Proyectos FPH / Decir poiesis
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Portada Puerto Rico en el mundo
La lengua oficial, nos dice Pierre Bourdieu, se constituye en su relación íntima con el Esta­do, sus instituciones y el medio social en que se inserta, incluye una borradura de los dialectos o hablas particulares para dar paso a una cierta unificación de los giros y de las prácticas que inciden en una normalización a la que todos se atienen y que conlleva una atribución de poder simbólico dentro del mercado lingüístico. El artista, el escritor, el poe­ta, utiliza, tiene que utilizar, esa norma a partir de su uso diferenciado de ese capital lingüístico. Inserta la diferencia allí donde se dirime el "buen uso" o el "uso eficaz". En parte, su proceso incide en reclamar la atención para sí, o para su estilo, precisamente para hacer visible la artificialidad milenaria de esa tradición lingüística que pretende "renovar".

Ahora bien, la distinción que pueda insertar un escritor se hace en el contexto o en el recuadro del sistema mismo que pretende cuestionar, pues su aportación no afecta al sistema sino en las instancias sutiles de las variaciones que el sistema mismo permite para mantenerse vivo. Esas aportaciones a veces son violentas (pensemos en Artaud, Picasso, Huidobro) o sutiles (Pales, Turner, Sor Juana Inés de la Cruz).


No existe una oposición tajante entre el grama­tista y el literato, sino una amable coexistencia. El escritor, el artista, quiere renovarlo desde adentro, incentivando la distancia entre lo que fue una metáfora en su día y la nueva que aporta, casi caída en el vació de ese gran amasijo que es la tradición. El artista siempre es un virtuoso, alguien que irrumpe para desestabilizar por un segundo un sistema que se cree cerrado. Le recuerda al sistema que su dis­curso constituye una aportación de la que no puede prescindir la lengua oficial para subsistir y a su vez mantener su eficacia.

¿Cómo pedirle a un sistema de instrucción - uno de los sitiales desde donde se dicta la norma de lo que constituye la lengua legítima - que, además, in­dique la capacidad de esta para el cuestionamiento, el juego y el riesgo inherente a la palabra misma, depósito arcaico de una metáfora? Formular la pre­gunta tan tajantemente expone los límites mismos del lenguaje como praxis. La poesía, sin embargo, no deja también de ser un hacer. Etimológicamente, poiesis es hacer, en griego.

De otro lado, como bien ha dicho Nietzsche, el lenguaje no deja de ser una gran metáfora endurecida que sirve a ese primigenio pacto social que posibilita la sobrevivencia entre las cosas, y en consecuencia, toda palabra no deja de ser una mentira que se halla más allá del bien y del mal. ¿Cómo exigirle a la escuela que procure esta­blecer los límites entre uno y otro ámbito o limar las asperezas entre ellas hasta el punto de que entre uno y otro no se sucumba? ¿Cómo exigirle a esta escuela un balance tan sutil? No en vano cuando se enseña poesía se tiende a enfatizar el ritmo, como si se tratara exclusivamente de matemáticas, o la rima, como si se nadara ahogándose entre cacofonías. Desgraciadamente, de esa rima se subrayan las de final de verso a fin de extraer un patrón y pocas ve­ces las rimas internas. No esta de más subrayar que en esa palabra, ahí, esta el abismo. Ya son muchos los que han renunciado a enseñar poesía, quizás porque nunca han podido dominar el riesgo mismo que constituye enseñar gramática.






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Version: 07102213 Rev. 1
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