días tristeza, que años después, daría título a la novela precoz de Francoise Sagan y, muchos años después, a una balada para el lucimiento de la voz entrecortada de Isabel Pantojas, una cantante cuya vida sentimental tiene el tempo de un pasodoble triple.

En cambio, Breton no había publicado los manifiestos surrealistas ni recalado en el México lindo y querido, como tampoco Valery había publicado ese cuerpo lírico, sin par, que constituye El cementerio marino. Pero, ya se reconocía en sus obras tempranas una práctica literaria avanzada e indomable; práctica que habría de remontar hasta dar pie a las obras citadas. Unas obras que, acaso, hallaron la motivación adicional en los desastres de la guerra recién concluida y que pasó a llamarse, adecuadamente, Primera Guerra Mundial. Como si se intuyera o se supiera que, en lo adelante, jamás podría haber conflictos bélicos aislados, porque ya el universo consignaba su nueva y definitiva forma- la de una temeraria sopa de aldeas. Como si se intuyera o se supiera que las nociones políticas y culturales de centro y periferia, de ortodoxia y marginalidad se aprestaran a sufrir una socavadora revisión.

Frágiles y esquivas marchan las palabras

André Maurois escribió, como conclusión de su apretado y excelente ensayo sobre la obra de André Gide, que la función del escritor reside en construir un edificio y la del lector en ocuparlo. Acaso, quienes me preguntan ¿Por qué escribe usted? son lectores ávidos de ocupar mis edificaciones literarias, a los que les parecen semejantes el propósito y la manera. Es decir, seguidores de mis invenciones que, motivados por su devoción, se allegan a mí con el santo y seña que consideran menos levantisco.

La recurrente pregunta, que la redime la buena intención, coloca la escritura en el apartado del hacer arbitrario y dispensable. Detrás de la misma se parapeta la sospecha de que el trabajo del escritor no pasa de ser un pasatiempo que no responde a jefatura alguna, un entretenimiento flexible que se cultiva a deshora y en cualquier lugar. Hasta tumbado bajo la sombra de un pino, hasta en la holganza asociada con la cama y con la hamaca. Esto es, como una actividad libre de tensiones y sudores, como una variación del recreo o el asueto, como un devaneo por los días y las horas del desocupado escritor.

Porque sólo la desocupación amable y sin problematizar autorizaría un hacer con palabras, un hacer inexacto entonces. Que entre palabra y palabra hay corredores secretos y puentes levadizos como afirma el gran poeta José Gorostiza cuando se arriesga a precisar la dificultad que encara la poesía. Y por medio de un homenaje en prosa al diccionario, pareable en la eficacia y la belleza a la Oda al diccionario de Pablo Neruda, un muy brillante escritor dominicano, Manuel Rueda, celebra las dificultades que éste resuelve. ¿No tendrá, por tanto, la pregunta ¿por qué escribe usted? un poco de reconvención, de llamado a la cordura?

A un médico cirujano nadie le pregunta por qué realiza la operación, a menos que se necesite conocer, a profundidad, el estado del paciente. Que habrá de ser un familiar cercano puesto que la pregunta huelga si se trata de primos, tíos o vecinos. Tampoco a un albañil se le pregunta por qué mezcla el cemento y la arena, ni a una cocinera por qué adereza las legumbres que juntó en la escudilla. ¿Quién le pregunta al bombero por qué apaga el fuego o al abogado por qué defiende al criminal? Todo oficio o profesión define su hacer y su alcance en cuanto se nombra: costurera, aviador, mecánico automotriz, sepulturero.


¿Serán respuestas o serán coartadas?

En cambio, insistentemente, se pregunta a quien escribe por qué lo hace. Tal como si tratara de un asunto turbio o delictivo, un asunto a sospechar, un asunto volátil o impráctico. Algunos escritores, que muy pronto repararon en que la pregunta se la podían espetar a la primera oportunidad, han patentizado una respuesta que les permite salir del paso con gracia y con chispa. De entre las numerosas que circulan, a punto ya de integrar un volumen grueso e ingenioso, prefiero las de dos escritores de excepcional reciedumbre, a los que tengo por amigos, Gabriel García Márquez y Juan Goytisolo.

El primero ha acuñado una respuesta que no huele a guayaba pero sí a fragante trampa- Escribo para que mis amigos me quieran más. La respuesta tiene mucho de greguería. Aunque en la greguería ramoniana el resorte insólito se le encarga a la paradoja. Además de confirmar el carácter retozón del colombiano universal, la respuesta plantea un formidable ardid. García Márquez confiesa que escribe para endeudar a los otros con el cariño, para satisfacer la expectativa a propósito de su genialidad creativa. Juan Goytisolo, más enigmático que Gabriel García Márquez, más apegado al ideal de la escritura compleja, dice que cuando sepa por qué escribe dejará de hacerlo. La respuesta sugiere que en cada obra suya se elabora, inconscientemente, una teoría del autoconocimiento, la búsqueda de una respuesta cuya fatalidad radica en su posible hallazgo.

Por otro lado, Rosario Castellanos, la admirable escritora mexicana, expresa que da por no vivido lo no escrito, una paráfrasis feliz de los versos de Jorge Manrique- Daremos por no venido lo pasado- Una pregunta apropiada para hacerle a Rosario Castellanos sería ¿Por qué vive usted?


Ando convencido de que la pregunta ¿Por qué escribe usted? contiene otras preguntas como contiene varias cajas la sorprendente caja china; que la pregunta esconde un doble fondo, como lo esconden los baúles de los cuales escapan los magos ante el aplauso del público agradecido por la eficacia de la trampa.

Aún así, como la pregunta recurre; como parece que deba darle una pregunta fluida y convincente, tarde o temprano; como suele formularle una persona joven, a lo mejor atemorizada por los compromisos a que empuja la vocación artística, he empezado a razonar, lápiz en mano, por qué escribo.






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Rosa Nieves, Cesáreo