Proyectos FPH / La tradición democrática en Puerto Rico
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Introducción

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¿Qué une a los puertorriqueños?
A lo largo de nuestra historia, y comenzando con Fray Iñigo Abbad y Lasierra, autor de nuestra primera Historia General, una multiplicidad de autores de los siglos XIX y XX ha ido trazando el perfil del hombre puertorriqueño. Aun cuando rebasa los límites de este trabajo el tratar de examinar esos esfuerzos, sí es importante señalar algunos hitos en este proceso.

Abbad, a finales del siglo XVIII, es el primero en definir al puertorriqueño o, más propiamente, al criollo. Lo hace anteponiéndolo, en primer término, a los europeos o blancos; o, como ellos mismos se definen, a los “hombres de la otra banda”. Los hijos de esta tierra “son bien hechos y proporcionados; apenas se ve en la isla un lisiado. Su constitución es delicada y en todos sus miembros tienen una organización muy fina y suave, propia de un clima cálido; pero este mismo los hace perezosos, los priva de la viveza regular de las acciones y les da un color y aspecto que parecen convalecientes.” Enfocando sus cualidades sicológicas, añade el benedictino, “son pausados, taciturnos y están siempre en observación; pero de una imaginación viva para discurrir e imitar cuanto ven; aman la libertad, son desinteresados y usan de la hospitalidad con los forasteros; pero son vanos e inconstantes en sus gustos”.

Manuel Alonso, el padre de la literatura puertorriqueña, en su obra El Gíbaro nos aporta una visión más positiva del puertorriqueño con el siguiente soneto:

Color moreno, frente despejada
mirar lánguido, altivo y penetrante,
la barba negra, pálido el semblante,
rostro enjuto, nariz proporcionada.

Mediana talla, marcha acompasada;
el alma de ilusiones anhelante,
agudo ingenio, libre y arrogante,
pensar inquieto, mente acalorada.

Humano, afable, justo, dadivoso,
en empresas de amor siempre variable,
tras la gloria y placer siempre afanoso,
y en amor a su patria insuperable.
Este es, a no dudarlo, fiel diseño
para copiar un buen puertorriqueño.

La nota predominante en los juicios y testimonios de nuestros pensadores sobre las características del puertorriqueño no es el halago sino la autocrítica, la ironía y la voluntad de afirmar la existencia de un carácter propio, autóctono.

Salvador Brau, en sus Disquisiciones sociológicas, nos presenta una definición que integra características de las tres etnias que conforman al puertorriqueño. En su ensayo Las clases jornaleras de Puerto Rico nos pinta ese mosaico multi-étnico y nos dice:

“… del indio nos quedó la indolencia, la taciturnidad, el desinterés y los hospitalarios sentimientos; el africano le trajo su resistencia, su vigorosa sensualidad, la superstición y el fatalismo; el español le inculcó su gravedad caballeresca, su altivez característica, sus gustos festivos, su austera devoción, la constancia en la adversidad y el amor a la patria y la independencia”.

Años más tarde, Rosendo Matienzo Cintrón analiza en una serie de escritos el efecto del impacto cultural estadounidense en Puerto Rico. Con cierto humor irónico nos dice que cuando llegaron a la Isla los nuevos dominadores hubo en ésta una verdadera locura, que consistió en abominar todo lo que era español o puertorriqueño. “El gesto no era malo, porque presagiaba nueva vida, pero se llevó a la exageración por innumerables puertorriqueños y americanos de buena fe… Hubo quien deseara arrancarse de súbito la lengua, las costumbres, las leyes y hasta los nombres propios”.

En la casa puertorriqueña se acostaron los Manolitos, Panchitos y Joseitos, y amanecieron Franks, Jimmys, Williams y Joes.

Antonio S. Pedreira, el intelectual más influyente de la generación del ’30, había propiciado en la Revista Indice (de corta duración, y editada por él, Samuel R. Quiñones y Vicente Geigel Polanco) una encuesta pública para definir ¿qué somos? y ¿cómo somos? los puertorriqueños. Se trató de un esfuerzo por determinar los elementos de nuestra personalidad como pueblo. Años más tarde, publica Pedreira su ensayo Insularismo, tal vez el escrito más influyente en su generación y en las venideras, que nos define así:
“Somos un pueblo racialmente heterogéneo, compuesto de blancos, negros y mestizos… nuestra personalidad colectiva es responsable de un puñado de hombres que nos representan en casi todos los compartimentos insulares de nuestra cultura”.

