Proyectos FPH / El libro en la cultura puertorriqueña
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Conjuración de Catalina
Ahora, como en anteriores ocasiones, quiero cumplir, en primer término, con la insoslayable obligación, de expresar mi más profundo agradecimiento a los señores todos de la Junta, por el inmerecido honor que me han conferido. Pues, con sincera modestia y de buen grado, acepto que ello responde, esencial y principalmente, a su generosa benevolencia y a su magnífica magnanimidad. Y, al propio tiempo manifestar a todos ustedes, mis distinguidos amigos, el testimonio de mi gratitud y agradecimiento por su gentil y donosa presencia.

Expuesto lo precedente, vengamos a nuestra tarea. Hablemos de Puerto Rico que, por mucho tiempo, ha sido asunto de nuestra particular preocupación.

El descubrimiento de Puerto Rico, como es bien sabido, ocurre el 19 de noviembre de 1493. El 12 de agosto de 1512 principia la colonización. Un año más adelante, queda constituido el primer núcleo de abolengo español. Poco a poco va éste envolviendo o embrazando en su seno el elemento indígena y el elemento africano. Y, ya al punto, en ese fondo ebullente, comienza a elaborarse, a formarse, y plasmarse una nueva sociedad que primero es llamada del país o insular y posteriormente se identifica y llama a sí misma puertorriqueña.

El proceso de desarrollo de la nueva sociedad plantea larga hilera de punzantes interrogaciones al discurrir histórico. No obstante el parejo y homólogo grado de importancia que las distingue, esta vez, enderezaremos nuestro modesto esfuerzo, a reseñar algunos apuntes acerca de la monta, alcance o magnitud del libro en nuestra cultura intelectual, ya que España es la misionera de su propia cultura y la de Europa, y una de las bases de toda cultura intelectual es el libro.

Las más antiguas noticias relacionadas con el movimiento bibliográfico insular, señalan como poseedores de los primeros libros a Miguel Manso, quien el 10 de octubre del año de 1512 introduce aquí las obras de Salustio, el prolífico historiador clásico romano, autor de la Conjuración de Catilina. Al bachiller Gregorio Gaitán, quien en la misma fecha importa seis libros de medicina y cirugía. Y, al obispo fray Alonso Manso, quien el 25 de diciembre siguiente, trae consigo una colección de doscientos treinta volúmenes, un libro de Virgilio, un libro de Oraciones y unos Evangelios y Epístolas, y el 18 de noviembre de 1513, importa, por mediación de su mayordomo Hernando Manso, una pequeña arca de libros.

El 25 de octubre de ese mismo año de 1513, Alonso Hernández importa un libro de los Evangelios y un breviario. El 18 de julio de 1516, Fernando de Avila introduce, varios libros de historia y de coplas. Y, el 16 de diciembre siguiente, Pedro de Arévalo importa seis libros de molde con las Leyes de Toro, La Confesión y el Flos Sanctorum.

En 1528 aparece poseyendo otra colección de libros en la que figura el Fuero Juzgo, el licenciado Antonio de la Gama. Y, para 1598 -según apunta el pastor Layfield, capellán de los ejércitos invasores de Lord Cumberland,- los reverendos frailes de la Orden de Santo Domingo, tienen en su Convento, en San Juan, otra nutrida colección de libros, muchos de los que “están encuadernados con brillantes cubiertas".

Desde esos primeros tiempos del siglo XVI, comienza el libro a desempeñar su función de promotor de cultura, como si todos los pobladores estuvieran bien advertidos de la profunda verdad que encierran las palabras con que precisamente comienza Salustio la Conjuración de Catilina:

“Todos los hombres que ansían aventajarse a los demás animales, deben procurar, con sumo empeño, que no transcurra su vida oscuramente como la de las bestias a quienes la naturaleza creó curvadas hacia la tierra y esclavas de su estómago... Por eso, paréceme mucho mejor, buscar la gloria, más con las facultades del espíritu que con las fuerzas corporales y, pues que esta vida mortal de que gozamos es breve, dejar hasta donde esté a nuestro alcance, larga memoria de nosotros”.

Como si todos estuvieran bien advertidos de esta veraz sentencia de Cicerón: "Los libros son el mejor alimento de la juventud y el mejor recreo de la vejez". Y de este aserto de Calderón de la Barca: "Discreto amigo es un libro". O de aquel profundo dicho de Duclós: "El que sabe leer, sabe ya, la más difícil de las artes".






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