Proyectos FPH / La religiosidad popular en Puerto Rico y la herencia africana
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¿Qué une a los puertorriqueños?
Entiendo por religiosidad popular aquellas manifestaciones de culto que surgen en las estratas humildes de un país, casi siempre carentes de formación académica oficial, pero fundamentadas en el rancio venero de las tradiciones orales. Estas prácticas acontecen al margen de las instituciones religiosas convencionales, aunque mantienen con ellas vínculos indirectos.

En el caso particular de Puerto Rico, desde los inicios de la forzosa evangelización de los indígenas, así como de la encomienda de mantener con vida el culto y la fe de los moradores españoles de la Isla, la Iglesia tuvo que lidiar con manifestaciones religiosas populares de diversa naturaleza, haciéndose de la vista larga en muchos casos, y emprendiendo cruentas persecuciones en otros...

No todas las prácticas religiosas en Puerto Rico, registradas desde antaño hasta hogaño, estaban relacionadas con la iglesia católica española. En términos de asimilaciones, sometimientos y conviviencias (factores que tanto influyen en el todo cultural), hay que recordar que los diversos adstratos africanos, transformados paulatinamente en sustratos por la instrucción doctrinal católica, formaron -y todavía constituyen- parte de las bases de nuestra religiosidad popular. Desafortunadamente, de las religiones africanas que llegaron a Puerto Rico no conservamos muchos documentos y noticias... No obstante, con lo poco que atesoramos he podido reconstruir un cuadro sinóptico de sus aportaciones más características.

El catolicismo español fue trasladado a Puerto Rico, íntegramente, por los primeros pobladores y colonos de la isla de Boriquén, que recibió al principio el nombre de San Juan Bautista, patrono de la Ciudad Capital. La vida misma, en sus aspectos más cotidianos, estaba regida por el calendario litúrgico de la Iglesia y se organizaba por ciclos o períodos, a saber: Adviento, Natividad, Epifanía, Cuaresma y Pascua de Resurrección.

Ya desde los mismos albores de la colonización española tuvimos obispo: Alonso Manso, quien llegó a la Isla una mañana de Navidad de 1512. El prelado tuvo malos entendimientos con la grey católica existente en la Isla, a quienes poco les importaba la religión y se negaban a remitir al obispo las aportaciones o diezmos forzosos para tratar de levantar una iglesia digna de llamarse Casa de Dios. En poco tiempo, el obispo Manso se marcha a la metrópolis, para regresar investido en 1516 con el título de Inquisidor de Indias.

Años después, en febrero de 1526, documentamos el primer Carnaval celebrado en la Isla, en las cercanías de la Villa de Caparra, por españoles e indígenas afectos. Desde esa fecha en adelante, e ininterrumpidamente, se siguieron celebrando en toda la Isla no sólo el carnaval, sino la Navidad, la Epifanía, y el ciclo de la Pasión de Cristo. Fuera de variables locales, todas estas manifestaciones mantienen las mismas características fundamentales con que se celebran en casi todos los pueblos hispánicos.

El historiador Salvador Brau, en una síntesis prodigiosa, explica cómo los antecedentes españoles pueden apreciarse en la mayoría de las prácticas religiosas populares de los puertorriqueños:
“Los rosarios cantados de nuestros campesinos ofrecen caracteres idénticos a los velorios de cruz, cuyos asistentes obstruyen los zaguanes en la capital, aturdiendo con sus cantares a los vecinos, durante el curso del mes de mayo; lo mismo acude el más cerril montañés que el ciudadano más genuino, a ofrecer pies y manos y figurillas de cera o plata a determinadas imágenes, por la curación de alguna grave enfermedad; igual creencia atribuye, en pueblo y campo, intervención sobrenatural a las ánimas del purgatorio, favorable a la adquisición de objetos perdidos, realización de deseos u otras pretensiones análogas. En este último punto, algo he aprendido en la capital que no tuve ocasión de estudiar en nuestros campos: me refiero a la vela de cera ofrecida al ánima sola, es decir, a la que carece en este mundo de toda clase de sufragios; vela que se cuelga de un clavo, sin encenderse hasta que se obtiene el deseo preconcebido”. (La herencia devota, Almanaque de Damas 1886, San Juan, P.R., González Font, 1887, Págs.: 134-167)

La costumbre de encender velas sigue viva en Puerto Rico en todas las clases sociales, y en casi todos los rincones de la Isla de estirpe católica. El encender una vela representa la oración en ausencia del peticionario. Se enciende la vela, se hace una oración, y se pide lo deseado.

