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Una de las características más sobresalientes de nuestra cultura política hoy, es el virtual desalojo de los conceptos de izquierdas y derechas del diálogo público, a pesar de que estos conceptos, plurales y complejos, siguen definiendo las contiendas políticas profundas del mundo contemporáneo, sobre todo en los países de América y Europa. Hay causas históricas que explican este lamentable abandono, pero la condición principal que lo ha hecho posible es la tendencia hacia la homogenización de lo político por criterios electorales, lo cual ha limitado el alineamiento de nuestros partidos políticos a las alternativas específicamente nuestras de estatus político. Al relegar a un plano distante los asuntos de visión social y de estrategias políticas que preocupan al resto del mundo, reforzamos la tendencia al aislamiento bajo la fantasía de que aquí es diferente.
En esta sección nos proponemos poner en relieve el desfase. Es desafortunado pensar que los antagonismos políticos reales del mundo contemporáneo deben estar subordinados al asunto de la relación jurídica con Estados Unidos. Asumir que el antagonismo entre derechas e izquierdas es algo que sólo atañe a otros o que son cosas del pasado, tiene el efecto de trivializar el diálogo público, en tanto significa abandonar la preocupación por lo político (la consideración de alternativas visionarias de políticas sociales y estructuras del Estado), dejando espacio tan sólo para la política, es decir, para los asuntos relativos a las luchas de poder; a la pugna cotidiana por el control de las instituciones del Estado.
Nuestra preocupación no es tan sólo teórica abstracta. Nos hemos percatado de que el desinterés por los antagonismos globales ha tenido, un efecto negativo sobre las instituciones, públicas y privadas, al reemplazar el diálogo crítico político por el discurso contencioso de la política. En el ambiente comunicativo actual, dominado por los medios de comunicación masivos, la crítica seria queda desautorizada como negativa, innecesaria y de mal gusto. El efecto es que la acción simple de pensar y discutir asuntos de visión y estrategias es reemplazada por el discurso banal de las contiendas personalistas, los eventos escandalosos y el lenguaje de los relacionistas públicos. El espacio político queda entonces sujeto a la contaminación de los efectos de las luchas de poder partidistas: los eufemismos, la demagogia, la corrupción espiritual, el abuso de poder, el abandono de lo programático, y, en el peor de los casos, la persistencia de tendencias que ponen en peligro el desarrollo de una verdadera democracia.
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