Proyectos FPH / El laberinto de la identidad
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¿Qué une a los puertorriqueños?
Los sitios, como los hombres, tienen un modo específico de ser, una personalidad... A eso se añade el cúmulo de recuerdos y experiencias que los lugares suscitan en el visitante del futuro, que se coagulan en la historia del lugar y se nos ofrecen como un nombre para descifrar.

Esteban Tollinchi

Ante el lugar privilegiado que ocupa la identidad en el mundo actual, atravesado por la mundialización cultural, la globalización económica, la transformación de paradigmas políticos y la creciente escala de migraciones masivas, la tarea de aproximarse al tema de la identidad en forma sistemática es una misión difícil de realizar. Tales dificultades están cebadas no sólo por la enormidad y ubicuidad del asunto, tal como lo testimonia una voluminosa literatura mundial multidisciplinaria y multi genérica, sino porque el mundo de hoy está sujeto a una nueva lógica planetaria, lo que Zygmunt Bauman ha denominado la economía política de la incertidumbre.

El efecto de esta nueva tendencia hacia la degradación institucional, en tanto se desvanecen las protecciones sociales tradicionalmente asociadas al Estado, representa una condición anímica permanente de incertidumbre, que sustituye los vínculos de identidad ciudadana moderna como garantes de legitimidad, reemplazándolos con un nuevo poder hegemónico de mercado extra-territorial; es decir, supra-nacional y global. No obstante, la identidad es tema obligado de reflexión en todo esfuerzo por conocer e interpretar el mundo en que vivimos, y para poder imaginar futuros de autorrealización. Con esos fines, este texto ensaya una aproximación al tema de la identidad, discurriendo sobre algunos aspectos que puedan contribuir a penetrar sus laberintos, tan “arquitectónicos” como polémicos.

1- La problematización de la identidad es producto de la modernidad. Surge del resquebrajamiento de la noción orgánica tradicional de pertenencia ante el empuje de un universo desencantado, laico, movedizo e individualizado. El mundo humanista moderno inventa la noción de que el ser humano no tiene que estar atado a las circunstancias que lo vieron nacer; su capacidad creativa natural le provee recursos intelectuales y espirituales para generar cambios en su entorno, que trascienden los límites de la tradición. Se descubre la posibilidad de mejorar las condiciones de vida, es decir, se encumbra la idea del progreso. Bajo este nuevo ethos humanista, el ser humano ya no se refleja en el espejo de una identidad universal validada por las instituciones y la autoridad de la tradición, sino en una imagen de futuro, de un porvenir proyectado en el tiempo como diferente. Y es de esta noción progresista de futuro, de porvenir, que surge la problematización de la identidad. Como dice Bauman, “la gente no se plantearía ‘tener una identidad’ si la ‘pertenencia’ siguiera siendo su destino y una condición sin alternativa. Comenzarán a considerar una idea semejante sólo como tarea que llevar a cabo sin cesar, en lugar de una sola vez.”

El colapso del ancient regime, un sistema de Estados e Imperios extraterritoriales regidos por monarquías absolutas (o limitadas), con el apoyo estructural de poderes eclesiásticos y garantes de un orden mercantilista de relaciones económicas, hizo necesario en el mundo occidental crear una nueva normativa social y política incorporada en otra institucionalidad de Estado. La irrupción de este nuevo orden, que conocemos como modernidad o modernidad ilustrada, se debió a un proceso histórico revolucionario violento que, como tal, fue tan destructivo como innovador. La Revolución Francesa y las guerras de independencia de Estados Unidos (y poco más tarde de Hispanoamérica) son eventos que han venido a emblematizar el advenimiento de un nuevo orden político: la nueva era republicana. Es el advenimiento de la república, como forma política dominante de la modernidad y organizada en torno a Estados Nacionales, lo que convierte la noción de identidad ciudadana en el tema supremo de la vida pública.