Independientemente de cómo nos definamos, hay unas constantes en nuestra vida de pueblo que merecen resaltarse, por constituir elementos importantes en nuestra sociedad. La primera, y tal vez la más significativa, ha sido la marcada tendencia de los puertorriqueños a preferir el camino de la legalidad como el medio para lograr cambios significativos en las estructuras de gobierno, unido a un rechazo casi total al uso de la violencia para dichos fines. En sólo dos instancias -el Grito de Lares, en 1868, y la Revuelta Nacionalista, de 1950- un núcleo de puertorriqueños apeló al uso de la fuerza para imponer su ideal de establecer una república independiente. En ambos casos los movimientos fueron de corta duración, pues les faltó el apoyo de un número sustancial de nuestra gente.

El último de estos movimientos se dio en el contexto de unas inscripciones generales, previas a someter al pueblo la aprobación de una legislación federal que nos permitió por vez primera, y única en nuestra historia hasta el presente, convocar a una Asamblea Constituyente para redactar una Constitución para el Gobierno de Puerto Rico. Como ha afirmado María Teresa Babín, en su obra Panorama de la cultura puertorriqueña, “... la democracia como realidad viviente ha sido históricamente el ideal claro y persistente de los puertorriqueños”.

Los procesos electorales bajo la soberanía española

Uno de los indicadores más claros del arraigo entre nosotros de ese ideal democrático es el de la participación en los procesos electorales. Fernando Bayrón Toro, estudioso de los eventos electorales celebrados en el país a partir de 1809, hasta el presente, nos brinda valiosa información que nos permite calibrar la participación de los puertorriqueños en las elecciones.

Durante el régimen español se celebraron en la Isla 24 elecciones bajo diferentes normativas. En muchos casos se trató de leyes o decretos de carácter transitorio, dictados generalmente en períodos de cambios revolucionarios o contrarrevolucionarios, por juntas o gobiernos provisionales. Así, por ejemplo, las primeras elecciones de 1809 y 1810 se efectuaron conforme con instrucciones de la Junta Central Gubernativa del Reino (1809) o del Consejo de Regencia (1810). En ambos casos, la elección, que recayó en la persona de Ramón Power y Giralt, fue por vía indirecta a nivel de parroquia, de partido, y de una Junta Provincial presidida por el Gobernador, en la que participaron los representantes electos por los cinco partidos en que se dividió la Isla: San Juan, San Germán, Aguada, Arecibo y Coamo. Aprobada la Constitución de 1812, se dispusieron en el Título III, Capítulos I al V, las normas a regir en los procesos electorales, incluyendo los requisitos para ser elector. Al amparo de dichas disposiciones se celebraron las elecciones de 1813, 1814, 1820, 1821, 1823 y 1835.

A partir de 1835, y hasta 1869, los gobernadores y capitanes generales ejercieron el mando con “facultades omnímodas”; por lo tanto, no hubo elecciones. No fue hasta la “Revolución Gloriosa” de 1868 cuando los puertorriqueños volvieron a participar en las elecciones, respetando leyes electorales ordinarias, aprobadas en Cortes y sujetas a revisión y transformación. El derecho al voto estaba severamente limitado.

Las elecciones más importantes celebradas en el período español fueron, sin duda, las de 1898. Celebradas el 27 de marzo de ese año, fueron las primeras y únicas efectuadas bajo los Decretos Autonómicos de 1897. Rigió entonces el “Reglamento Provisional para la adaptación de la Ley Electoral del 26 de junio de 1890 a la Isla de Puerto Rico” , y se eligieron 16 diputados a Cortes, 73 alcaldes y 35 representantes a la Cámara Insular. De un total de 165,068 electores inscritos, votaron 121,573, para alcanzar un 73.65% de participación. Los liberales y ortodoxos, los dos partidos autonomistas, alcanzaron un total combinado de 98,695 votos, frente a 3,729 por los incondicionales y oportunistas.

El total de votantes registró un incremento sustancial, si comparamos que en las elecciones anteriores, bajo disposiciones sumamente restrictivas, votaron menos de 5,000. Excluyendo las elecciones bajo la Carta Autonómica, el número de electores fluctuó entre una cifra mínima de 2,794 en las elecciones de 1884, y una máxima de 46,042 en las de 1873, efectuadas, estas últimas, bajo el gobierno de la Primera República Española. Durante el transcurso de los procesos electorales del siglo XIX, los puertorriqueños eligieron un total de 214 diputados a Cortes; 5 suplentes a diputados; 4 procuradores a Cortes; 24 diputados de elección parcial, en sustitución de otros tantos que dejaron de servir; y 41 senadores.






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