Proyectos FPH / Políticas migratorias
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Portada Puerto Rico en el mundo

Ante los reclamos de olas de inmigrantes pro­venientes de países menos privilegiados, mu­chos piensan que los países más prósperos deben establecer controles migratorios con el fin de proteger los privilegios laborales de su población. Se da por sentado, que imponer restricciones a los mo­vimientos de personas entre países es una medida natural y razonable de autoprotección.

La versión más radical de este sentir proteccionis­ta, tal y como la plantean los grupos de derecha en Europa y Estados Unidos, es la xenofobia. Por ejem­plo, la tesis del conocido profesor de la Universidad de Harvard, Samuel Huntington, en cuanto a que la inmigración de países latinoamericanos afecta ad­versamente la base cultural protestante y anglosajona de Estados Unidos ha encontrado una respuesta oficial en el enorme muro que se construye en la frontera con México, con el fin de reducir el flujo migratorio de trabajadores de ese país. Esta postura excluyente presume que las poblaciones de regiones menos afortunadas deben ser confinadas a sus territorios porque son menos productivas que las de los países más desarrollados y que su recepción pone en peligro el bienestar de las naciones que los reciben.

Un artículo de la revista Ode (Let them in abril 2007) propone que el proteccionismo responde más a criterios ideológicos que realistas, porque no tiene bases empíricas. Estudios recientes indican que la productividad de los países más prósperos reside en su infraestructura tecnológica, lo que hace que sus trabajadores sean más productivos. Por lo tanto, se ha observado que cuando trabajadores provenientes de países pobres se mudan a países ricos y utilizan esa infraestructura, su productividad aumenta enorme­mente, para beneficio de ellos y del país huésped.

Dos investigadores noruegos de la Universidad de Ciencia y Tecnología de Trondheim, Jonathan Moses y Björn Letnes, han descubierto que cuando un país desarrollado liberaliza las leyes migratorias, aumentan sus índices de prosperidad. Todos ganan: los inmigrantes obtienen mayores ingresos, el país que los cobija produce más y los territorios de origen reciben parte de los ingresos generados por los emigrantes.

El autor del artículo, Phillippe Legrain, reconoce que mientras la evidencia empírica apunta hacia la política racional de liberalizar las restricciones migratorias, persisten tres mitos, difíciles de erra­dicar, que dificultan adoptar políticas al efecto. El primero es que nunca hay suficientes puestos de trabajo y que abrir las puertas del mercado laboral a inmigrantes es perjudicial para los nacionales, sobre todo para la gente joven. Otro asume que los inmi­grantes compiten con los trabajadores locales por los mismos trabajos.
















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