Proyectos FPH / Deporte e Identidad en Puerto Rico
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Introducción

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¿Qué une a los puertorriqueños?
En la historiografía puertorriqueña, el deporte ha sido constantemente relegado a un segundo plano. De ahí que la mayoría de los trabajos investigativos sobre las actividades deportivas de la Isla carezcan de un análisis histórico coherente, que abarque otros aspectos del ramo más allá de presentar información, estadísticas o fechas significativas. Sin embargo, el deporte, como a continuación se constatará, juega un papel muy importante en la creación y reconocimiento de una identidad popular; más aún, como muy bien señalan Mike Cronin y David Mayal, editores del texto Sporting Nationalisms: Identity, Ethnicity, Immigration and Assimilation “... es un vehículo que en diversas formas construye identidades nacionales: individuales o colectivas”.

Durante el siglo XX, es justamente en el ámbito deportivo en donde se ha desarrollado una relación y presencia deportiva internacional autónoma de Puerto Rico en el Caribe, así como un grado de integración funcional de la Isla en la región. Tanto Robert W. Anderson, en su artículo El papel de Puerto Rico en el Caribe, como Idsa E. Alegría en el suyo, Puerto Rico y la Unesco: Antecedentes y Perspectivas, concluyen que el país participa por derecho propio desde 1930 en los Juegos Centroamericanos celebrados en Cuba, canalizando a través de competencias atléticas, internacionales e interregionales, los sentimientos de orgullo y afirmación nacional. Tan así es que, desde esa década, el país ha aumentado vertiginosamente no sólo su participación deportiva, sino también su integración en organismos deportivos internacionales, hechos que se evidencian desde la creación de su propio Comité Olímpico y la asistencia a las Olimpiadas londinenses de 1948. Todo esto ha contribuido, de una forma u otra, al arraigo de la defensa de una nacionalidad deportiva entre los sectores populares.

Siguiendo esta línea de pensamiento, puede afirmarse que el deporte es parte activa de la manifestación cultural de un pueblo que, en el caso específico de Puerto Rico, ha servido como vehículo de afirmación nacional para todos sus sectores sociales, independientemente de que algunos hayan participado en competencias deportivas y otros hayan sido meros espectadores. De acuerdo con los planteamientos de Edward W. Said, “... la cultura se ha adelantado a la política, a la historia militar o a los problemas económicos.” En este sentido, el deporte se convierte en una especie de vínculo comunitario, en donde la identidad y las experiencias en común emergen o, simplemente, se desarrollan.

Sin embargo, es el trabajo de Benedict Anderson, Imagined Communities: Reflections on the Origin and Spread of Nationalism, el que mejor ilustra cómo se construye una identidad a través del deporte. Para Anderson, la nación es una comunidad política imaginada en la que el deporte se ajusta perfectamente porque no obtiene ni se apodera de territorios, ni, mucho menos, va en búsqueda directa de destruir una ideología; por el contrario, apoya la construcción de esa nación, tal como ha sido imaginada.

De lo anterior se infiere que el deporte, a diferencia de la élite política o intelectual, penetra todos y cada uno de los sectores populares que componen las sociedades. Dicho de otra manera, la experiencia deportiva está al alcance de todos y juega un papel importante en la creación o reconocimiento de una identidad nacional. Juan M. García Passalacqua, en su artículo "Nosotros mismos: historia geocultural de la afirmación nacional puertorriqueña", presenta la relación deporte-nacionalidad en Puerto Rico al señalar que “... un elemento cardinal de esa nación-pueblo (con o sin estado) fue el reconocimiento de las artes y los deportes como elementos esenciales de afirmación nacional de las masas.”

Consecuentemente, el deporte será el medio a través del cual se aglutinan sectores ideológicos, políticos, sociales y religiosos, en ocasiones, diametralmente opuestos; y al ser una forma de manifestación cultural, también constituirá una fuente de identidad y resistencia de la nación a la que representa. Ya Michael A. Malec, en su texto The Social Roles of Sport in the Caribbean Societies, advierte el impacto social y cultural del deporte en los pueblos caribeños. Destaca el sentido de unidad que esta actividad ha fomentado entre las naciones; y enfatiza la relación existente entre el colonialismo, el nacionalismo y el papel del deporte como medio de resistencia a la élite, pues la creatividad de la cultura popular permite una conceptualización distinta: ser excelentes en el deporte es, al mismo tiempo, estrategia y táctica de lucha. Es por medio del deporte que las masas participan en una actividad cultural civil que no amenaza el poder político, pero agrupa las fuerzas que establecen la nacionalidad. La actividad deportiva se abre en un espacio cultural que no se enfrenta directamente al colonizador, aunque sí afirma su nacionalidad y se enfrenta a los embates mismos del imperialismo.