2-Nacionalidad es un término que por sí mismo afirma identidades. La nación, como proyecto histórico moderno, está sustentada por la idea de nacionalidad; es decir, de una identidad nacional que habrá de ocupar el espacio desalojado por las viejas identidades, y cumplir así con el imperativo transformacional de incorporar nuevas lealtades en otro lugar político. A partir del siglo XIX, las personas ya no eran súbditos de reyes y señores -dejaban de ser residentes de comarcas- sino ciudadanos libres, iguales y hermanados por un Estado Nacional erigido bajo un ethos moderno, republicano y capitalista. A fines del siglo XVIII y principios del XIX, las ideas de la Ilustración sirvieron de base para legitimar la revolución política y la independencia en Estados Unidos e Hispanoamérica. Es decir, por todo el continente americano proliferó la idea de estados nacionales libres y republicanos, llamados a reemplazar las viejas instituciones monárquicas e imperiales. El reclamo no era arbitrario; se basaba en el derecho natural del ciudadano a organizarse políticamente de acuerdo con su particular identidad cultural y geográfica.

La institución que con más certeza logró representar esta transformación, convirtiéndose en el mito más emblemático de la modernidad ilustrada, fue precisamente el Estado Nacional, en su forma republicana. Pero no era suficiente crear una nueva institucionalidad de Estado. La cohesión necesaria para sostener este nuevo orden de ciudadanos, para sustentar los nuevos estados nacionales y los principios que les daban forma, habría de depender en gran medida del fortalecimiento de la noción de identidad nacional como vehículo y requisito de progreso, como símbolo de prosperidad individual y colectiva. Por eso, el siglo XIX presenció en todas partes una catarata constante de políticas públicas y expresiones proselitistas, cuya finalidad explícita fue crear y promover los mitos nacionales que habrían de legitimar como idea, y fortalecer como emoción patriótica, las nuevas instituciones estatales.

Estados Unidos ofrece un buen ejemplo. La nueva nación federada, creada a partir de la independencia, inició inmediatamente un proceso multifacético de nation building. Mientras se consolidaban las estructuras de un gobierno centralizado (federal) y se organizaba una expansión territorial hacia el Pacífico a expensas de otros Estados (Inglaterra, Francia, España, México y Rusia), se desataba una campaña interna permanente para crear y expandir los principios y símbolos nacionales de la joven república. La creación de héroes (founding fathers), la celebración de fiestas patrias, la santificación de la Constitución como documento fundacional, la memoria histórica oficial como base de la educación, la exaltación de instituciones políticas centralizadas y la noción unitaria (un país, un ejército, una moneda, una nación, un Estado...) se constituían como símbolos de una identidad particular, de ser American. De trece colonias dispares se había creado un Estado, una nación compuesta de American citizens que en su identidad más profunda se diferenciaban del resto del mundo, sobre todo de una Europa vieja, monárquica imperial y anacrónica. Siguiendo el patrón de justificar políticas de estado con criterios de identidad nacional, el nuevo país montó su empuje expansionista hacia el oeste basado en llamado: Manifest Destiny. Bajo este mito se racionalizó la idea de que la expansión territorial no era una aventura imperial sino un imperativo de la nación; es decir, un proyecto nacional que emana de fuerzas superiores e ineludibles.

Al cabo de medio siglo de nation building, se dio la primera y quizás única crisis constitucional que ha vivido ese país. Varios estados de la región sur que veían reducir su poder político en el Congreso, debido a la inclusión de nuevos estados del centro y el oeste del territorio, pensaron que como su participación en la república federal (la Unión) era voluntaria, y había sido producto de un acto de soberanía, también sería una acción soberana legítima romper el acuerdo político original y crear, entre los desafectos, una nueva confederación. Después de todo, según argumentaron, los estados sureños estaban dotados de una identidad particular, diferente del resto de las regiones de la Unión, que los habilitaba para ejercer el derecho natural y soberano, como true southeners, para permanecer fieles a sí mismos y crear su propio Estado Nacional: The Confederate States of America. La Unión se conceptualizó como un solo país, con una sola unidad política y una sola identidad nacional, aunque estuviera matizada por variaciones regionales y de otra índole. El resultado, como se sabe, fue una cruenta guerra civil. El gobierno central salió victorioso y, para evitar para siempre un conato de secesión, se dio entonces a la tarea de fortalecer el concepto de una sola nación, validada por la indivisibilidad jurídica y política del Estado. Con el tiempo, el principio de e pluribus unum, que delataba la noción original de diversidad, cedió el paso a la noción unitaria de one nation, indivisible, under God.