Por otro lado, es indiscutible el hecho de que a todos los puertorriqueños nos caracteriza el mestizaje. Si no lo hay sanguíneo, lo hay cultural. Las puertorriqueñas negras en antaño acostumbraron nuestros paladares a una nueva sazón, pues eran las encargadas de la cocina. Esencialmente, fueron las negras las nodrizas de los hacendados, quienes crearon la sagrada institución de los hermanos de leche. Si una madre no podía lactar a su hijo por tal o cual razón, siempre aparecía una buena mujer puertorriqueña recién parida, mulata, blanca o negra, que estaba dispuesta a lactar a cualquier niño, porque siempre serán benditos “los pechos de las que amamantan en la generosidad y providencia cristianas.”

Costumbres, tradiciones y creencias

Aunque todavía se debate el asunto de si los negros traídos a Puerto Rico fueron asimilados por la cultura española, perdiendo paulatinamente sus creencias religiosas y los elementos fundamentales de su herencia africana, presentaré objetivamente los hechos que he encontrado en mis investigaciones, tanto en fuentes documentales como sobre el terreno de la información oral.

Al llegar los negros africanos al Nuevo Mundo, trajeron consigo sus creencias y tradiciones. Caracterizada la Iglesia -desde los mismos comienzos de la colonización de América- por su afán evangelizador de indígenas, procedió también a obligar a los esclavos africanos a una inmediata conversión al cristianismo.

Luis Manuel Díaz Soler explica que: “La labor de cristianización del africano comenzaba al arribo de éste a las playas antillanas. Tan pronto las autoridades eclesiásticas tenían conocimiento de la llegada de un buque negrero, procedían a designar sacerdotes para que visitaran el barco. Los eclesiásticos examinaban a la tripulación para determinar la posible presencia de blasfemos y sospechosos en la fe, perseguidos tan tenazmente por las autoridades españolas... Inmediatamente, los sacerdotes comenzaban a catequizar a los nuevos contingentes de africanos, instruyéndolos en los rudimentos de la doctrina católica, primer paso para tomar el sacramento del Bautismo.” (Historia de la esclavitud..., pág.165).

Muchas veces, los traficantes de negros engañaban al obispo diciéndole que ya habían sido bautizados en Etiopía o Cabo Verde, por mediación de sus agentes. Si la autoridad eclesiástica le creía al traficante, se procedía inmediatamente a vender los negros, quienes pasaban a convivir con los cristianos de la Isla sin tener el mínimo conocimiento de la doctrina cristiana y sin haber recibido el Sacramento del Bautismo.

Pero, tal como señala Díaz Soler, los obispos se percataron de las “triquiñuelas” de los traficantes, y entonces exigían bautizar nuevamente a los africanos, en las parroquias donde morarían como esclavos de distintas haciendas y plantaciones. Por lo tanto, en cada parroquia los sacerdotes tenían que velar por que los negros acudiesen a oir la Santa Misa, todos los domingos y días de guardar, que confesaran, comulgaran y cumplieran con los preceptos de la Iglesia.

Desde 1538, el emperador Carlos V había ordenado a los poseedores de esclavos que los enviaran a los monasterios o iglesias más cercanas a sus haciendas, para que recibieran la enseñanza de la doctrina cristiana a la hora que señalara el sacerdote encargado. Anualmente, los hacendados debían pagar al sacerdote o capellán de su distrito la cantidad de ocho reales de plata, por cada esclavo que poseían. Igualmente, los amos tenían que proveer gratuitamente a los sacerdotes los ornamentos, vino, cera y hospedaje del señor cura, cuando éste visitaba las haciendas en cumplimiento de sus deberes.

“En el plazo de un año, desde su llegada a Puerto Rico, cualquier africano tenía que estar debidamente evangelizado y dominar los fundamentos del catecismo (los diez mandamientos de la ley de Dios, el Credo, la oración del Padre Nuestro, las obras de misericordia, los sacramentos, etc.), todo de memoria y perfectamente entendido. Muchas veces, algunos esclavos no aprendían con facilidad lo requerido por las autoridades eclesiásticas, hecho que los amos achacaban a la falta de luces intelectuales de algunos negros. No obstante, los sacerdotes procedían a administrarles el sacramento del bautismo si veían en ellos sinceridad, humildad y el deseo de aprender la doctrina cristiana. Como los amos que no cumplían con el adoctrinamiento religioso en el plazo requerido eran multados con la suma de veinticinco pesos, si se les probaba negligencia, muchos de éstos obligaban a sus negros a aprender el catecismo so pena de castigos y represiones. Posteriormente, el plazo de un año requerido para administrar el Sacramento del Bautismo fue extendido a dos, así los amos tenían más tiempo para cumplir con las exigencias eclesiásticas.” (Coll y Toste, Boletín histórico., XIII, págs. 4-5)






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Version: 09021301 Rev. 1
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