Artes / Arquitectura en Puerto Rico: hacer y quehacer de nuestras identidades
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España: la herencia, pero no la historia

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Residencia La Giralda en Miramar, diseñada por el arquitecto Francisco Valines Cofresí en 1903.
Los comienzos de la década del veinte trajeron consigo un cambio en la propuesta arquitectónica puertorriqueña. Las mismas instituciones que habían fomentado el uso del Resurgimiento renacimientoRenacimiento: Movimiento de revitalización cultural que se produjo en Europa Occidental en los siglos XV y XVI. Durante esta época se despertó el entusiasmo por el estudio de la antigüedad clásica griega y latina, y se exaltó el interés por las artes, la política y las ciencias. El Renacimiento se caracterizó por una visión antropocéntrica, alejándose del teocentrismo medieval francés buscaron, a partir de entonces, su identidad en una propuesta de hispanidad. La arquitectura preferida por los puertorriqueños durante las próximas dos décadas (1920-1940) se arraigó en la búsqueda de formas inspiradas en España, cónsona con la temática española en la literatura, la pintura y la política. La compleja y crítica circunstancia puertorriqueña de los años treinta permitió que el mismo Resurgimiento español expresara situaciones diversas y a veces conflictivas.

El referente hispánico, el de la España del Siglo de Oro y no la presencia colonizadora, fue asumido por los puertorriqueños educados en las escuelas de arquitectura en Estados Unidos. Durante la segunda década del siglo los primeros graduados de estas escuelas comenzaron sus prácticas en la Isla. En 1918 se recibió al primer puertorriqueño egresado de arquitectura de una universidad de Estados Unidos, Pedro Adolfo de Castro y Besosa.

Su educación había seguido los postulados académicos franceses del siglo XIX. La Academia había expuesto a los estudiantes puertorriqueños a los múltiples estilos arquitectónicos validados por la profesión. El Resurgimiento español formó parte del abanico de opciones arquitectónicas. Con la llegada de los arquitectos puertorriqueños a la Isla, se implantaron estos estilos de forma natural, sin que se cuestionara su validez. La década de los veinte confirmó el éxito de esta práctica. El identificar a Puerto Rico con su herencia española facilitaba la legitimidad del dominio cultural estadounidense. En varias publicaciones de la época, se promovió la imagen de un Puerto Rico enfrascado en un romance de ropaje hispanófilo con el gobierno estadounidense.

De nuevo Francia y ahora Hollywood

Si bien la producción de edificios con tejas, arcos y columnas salomónicas proliferaron en esta época entre guerras, otro estilo llamó la atención a nuestros arquitectos: el Art deco, estilo que surgió de la Exposición de Artes Decorativas celebrada en París en 1925. Los primeros indicios del Art decó en Puerto Rico aparecieron muy temprano, desde 1925. El primero es un proyecto para una escuela, del arquitecto Fidel Sevillano (se desconoce si se construyó), y el segundo es el diseño para el cine Puerto Rico en Santurce, de Pedro A. de Castro. No es hasta la década de los treinta cuando el estilo llegó a su apogeo, bajo los auspicios de los arquitectos Pedro A. de Castro, Pedro Méndez, Rafael Hernández Romero y Jorge Ramírez de Arellano.

Este estilo se clasificó en la crónica periodística de la época como "modernista y funcional, eficiente, higiénico y económico." La economía se fundamentó en que el estilo no requería de piezas ornamentales en terracota policromada y formaletas costosas para generar las formas características del Resurgimiento español.

Sin embargo, debido al gusto por lo español, el Art deco asumió características hispanófilas en manos de los arquitectos puertorriqueños. Pedro Méndez utilizó el arco salmantino en varios diseños residenciales y en el Edificio Miami, utilizó rasgos de simetría y verticalidad propios de sus diseños en el Resurgimiento español. Otros, como Francisco Porrata-Doria combinó las formas del Art decó con el uso de tejas y azulejos sevillanos.

Durante la década de los treinta se utilizó el estilo moderno mayormente en el diseño de obra privada, particularmente de viviendas. Se usó como metáfora para asociar al edificio con lo limpio, lujoso, eficiente y futurista. Al finalizar la década, la arquitectura oficial incorporó el uso del Art decó en varios diseños. Las oficinas gubernamentales –como la División de Edificios Públicos del Departamento del Interior, bajo la dirección del arquitecto Pedro Méndez– produjeron varios diseños.
















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