Indiscutiblemente, el deporte, ha influido constantemente en la vida del país, impactándola en términos sociales, económicos y políticos. El análisis de Joseph Maguire, en Global Sport: Identity, Societies, Civilizations, examina cómo el deporte se ha insertado en un mundo globalizado e influye sobre los elementos de estatus social, las relaciones interraciales, el campo de los negocios, el diseño de automóviles, los estilos de vestir, el concepto de héroe, el lenguaje y los valores éticos”. Igualmente, cómo el deporte comprende unos patrones culturales y una estructura social, cuyos elementos influyen en los valores, las normas, los conocimientos y las posiciones o los roles sociales.

En lo que a Puerto Rico respecta, el desarrollo de los deportes ha unido a todos los sectores poblacionales del país. En el estudio del Dr. Nelson Meléndez Brau, Características de la participación deportiva en el Puerto Rico Urbano, se concluye que un 35.5% de la población de la zona metropolitana practica algún deporte.

Otro aspecto interesante en que el deporte incursiona socialmente es el económico. En este sentido, nuestra evolución ha sido extraordinaria, si se observa que para enviar a los primeros atletas puertorriqueños a competir en eventos internacionales, y sufragar los gastos de la delegación, se tuvo que recolectar dinero entre las compañías privadas y el público en general.

En la década de 1940, Julio Enrique Monagas informó al gobernador Tugwell los extraordinarios ingresos obtenidos en los diversos eventos deportivos. Por demás, y aunque en Puerto Rico no hay estudios que analicen esa relación deporte-economía, encontré datos de la Junta de Planificación para finales de la década de 1980. Allí aparecen los ingresos generados por el hipismo y los gastos de consumo personal en efectos y espectáculos deportivos, que casi sumaron $170 millones.

En efecto, el informe de referencia señalaba que los gastos en estos renglones ascendieron a $70.5 millones y $98.8 millones, respectivamente. Y eso sin mencionar las aportaciones gubernamentales y privadas del país. En tal sentido, y como referencia cercana, cabe mencionar que la revista Sport Inc. midió el impacto económico del deporte en Estados Unidos, bajo un sistema denominado Producto Deportivo Nacional Bruto (PDNB); las ganancias para 1987 se estimaron en $47.3 billones.

El aspecto político tampoco escapa de la discusión deportiva. Con frecuencia se ha podido constatar cómo diversos sectores ideológicos han intervenido en los asuntos deportivos. Y aunque se pretende señalar o izar la bandera de la autonomía deportiva, no es menos cierto que sectores políticos la han defendido o atacado dependiendo de sus intereses. El estudioso Jean Meynaud ha examinado con profundidad esa relación política-deporte, identificando los factores que han provocado la intervención del estado en el deporte; primero, para salvaguardar el orden público; segundo, por el deseo sanitario de mejorar la condición física de la población; y, finalmente, para afirmar el prestigio nacional. Por cierto, con relación al prestigio nacional es obvio que muchos gobiernos han tratado de establecer, en las competencias deportivas internacionales, criterios dominantes que permiten juzgarles positivamente, o aquellos que confieren valor a sus respectivos regímenes. En la mayoría de los casos, el gobierno interviene para enarbolar el orgullo nacional, fomentando la participación deportiva. Sirva como ejemplo el estudio de Mrozek, The Cult and Ritual of Toughness in Cold War American, que examina cómo durante la Segunda Guerra Mundial, “... dentro y fuera del servicio militar, millones de estadounidenses tuvieron experiencias de entrenamiento físico, y participaron en deportes que el gobierno federal organizó para levantar el cociente nacional y la aptitud física, e impartir valores combativos en los ciudadanos individuales”.

Muchos de los que participaron en esos programas -incluyendo a prominentes entrenadores atléticos- fueron también los que, recurriendo a la fortaleza física y moral, elevaron el entusiasmo en el período de post-guerra. Y más aún; después de 1950, la lucha política se traslada en gran medida hacia el campo deportivo, pues las dos superpotencias (Estados Unidos y la Unión Soviética), para ganar adeptos y mantenerse como “el poder” en la sociedad futura, programan y desarrollan un verdadero culto a la preparación física.

Con estos antecedentes, entre otros, analizaremos al deporte como vehículo de afirmación nacional y su impacto en la cultura de Puerto Rico, objetivo primordial de esta investigación ensayística.






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