Pero la unidad política y burocrática, consumada por el éxito del Estado Benefactor bajo las políticas del Nuevo Trato del presidente Franklin Roosevelt, no absorbió del todo la diversidad de identidades sociales y culturales que seguía latiendo en las entrañas del país. A partir de los movimientos de derechos civiles y la revolución cultural de los años ‘60, los reclamos de identidades particularizadas compiten con la media nacional.

3-Más allá de ser uno de los grandes temas de la modernidad, la identidad se ha constituido en una de las obsesiones colectivas e individuales más presentes y polémicas de la actualidad, en Puerto Rico y en el mundo. Preocupa a antropólogos, sociólogos, psicólogos, políticos, vendedores, comunicadores, publicistas, artistas y críticos culturales, entre otros, pero también está en la calle, en la mente de los llamados “ciudadanos de a pie”. Por eso, todos los sectores políticos organizados del mundo posmoderno privilegian en sus agendas discursivas cuestiones de identidad, tanto de amigos como de enemigos.

Además, debido a que vivimos en un universo cada vez más intercomunicado, descrito en ocasiones como fluido, líquido o híbrido, las literaturas de las diversas disciplinas de estudio -en todas partes- están repletas de múltiples reflexiones e investigaciones sobre la identidad, según ésta se problematiza en diferentes momentos históricos y contextos político-culturales. La identidad, según vemos a diario, se utiliza para adelantar agendas políticas, sociales, comerciales, mediáticas, críticas y hasta personales. La obsesión identitaria llega a veces a tal nivel de emotividad, de angst, que en ciertos casos incorpora lamentables rasgos patológicos, expresados en polémicas públicas, conflictos sectoriales (incluyendo disputas entre intelectuales) y hostilidades hacia los otros, hacia los fuereños. En casos extremos, aunque no infrecuentes, esa hostilidad ha desembocado en prácticas discriminatorias y brotes espontáneos de violencia social. Peor aún, ha servido en ocasiones de caldo de cultivo para generar la violencia de Estado, incluyendo la adopción de políticas oficiales de discriminación y exterminio (genocidio). Abundan los casos relativamente recientes: como por ejemplo: el exterminio sistemático de judíos por parte del régimen alemán nazi y las guerras de ethnic cleansing en Europa, Africa y Asia. Los rasgos patológicos más agudos de la obsesión identitaria se nutren usualmente de una mentalidad fundamentalista que suscita el odio hacia el otro, hacia el que no comparte su identidad de grupo (sea nacional, cultural, racial o religiosa), y le asigna la categoría de enemigo o, peor aún, de sub-humano.

4 Aparte de los múltiples casos de extremismo y violencia, una mirada somera al lenguaje cotidiano de los partidos políticos y la farándula ofrece claves sobre la ubicuidad de la obsesión identitaria y su multiplicidad de expresiones. En este imbricado universo discursivo de políticos y “artistas” populistas, la adhesión a los símbolos de la identidad (usualmente nacionales) es mandatoria; las únicas variables de este alineamiento universal son los grados de emotividad y extremismo demagógico. No es de extrañar, por ejemplo, que donde más proliferan los símbolos patrios principales, como la bandera e himno nacionales, es en los espectáculos populares, los eventos oficiales y las campañas electorales. En Estados Unidos y en Puerto Rico, por ejemplo, es costumbre tocar el himno nacional al comienzo de eventos deportivos. Más recientemente, los equipos profesionales y colegiales de todos los deportes han colocado la bandera nacional en algún lugar de su uniforme. Y en el béisbol de Grandes Ligas se ha añadido al himno la interpretación de God Bless America (con la participación del público) durante los partidos. En política, cada vez que se organiza un evento mediático -como un mensaje televisivo del gobernante o un debate de candidatos electorales- siempre hay una o más banderas nacionales de fondo.






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